RESONANCIAS DE AUTORETRATOS RE-ELABORADOS EN LA ACTUALIDAD

Gachi Rosati nos pide que veamos la diferencia, nos propone un recorrido por la Historia del Arte Occidental para construir un relato y reflexionar, a partir de la pintura, el rol de la mujer en diferentes épocas y en el presente.

 

Por Silvina Amighini
Exhibition view, "Ver la diferencia", Gachi Rosati. Ph: Espacio Lanzallamas.

El funcionamiento discursivo en la Historia del Arte, en tanto sistema narrativo, trabaja a partir de un mecanismo de exclusión e inclusión. Así, pone en un lugar determinado - y deja fuera - nombres dentro de un relato, un nombre dentro de esta historia. El pasado no es un hecho terminado -algo cerrado- sino que, como objeto de una semiosis, es dinámico y está sujeto a eventuales modificaciones y reconfiguraciones. Ya no es posible concebir la historia como un relato único y unidireccional. El discurso histórico se ha diversificado. Rosati trabaja con documentos de la historia del arte realizando una relectura de nuestra contemporaneidad.

La artista presenta pinturas de gran formato, son imágenes de mujeres pintoras entre el siglo XV y XX. El recorte no es caprichoso: son autorretratos de mujeres pintoras, pintando. Rosati se concentra especialmente en 10 artistas por su interés en recuperar historias de mujeres cuyas dificultades como trabajadoras del medio artístico se evidenciaron por el mero hecho de ser mujer. Históricamente a la mujer se la ha considerado como una pintora aficionada, muy alejada de lo profesional y con trabas en su formación. Sin embargo, gracias a su investigación, desde una perspectiva de historiadoras feministas, descubre que emergen pintoras a lo largo de la historia con gran reconocimiento y respeto por parte de sus contemporáneos; pero para la historia “oficial” del arte pasaron desapercibidas.

Desde la muestra Ver la diferencia, Rosati también nos habla de un feminismo extra temporario, intenta contar que la lucha feminista viene desde antaño, repasa la historia de las feministas de los años 70, de las feministas del sufragio femenino, entre otras.

Su aporte no es desde la historia del arte, sino desde su práctica pictórica. La revisión que nos propone Rosati se pregunta por las resonancias que hacen estos autorretratos reelaborados en la actualidad.

Sus pinturas se originan a partir de estéticas renacentistas y barrocas, pero atravesadas por el arte pop y otros modos de arte contemporáneo, en una suerte de yuxtaponer temporalidades de estilos pictóricos especialmente para ver las reverberancias actuales de estos documentos revisados y reelaborados en un nuevo registro. Cruza problemáticas de las mujeres del siglo XXI con obstáculos y preocupaciones de las de otros tiempos. Traer aquellas preguntas a este tiempo permite reflexionar sobre qué cargamos hoy nosotras, qué cargaban las mujeres de otras épocas y qué seguiremos arrastrando en un futuro. ¿Qué significa hablar hoy de una artista que se escondió detrás de los reflejos de sus naturalezas muertas, o de una mujer violada por su maestro y que luego terminó siendo expuesta socialmente, o reponer la vida de una mujer que por dedicarse a la crianza de sus cinco hijos se vio obligada a parar su producción artística en seco, mientras que su marido, también pintor y considerado de menor talento, fuera más reconocido que ella?

La práctica pictórica que explora Rosati parte de la simplificación de las imágenes originales desde la línea con tinta china hasta una fotocopia donde realiza una prueba de color con acuarelas. En acrílico sobre tela y con pincel, en gran escala imita gestos gráficos: deja un reborde blanco, dando la falsa idea de serigrafía, aparece la huella del típico defecto de impresión gráfica que sucede cuando la tinta se descarga, también el fuera de registro. Utiliza colores asociados a la estética de la pintura gráfica de gran formato, evocando de cierta manera a los pintores de carteles comerciales y los letristas. De manera solapada va deslizando su pregunta por el oficio, ¿qué ha pasado con ese trabajador?, se pregunta si ser artista es una condición de clase y qué sucede con la pintura como medio de subsistencia.

Un gesto poético es dejar las pieles de estas mujeres siempre blancas, no se trata de una intervención del blanco, sino que es el blanco mismo de la tela, que tiene la intención de hablar del vacío que ha dejado la tradición del arte.

En la trastienda de Lanzallamas, Rosati nos trae la antesala de gran parte de sus proyectos. Son elementos que hacen a la construcción del proceso de trabajo que resultan en las Grafopinturas que se ven en la sala. Nos muestra, entre otros, tintas chinas, pruebas de color en acuarelas y un libro antiguo titulado Woman and art (Mujer y arte), dando cuenta que existieron historiadoras que ya estaban revisando la historia oficial del arte.

   

   

El próximo mes de julio, financiada por la Beca Alec Oxenford, la artista parte hacia Londres, siguiendo la huella de Mary Richardson, periodista canadiense y referente en el movimiento por el sufragio femenino en el Reino Unido. Será recibida por el espacio feminista Grand Union y el contexto es más que propicio: en el 2018 se cumplieron 100 años del sufragio femenino en Inglaterra.

Como decía al principio de esta reseña, el pasado aún no es un hecho terminado y la investigación de Rosati continúa abierta. De la misma manera, sigue abierta la pregunta acerca de cómo se negocia la práctica artística feminista con las revisiones históricas, con el mito del artista genio y con las representaciones del signo mujer en diferentes épocas.

La exhibición Ver la diferencia es una muestra realizada en colaboración entre Lanzallamas y Atocha Galería y podrá visitarse hasta el 28 de Junio en Carlos Calvo 637 - San Telmo - C.A.B.A.