JUAN MANUEL ECHAVARRÍA: RÍOS Y SILENCIOS

La exhibición Ríos y Silencios constituyó un hito en el panorama del arte colombiano. La puesta en escena que Juan Manuel Echavarría (Medellín, Colombia, 1947) realizó como aproximación a la historia reciente del conflicto armado nacional captura la guerra y sus consecuencias con tanto poder icónico como universalidad en su lenguaje poético.

Por Natalia Vega (Bogotá, Colombia)
Juan Manuel Echavarria. La guerra que no hemos visto, 2007 -2009 Vynil Painting on MDF. Panoramic view. Ríos y Silencios, MAMBO / Pintura vinílica sobre MDF. Panorámica de instalación.

Las múltiples perspectivas desde las cuales Echavarría ha abordado la complejidad del tema en su trayectoria dibujan una aproximación acumulativa y coherente. Destaca la correspondencia entre sus impecables aspectos formales y conceptuales: hay extrema claridad y concisión en la realización de sus obras, desarrolladas en ambiciosas series. La instalación integrada de esta muestra, ejemplo del trabajo curatorial consumado e innovador, construyó una retrospectiva de carácter polifónico que examina su tema a través de diversas voces y lenguajes visuales, incluyendo, además del suyo — reflexivo, introspectivo—, el lenguaje explícito y catártico de miembros del ejército, grupos guerrilleros y paramilitares, partícipes directos de episodios violentos de la guerra en el país rural.

Desde los 90s Echavarría ha recorrido territorios remotos e inaccesibles —con los fotógrafos y cineastas Fernando Grisales, Noel palacios y Gabriel Ossa (a quienes otorga crédito pleno) —haciendo visibles aspectos de la violencia que ha azotado a Colombia a través de una documentación transversal de sus vestigios en un país donde, como el título de una exhibición previa, hay una “guerra que no hemos visto”. Es el caso de sus fotografías El testigo, 1998, donde aparece un raquítico caballo abandonado en un paisaje desolado que subvierte un motivo del arte universal tradicionalmente relacionado con historias heroicas; y de El árbol deTamarindo, 2010, bajo el cual se realizó una masacre de campesinos, que acabó constituyéndolo en su único referente y testigo. En el video Guerra y Pa(z), 2001, dos loros entrenados, parados precariamente en una percha, pelean y gritan “guerra y pa(z)” como parodia de los discursos de las negociaciones políticas nacionales. Echavarría comenzó a involucrar y dar voz a las víctimas en la serie de videos Bocas de Ceniza, 2003, donde registra en primer plano la cara de sobrevivientes afrocolombianos quienes expresan su experiencia a través de cantos. Confronta así la vulnerabilidad de su presencia en una obracargada de intimidad emocional y empatía. En la instalación fotográfica Requiem NN, 2005, involucró a miembros de la comunidad de Puerto Berrio que en un acto espontáneo de solidaridad, memoria y resistencia recogen cadáveres en el rio Magdalena, los entierran en su cementerio, les dan un nombre y los adoptan marcando sus lápidas en un ritual de rezos y favores que otorga a los muertos anónimos nueva identidad y vida. Rompiendo paradigmas de la figura central del artista y de su autoría la retrospectiva no se centra en la voz de Echavarría: él se define a sí mismo por su conexión con la voz de los otros, con quienes su obra dialoga y se complementa. La muestra incluye una selección de pinturas de la serie La Guerra que no hemos visto, (2007-2009), obras realizadas por hombres y mujeres que desde muy temprano se vieron involucrados en batallas, masacres y episodios de extrema violencia. Posteriormente fueron invitados durante dos años a talleres catárquicos organizados por el artista, como espacios de encuentro y reconciliación.

               

              

La exhibición presentó una selección de la monumental serie Silencios (desde 2010 a la actualidad) que incluye fotos de más de cien escuelas abandonadas y en ruinas que evidencian la interrupción de las actividades comunitarias más elementales por el desplazamiento forzado. Las fotografías frontales de paredes donde sobrevive el tablero evidencian capas de memoria de estos lugares destechados e invadidos por la vegetación. Restos de materiales didácticos convergen con objetos que evidencian usos posteriores de estos espacios ruinosos. Las magistrales cualidades pictóricas de los colores saturados de las fotografías hacen emerger estas capas de memoria: huellas y manchas de pintura y humedad se convierten en elementos formales activos creando su propio paisaje y revelando esa otra “pintura” del tiempo y el abandono. Similar sentido pictórico y cromático es evidente en las fotos de la serie De qué sirve una taza,2014: “close ups”, primerísimos planos de objetos abandonados en el piso de campamentos, capturan el sustrato verdoso del óxigo, el musgo y la vegetación que los cubren.

En suma, la retrospectiva Ríos y Silencios constituye un proyecto extraordinario de construcción de memoria colectiva: nos acerca a las posibilidades de redención del arte que contribuye a la construcción del tejido social al constituirse como espacio de convergencia y reflexión común. La postura de Echavarría es ética, contra la indiferencia; y es constructora de empatía, involucrada en un proceso de restauración dentro de un contexto de deshumanización. Para él, el arte no se centra en objetos sino en la conexión entre seres humanos.