LOS COLORITMOS DE ALEJANDRO OTERO SE MUESTRAN AL COMPLETO

Se edita en Caracas el catálogo razonado de los Coloritmos de Alejandro Otero, un volumen con más de trescientas páginas que ahonda por primera vez en un capítulo poco estudiado y de gran valor para el arte venezolano y latinoamericano del siglo XX.

La trayectoria de Alejandro Otero (El Manteco, Venezuela, 1921 - Caracas, 1990) estuvo marcada por una fuerza espiritual que en uno de sus últimos escritos definió como el anhelo de querer “ser puntual”, una frase que coincide con otra de sus inicios como artista: aspirar a “estar a la altura del tiempo”. Esta preocupación por el tiempo social que rodea al hombre y al creador le hizo asumir su obra como una respuesta a las exigencias que implicaba la senda hacia el progreso en su país. En este proceso, el trabajo de Otero aspiró a presentarse como un indicador, entre otros de igual valor, del rumbo que debía seguir el arte venezolano en su búsqueda moderna, desde la promoción de los lenguajes abstractos y el ataque al sistema institucional del arte a mediados de los cuarenta; la introducción del constructivismo y las alianzas con la arquitectura en los cincuenta; y ya en los sesenta, el culto a la ciencia y la tecnología como vía para consolidar el compromiso social de su obra y la justificación de su presencia en el espacio público.

Por Ernesto J. Guevara
Alejandro Otero entre sus "Coloritmos", 1960. Ph: Joseph Fabry.

Esta cualidad tan cambiante guarda un estrecho vínculo con la transformación por la que atravesó Venezuela desde el fin de la dictadura gomecista hasta alcanzar la estabilidad democrática, en una modernización urbana y social que estuvo impulsada por la explotación petrolera a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Desde este punto de vista es posible comprender la diversidad de la producción de Otero en cuanto a temas, lenguajes, técnicas y medios. Y también desde allí se podría vislumbrar la solución de enarbolar su última etapa a través de ordenadores, tecnología de punta y una, a veces, utópica realización, en lo que a modo de un “saludo al siglo XXI” le permitió insertar su obra en una suerte de canon intemporal.

De esta fecunda y amplia trayectoria sobresale el capítulo dedicado a los Coloritmos, unos tablones alargados, atravesados de un lado a otro por bandas paralelas blancas y oscuras en cuyos intersticios se distribuían formas geométricas de colores puros y brillantes. Con palabras similares definía Alejandro Otero estas pinturas que plantearon una reinterpretación radical del legado de la abstracción geométrica europea a partir de la perspectiva cromática y dinámica propia del trópico americano. Su aparición a mediados de los cincuenta causó sorpresa en los círculos artísticos de Venezuela y su impacto pronto se extendió a otros países de la región. A pesar de este éxito, entre especialistas y seguidores de Otero se echaba en falta un soporte documental más firme acerca del origen, evolución y alcance de estas inusuales pinturas. “¿Cuantas obras realmente fueron producidas por Alejandro Otero como parte de la serie de los Coloritmos? ¿Cómo fueron identificadas? ¿Qué las reúne, que las diferencia? ¿Cómo fueron variando los Coloritmos en el tiempo? ¿Cuál fue el destino de las obras?”.

Estas preguntas se extraen del libro Los Coloritmos de Alejandro Otero. Catálogo razonado que se acaba de publicar en Caracas, y fueron las que motivaron la investigación que sus autores, Juan Ignacio Parra S. y Rafael Romero D., iniciaron hace dos décadas. Las respuestas a aquellas preguntas se vierten ahora en este volumen magníficamente editado que contiene el primer estudio en profundidad dedicado a esta serie pictórica. Sus autores se plantearon como objetivo registrar todos los Coloritmos, organizarlos de acuerdo con la numeración asignada por el artista y presentarlos según las exigencias de un catálogo razonado. El libro contiene un ensayo de la curadora y especialista en conservación de archivos Lourdes Blanco, un completo informe de la investigación a cargo de Rafael Romero D. y un estudio sobre los Coloritmos firmado por Juan Ignacio Parra S, donde desarrolla una original propuesta de clasificación. El volumen se completa con un apéndice fotográfico de los bocetos de los Coloritmos, la biografía del artista, un listado de exposiciones donde han participado estas obras y la bibliografía consultada. El sobrio diseño ha estado a cargo de Aixa Díaz y la cuidada impresión es de Javier Aizpurua de ExLibris.

