Leandro Erlich: La democracia del Símbolo. MALBA. Buenos Aires

Tanto la operación de escatimar a la vista una sección del obelisco como la ficción del traslado y la elección del nuevo escenario, activan remisiones de sentido más allá del programa político y conceptual del artista.

Por Juan Cruz Pedroni
La democracia del símbolo. Vista de la exhibición / View of the installation. Photo: Javier Agustín Rojas. MALBA diptych

La democracia del símbolo, acción e instalación site specific de Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973), se presenta como una obra en dos partes y dos duraciones. A lo largo de unos días, el artista intervino la punta del obelisco porteño, produciendo la ilusión de que ésta había sido extraída. En convergencia con esta acción, una reproducción a escala natural del extremo presuntamente quitado fue colocada en la explanada del MALBA. La réplica está diseñada para permitir el acceso del público a su interior, habilitando también una mirada a la ciudad que el original no concede. Tanto la operación de escatimar a la vista una sección del monumento como la ficción del traslado y la elección del nuevo escenario, activan remisiones de sentido más allá del programa político y conceptual del artista.

La acción de Erlich puede inscribirse sin contradicciones en la historia cultural del obelisco como forma simbólica. Si bien se trata de un artefacto que aspira a ser inamovible, el traslado y la dislocación, se comprueban, quizás por esta misma vocación de permanencia, como prácticas insistentes en el decurso histórico de sus apropiaciones y sus modos de dotarlo de sentido. En efecto, el obelisco ingresa al repertorio de formas de Occidente como un tráfico celebrado por la cultura: registrado en grabados, su cambio de lugar presenta desafíos a la ingeniería y motiva la inventiva tecnológica. Desde los pasajes de Egipto a Roma, los viajes en barco por el mediterráneo y los saqueos napoleónicos, la historia de los obeliscos es la historia de traslados y de asignaciones de nuevos emplazamientos. Más allá de sus efectos locales y sus derivas estético-políticas, la intervención de Erlich no escapa a estas constantes culturales de la larga duración histórica.

Particularmente, el obelisco porteño fue un insumo para los discursos sociales desde su erección. Extensa y agudamente criticado en el momento de su construcción en la Plaza de la República, antes de que fuera reabsorbido por la cultura visual a fuerza de su permanencia, la acción de Erlich reanuda este poder del monumento de suscitar la palabra. En los días en que la punta fue quitada de la vista, el obelisco reingresó al centro de las conversaciones consuetudinarias, motivo de manifestaciones de sorpresa, pretexto para la crítica y para la formulación de hipótesis sobre el ápice suprimido.

La réplica del ápice se emplaza en la explanada de un modo orgánico que continúa la arquitectura del museo. La pieza reproduce la imitación piedra del original –revestido con cemento desde el desprendimiento de las lajas que tuvo lugar, al poco tiempo de ser inaugurado, en 1938- . Esta imitación de la imitación piedra tiene un telón de fondo de escaso contraste en la piedra caliza que cubre la fachada del museo. En el mismo sentido el énfasis en las líneas diagonales entra en el juego visual de los volúmenes yuxtapuestos que componen el edificio del Malba. El fragmento de este hito moderno entra así en sintonía con la arquitectura descontructivista del museo. El efecto que produce la inserción, es al primer golpe de vista, muy diferente del artefacto lumínico de Sergio Avello a la que sucede en ese sitio y diferente, seguramente, de la obra de Jeff Koons por la que será relevado en el próximo abril.