Rafael López-Ramos

17 Frost Art Space, Miami

Los situacionistas llamaron détournement a una práctica artística que consistía en tomar una mercancía y transformarla en un objeto artístico, de forma tal que se negara a sí misma como mercancía y, por lo tanto, subvirtiera el imperativo de consumir que caracteriza al capitalismo contemporáneo.

Por Ernesto Menéndez-Conde
Rafael López-Ramos

Los collages recientes de Rafael López-Ramos parecen seguir una lógica semejante. En su caso son las estrategias publicitarias las que se vuelven contra sí mismas. López-Ramos se sirve de los anuncios que aparecen en las revistas, los recorta y los traslada a sus lienzos. En particular, acude al desnudo femenino para desmontar el carácter de mercancía sexual que distorsiona el erotismo. Como han observado numerosos pensadores contemporáneos, en la actualidad lo que genera complejos de culpa no son las prohibiciones sobre el goce; sino el hecho de no haber disfrutado lo suficiente y no satisfacer las demandas del placer. López-Ramos presenta un mundo banalizado y opresivo precisamente porque está inundado de contenidos sexuales.

López-Ramos aspira a mostrar cuánto hay de pesadilla en las imágenes publicitarias. Sus collages son inusuales formas de un erotismo atractivo y al mismo tiempo chocante. Los cuerpos sensuales de las modelos, las zonas erógenas de la mujer aparecen descarnadamente asociadas a productos cosméticos, a precios de mercancías y a frases que nos ordenan comprar.

Los collages recuerdan a las representaciones pop e incluso a los montajes fotográficos que cualquier adolescente pegaría en alguna pared de su dormitorio. Uno podría pensar que se trata de una práctica bastante trillada. Pero un acierto de los trabajos que López-Ramos exhibe en “Wonderland”, consiste no sólo en acudir a asociaciones que pudieran parecer degradantes para la mujer; sino en mostrar el carácter invasivo y cotidiano de dichas imágenes.

Si pudiese decirse así, son obras anti-pornográficas. En uno de los collages encontramos a una joven desnuda, reclinada sobre unas finas telas. El anuncio de un helado de almendra y pistacho cubre la cara de la modelo. El producto alimenticio se torna obsceno, degradante tanto para la figura femenina como para el consumidor.

La mujer desnuda, convertida en objeto de placer para la mirada masculina, queda semánticamente vinculada en “Wonderland” al propio espectador, continuamente expuesto a las imágenes publicitarias.

En otras piezas, los chorreados de pintura están visualmente emparentados con el semen. Los collages de López-Ramos pueden interpretarse como tiradas contra el carácter comercial de la pintura y el arte actual. Aquí el espectador tropieza con una de las más notables paradojas del arte contemporáneo: la crítica al mercado se realiza mediante obras que, a su vez, son mercancías. Quizás no haya manera de salir de este círculo vicioso. Tal vez por eso López-Ramos lo asuma con cinismo. En esto hay una cuota de lucidez: el destino, al parecer inexorable, del arte que ejerce la crítica de las sociedades de consumo es precisamente el ser asimilado por el mercado al que se enfrentan.