El libro reúne muchos datos de interés. El primero de ellos tiene que ver con el universo de piezas que se sabe existía, una cifra formalizada por el propio Otero en setenta y cinco Coloritmos concebidos entre 1955 y 1960. Los registros de Parra y Romero sitúan ahora esa suma en noventa: ochenta y tres Coloritmos, seis Coloritmos en movimiento y una réplica autorizada por el artista, ejecutados todos entre 1955 y 1990. De este grupo no se pudieron localizar hasta el cierre de la edición cinco obras que se sabe de su realización a través de documentos. Tampoco se ha podido verificar la existencia de otras doce que presumiblemente no llegaron nunca a ser ejecutadas. Otro aporte valioso se refiere a los orígenes de la serie y a la inmediata adquisición, en 1956, del primer ejemplar por parte del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). De igual modo, se ofrece una completa descripción del proceso de ejecución del Coloritmo, acompañado de una secuencia fotográfica inédita tomada por Sara Guardia de Mendoza.

Entre otros atributos del libro destaca la explicación sobre la suerte del Coloritmo 35, la primera obra abstracta en recibir el Premio Nacional de Pintura en el Salón Oficial de Arte Venezolano de 1958, cuyo paradero era desde entonces desconocido para muchos, incluido el propio autor. También, de gran importancia, el aparte referido a las medidas necesarias para conservar estos tablones, sobre lo cual se cierne el debate entre quienes proponen preservar la apariencia impoluta de cuando fueron creados hace sesenta años y los que se inclinan por garantizar el envejecimiento digno de los materiales de la época. Pero sin duda el singular aporte de este libro, además del valioso catálogo que lo sustenta, es la propuesta de clasificación de la serie que permite identificar hasta catorce vertientes creativas por las que transcurrió la reflexión visual de Alejandro Otero. Este modelo planteado por Juan Ignacio Parra S. será referencial para futuras indagaciones sobre los Coloritmos.

Un elemento crucial en este proyecto ha sido el esfuerzo de investigación que lo sostiene, propio de un catálogo razonado pero poco frecuente en la bibliografía sobre arte editada en Venezuela, más proclive a las intuiciones y especulaciones, cuando no repeticiones, que a la búsqueda de la evidencia documental que le sirva de soporte. En torno a este tema y su papel dentro de la historia del arte trata el pertinente ensayo de Lourdes Blanco que sirve de antesala al libro.

La publicación de Los Coloritmos de Alejandro Otero. Catálogo razonado cierra un ciclo de publicaciones póstumas sobre la obra oteriana que se inició en 1994 con Alejandro Otero de Alfredo Boulton; He vivido por los ojos. Correspondencia entre Alejandro Otero y Alfredo Boulton, de 2001; Alejandro Otero ante la crítica. Voces en el sendero, de 2006; y Resonant Space. The Colorhythms of Alejandro Otero, a partir de la exposición que se presentó en el Instituto de Arte Contemporáneo de São Paulo en 2014.

                                                                                                                

Sobre Alejandro Otero

La presencia de Alejandro Otero en el conjunto de las figuras principales del arte venezolano del siglo XX, se cimenta en una significativa e influyente práctica como pintor, escultor y grabador, así como en textos que son referencia en el pensamiento sobre el arte venezolano y latinoamericano. Proveniente de un hogar de escasas economías, nace en un poblado casi perdido en el intrincado sur de Venezuela, conocido como El Manteco. Era el año 1921, y el país se hallaba inmerso en el marasmo de olvido y atraso que la dictadura gomecista dejaba por todo el territorio. Al concluir su educación básica, inició estudios de arte en Caracas, donde en un viaje previo ya había sido seducido por la limitada pero estimulante escena cultural de la capital. En 1945, tras finalizar su formación, obtuvo una beca del gobierno francés para una estadía en París, ciudad en la que residió a lo largo de varias estancias que se prolongaron hasta 1964. A partir de este año desarrolla una destacada labor como gestor cultural en Venezuela y una valiosa obra pública en distintos lugares del mundo. Consagrado como una figura central del arte latinoamericano del siglo XX, fallece en Caracas en 1990. El impacto de esta avasallante carrera se evidencia en las numerosas exposiciones que realizó en diversas partes del mundo y su incorporación en colecciones tan importantes como el MoMA, amén de otros premios y reconocimientos alcanzados: el museo que lleva su nombre en Caracas o la reunión de su producción escrita en publicaciones como Alejandro Otero. Memoria crítica. Este récord y los asuntos que trató lo colocan en un ámbito de admiración que comparte con sus compatriotas Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez o Gego, algo de lo que da cuenta el interés que su trabajo sigue suscitando entre curadores e investigadores nacionales y extranjeros.