Federico Colletta: El desmoronamiento de la corteza terrestre. Centro Cultural Recoleta. Buenos Aires

En las estrategias de Federico Colletta hay un aparente dejar librado al  azar del acontecer natural  que en verdad es una liberalización a medias.

Por Ana María Battistozzi
El desmoronamiento de la corteza terrestre. View of the exhibition (vista de exhibicion). Centro Cultural Recoleta

No imagino una aproximación a la actual obra de Federico Colletta desvinculada del paisaje o las condiciones naturales que lo rodean en el lugar que habita y trabaja  en Los Cardales, en los alrededores de Buenos Aires. Podría decirse que es ese particular entorno el que le confiere sentido a la orientación que asumió su obra hacia fines de 2010 y 2011.  Me refiero a un rumbo nuevo que empezó por problematizar su práctica pictórica tal  como la venía llevando a cabo hasta entonces y concentrarse en las implicancias metafóricas de un tipo de producción ligada a lo procesual y a la lógica de la  naturaleza. Así fue que  el artista empezó a enterrar  sus telas de algodón en pozos hechos a su propia medida (que se empeña en precisar: 1,80 x 0,90). O a  abandonarlas a la intemperie para que el viento, la lluvia, el clima o el propio devenir ambiental se encargaran de configurar una imagen identificada más con la acción de la naturaleza que con su representación.

Todo esto bajo el denominador común de una particular monocromía derivada de la coloración de la tierra, la ceniza o la acción de la humedad sobre la tela.  Hay en estas estrategias de Federico Colletta un aparente dejar librado al  azar del acontecer natural  que en verdad es una liberalización  a medias.  ¿Por qué?  Porque una vez rescatadas del largo período de  hibernación a que las somete por  períodos de hasta quince días, Federico Colletta lava sus  telas a mano, las friega y luego las cuelga. “Invirtiendo la naturaleza del acto de pintar que adiciona sustancia por otro que sustrae la materia de la tela”,  explica. Luego las somete a una acción formal: las tensa en bastidores que él mismo fabrica y las  presenta en series que evocan las estrategias minimalistas de orden y repetición.

A su vez acompaña  este proceso con un registro de notas en las que consigna todo tipo de referencias que dan cuenta de su actividad cotidiana. Papeles marcados por distintos usos en los que ha quedado la huella del cuerpo: manteles, servilletas, pañuelos, papeles de regalos, tickets de compras o de peajes. Todas referencias que aluden al continuo ajetreo en su vida mientras las telas reposan al interior de un pozo en la tierra contaminándose con los componentes del suelo y participando de una lógica orgánica que las afecta. Hay en estas dos  instancias  una confrontación de dimensiones temporales: la que modifica al artista y la que modifica a las telas en su devenir de reposo orgánico. Es allí donde se cruzan las coordenadas de espacio y tiempo que de algún modo ponen en tensión esas variables en el arte y sus formas de representación o presentación.

Sobre este principio Federico Colletta articuló las dos grandes instalaciones que presentó en agosto pasado en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires y ocuparon dos salas del otrora convento de monjes Recoletos que aún conserva la impronta de la arquitectura monacal. En una ubicó las telas tensadas en bastidor, enmarcadas por los arcos de la arquitectura y apoyadas sobre pilares de madera delineando un ritmo secuencial. Y en la otra sala simplemente un conjunto de maderas erguidas como un bosque seco llamado a poner el acento en la definición de una obra a partir de lo que el artista tiene a mano, crece y muere a su alrededor.