COLÓN, EL ÁNGEL, LAS ALAS Y LOS LUCHADORES: LA CONTRA ALEGORÍA COMO RESIGNIFICACIÓN DE LA HISTORIA

Por Tomás González Casartelli

Suenan las campanas de la Iglesia San Ignacio de Loyola y el eco retumba en las piedras avejentadas del Complejo Histórico Cultural Manzana de la Luces, de los pocos edificios de la colonia que sobreviven en el centro histórico de Buenos Aires. El patio de este espacio, que a lo largo de los siglos fue convento, Museo de Ciencias Naturales o Facultad de Ciencias Exactas, respira hispanidad barroca. Es un museo sin exposición permanente; es, a su manera, un monumento en sí mismo. El espectador levanta la vista y ahí los balcones superiores del claustro, más arriba los muros de acero y vidrio del Microcentro y, observando el patio desde el techo de “La Manzana”, un ángel desalado que parece fuera de lugar. Y lo está. O no.

COLÓN, EL ÁNGEL, LAS ALAS Y LOS LUCHADORES: LA CONTRA ALEGORÍA COMO RESIGNIFICACIÓN DE LA HISTORIA

La escultura hace referencia a una de las alegorías que componen el monumento a Cristóbal Colón (1921), del italiano Arnaldo Zocchi, que luego de años de polémica y tironeos políticos pasó de emplazarse en el patio de la Casa Rosada a custodiar las aguas del Río de la Plata, en Costanera Sur. La silueta juvenil e indescifrable del ángel, que en la escultura original señala hacia adelante, hacia el futuro, marcándole el camino a través de los mares al Conquistador de América, en este caso señala hacia abajo, hacia este patio colonial en plena tarde porteña.

 

Es aquí que se lleva a cabo el proyecto “NO OFICIAL. Historias Montadas, Relatos Disidentes”, en el marco de BIENALSUR, la bienal surgida en el sur del sur que se desarrolla de manera simultánea en 124 sedes alrededor del mundo, entre julio y diciembre. El primero de los episodios de NO OFICIAL presenta “La piedad de las estatuas”, un grupo escultórico del artista argentino Alexis Minkiewicz. El ángel es una de las cuatro piezas que componen la exposición, que podrá ser visitada hasta el 28 de febrero.

 

En el patio, Colón goza en un sueño marino y surrealista. Si en el monumento original el navegante italiano se erguía potente, masculino e imponente, la versión de Minkiewicz trata una clase de majestuosidad, sí, pero de otra índole. Aquí Cristobal yace desnudo a medio metro del suelo, enredado en una orgia desconcertante con dos pulpos, una referencia directa a El sueño de la esposa del pescador (1814), de Katsushika Hokusai. El navegante vulnerable, cooptado por un espasmo de placer, se sostiene la nuca con los dos brazos mientras un pulpo devora su sexo, de la misma manera en que la muestra devora, con erotismo y hambre de resignificacion, a todo lo que el monumento original representa. “Está establecida la noción de que los monumentos ayudan a construir la identidad nacional. Pero construyen una identidad nacional, un relato hegemónico”, apunta Leandro Martinez Depietri, cocurador de la muestra junto a Diana Wechsler. “Los monumentos son plataformas para pensar nuevas identidades”, agrega. Y en esa línea se inscribe “La Piedad de las Estatuas”, que toma su nombre del poema “Plegaria”, de la uruguaya Delmira Agustini. “Eros: ¿acaso no sentiste nunca / piedad de las estatuas?”. 

 

Minkiewicz comparte esa fascinación por la escultura, una voracidad tan estética que se vuelve física, un deseo de “subirse a la escultura, fundirse con ella, hacerla propia; de tener una relación física con ese ser inanimado y representado.”. Las manifestaciones de tal avidez afloran en cada aspecto de la muestra, una exhibición que es a la vez crítica histórico-cultural como manifiesto libertino, plataforma de resignificación de relatos y oda a la potencia erótica.

