"Eduardo Costa, por dentro y por fuera", reseña de Aimar Arriola

"Eduardo Costa, por dentro y por fuera", reseña de Aimar Arriola
"Eduardo Costa, por dentro y por fuera", reseña de Aimar Arriola

Como un huevo fresco partido a la mitad que con su fractura tensiona las distinciones entre exterior e interior, entre superficie y profundidad, así se me antoja el trabajo de Eduardo Costa (Buenos Aires, 1940). Precisamente, con la acción de abrir en público una pintura en forma de huevo –una acción a la que pude asistir–, inauguraba Eduardo Costa su exposición retrospectiva 'Las relaciones mentales', curada por Manuela Moscoso y Santiago Villanueva en el Museo Tamayo de Ciudad de México, recientemente clausurada. En la acción, la pintura en forma de huevo de Costa era precisamente eso: no la representación pictórica de un huevo, sino un objeto ovoide producido a partir de la superposición de capas de pintura acrílica, como es el caso del resto de objetos en forma de frutas, verdura o pescado pertenecientes a la extensa serie de 'pinturas volumétricas' de Costa.

 

En el gesto de Costa de abrir una pintura a la mitad para mostrarnos su adentro, no hay un intento de asignar mayor valor al interior de las cosas. Por el contario, no hay aquí un orden superior de cosas del que dependan otras, supuestamente pertenecientes a un plano inferior. No hay, por ejemplo, una caracterización negativa de lo superficial a favor de la certeza de las profundidades. Más bien, el arte, la política, la vida en Costa operan en un tránsito continuo entre dentro y fuera, entre superficie y profundidad. Las curvas blandas de sus 'pinturas suaves' de mitad de la década de los 90, la oreja de oro a modo de segunda piel de la conocida serie 'Moda ficción' (1966-84), o la ya citada serie de 'pinturas volumétricas', todas ellas incluidas en la exposición, son invitaciones a, no tanto quedarnos en la superficie sino a deslizarnos lateralmente por ella. Las de Costa son superficies libidinales, superficies de placer, como las que suenan en el disco de mismo título del grupo de rock Virus ('Superficies de placer', 1987), incluido en la exposición y para el que Costa co-escribió una canción con Federico Moura, lider de la banda. No obstante, de tener forma biológica, la práctica de Costa no sería un virus sino un cuerpo simbiótico, una práctica resultante de la asociación con otros, concretada en sus colaboraciones con Roberto Jacoby y Raúl Escari (manifiesto 'Un arte de los medios de comunicación', 1966); con Jacoby y Juan Risuelo ('Primera audición de obras creadas con lenguaje oral', acción realizada en el Instituto Di Tella en Buenos Aires, en 1966); o el escultor norteamericano Scott Burton (amigo al que Costa dedica una instalación en la exposición).

 

En Costa, la oposición entre superficie y profundidad da paso al deslizamiento, a la continuidad. La muestra no estaba ordenada de manera cronológica ni establecía distinciones entre órdenes de cosas; en su lugar obras y documentos de diferentes periodos era dispuestos de forma asociativa sobre las superficies curvas y ovoidales de la museografía ideada para la muestra, alimentándose de los nutrientes que ofrece el propio trabajo de Costa, por dentro y por fuera.