 

En la tercera de las esculturas, que el artista bautizó informalmente como “Los luchadores”, la eroticidad brota en cada centímetro. Marineros, en la escultura original, ambas figuras se entrelazan en un contorsionismo a medio camino entre la pelea y la lujuria. Envueltos en ataduras con la técnica shibari, realizadas por Alejo Petriz, se trata de otro guiño a la cultura japonesa, por la que Minkiewicz cultiva afición. En las figuras, de unos tres metros, resaltan la musculatura, la visibilidad de los tendones, la fusión de los cuerpos. Incluso se hace difícil distinguir quién es quién, mientras ambos oscilan, sostenidos por las sogas, sobre la piedra colonial, en una suave danza de luces y sombras. Dinamismo escultórico en estado puro. A ellos también el ángel observa desde las alturas, como un voyeur adolescente que contempla intrigado, en una expresión que no termina de definirse.

Intrigado y desalado. Minkiewicz, en lo que compone la cuarta pieza de la obra, “colgó” sus alas en una estructura autoportante que se abraza a dos columnas sin dañar el material original, una prioridad absoluta de la muestra. En lo que es, según el propio artista, el momento más hardcore de la muestra, las alas cuelgan como una media res, atravesadas por ganchos. Un desmembre violento, casi como un fetiche. “Reemplace al ángel catolico. Esto es otra cosa. El ángel puede tener deseo sexual, pulsión”, dice Minkiewicz, que volvió a incluir en esta pieza la técnica shibari. Desglorificar para resignificar. O, como elabora el texto curatorial: “La irreverencia en las mutaciones iconográficas, el pliegue de la narrativa heroica sobre sí misma y la rica intertextualidad con la historia del arte y con los diversos tránsitos del monumento nos permiten pensar a esta obra como un resurgimiento de la tradición disidente del neobarroco latinoamericano. Se asienta un juego de espesuras polisémicas, de apasionamiento por el exceso y el artificio, que rompen con una visión monolítica de la identidad para abrir lugar a otros mitos fundacionales que disputan el relato oficial”.

 

De eso se trata. La disidencia y los canales alternativos de expresión. Las nuevas narrativas contrahegemónicas, a veces explícitas, a veces ambiguas. Incluso un guiño casi irónico: la inauguración de la muestra se dio en el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Minkiewicz, además, ganó un concurso auspiciado por el Ministerio de Cultura de la Nación para realizar una escultura de María Remedios del Valle, la única mujer nombrada capitana del Ejército del Norte por Manuel Belgrano. La escultura, que será emplazada en Estados Unidos y 9 de Julio en noviembre, es también un manifiesto de esta búsqueda. Afrodescendiente, esta heroína nacional fue “olvidada por la historia”, y  con el trasfondo del movimiento Black Lives Matter, Minkiewicz eligió a Louis Yupanqui, una mujer y activista trans y afrodescendiente, como modelo. “Quiero actualizar esa lucha”, sentencia el artista.

 

“La historia tiene otros potenciales desenlaces, otras posibilidades futuras. Son instancias de expresión de disenso que tienen que estar abiertas. Esto es un paso en la expresión artística y democrática, y además en un espacio público”, cierra Depietri.

 

Información útil

La muestra se puede recorrer hasta el 28 de febrero. Los días y horarios de visita al Complejo Histórico Cultural Manzana de las Luces (Perú 294, kilómetro 2 de la bienal) son de miércoles a domingos entre las 12 y las 19 horas, sin reserva previa.                  

Enmarcado en el mismo proyecto, desde el viernes 15 de octubre, todos los viernes hasta el 26 de noviembre por la tarde/noche el público podrá observar las performances “Barroco furioso”, a cargo de la compañía Ópera Periférica, y “Cabaret Neo Bar Otra”, curada por Loréne Belloni. Ambas propuestas trabajan desde una perspectiva de género, diversidad y transformación social.

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