Juan Andrés Videla: Nada está quieto. Centro cultural Recoleta. Buenos Aires

Los más de 70 pinturas y dibujos que conforman esta exhibición antológica constituyen una notable oportunidad para indagar en el universo artístico de los últimos doce años del artista.

Por Laura Casanovas
Juan Andrés Videla. Matorral. Óleo sobre tela 140x180cm

“Amigarse con dejar la pregunta abierta te permite fluir”, dice el artista argentino Juan Andrés Videla (Buenos Aires, 1958) como clave de su atrayente obra. Los más de 70 pinturas y dibujos que conforman la exposición antológica Nada está quieto en el Centro Cultural Recoleta constituyen una notable oportunidad para indagar en su universo artístico de los últimos doce años. Los asuntos de sus trabajos son simples y familiares: el interior de un cuarto, un matorral, la esquina de una calle, una naturaleza muerta, un paisaje de ciudad, un animal, entre otros. Pueden surgir de pinceladas evidentes y pastosas o de superficies pulidas de aspecto fotográfico y borroso características de su estilo –como si viéramos la imagen a través de un vidrio mojado o atravesada por la bruma- y tanto en blanco y negro con un destacado trabajo con la luz como por medio de un estallido cromático. Pueden presentar distintas perspectivas y oscilar entre una figuración de atmósfera surrealista o realista y en formatos pequeños o de grandes dimensiones. Si bien evidencia una constante reflexión sobre las múltiples posibilidades de la pintura y el dibujo, su propuesta va más allá: “La pintura pasa a ser un experimento para dar cuenta de cómo percibís”, dice el artista, poniendo el acento en un tema central. “Se trata entonces de expresar la vivencia de aquello que tiene frente a él y que está en constante cambio. “(…) “Videla se deja invadir por los temblores incesantes que vibran detrás de la exterior solidez de las cosas”, señala el artista Eduardo Stupía en el prólogo de la muestra. Y eso es lo que se capta frente a sus trabajos, un incesante movimiento de lo percibido que puede inquietar, seducir, interrogar, conmover, extrañar o todo a la vez en un tiempo que es éste y, a su vez, otro. Su singular obra se emparenta, así, con el discurso poético, el cual con cada palabra y concepto abre una nueva posibilidad, que se modifica con la siguiente en una sucesión de infinitas opciones conformando un espacio de apertura y libertad. La pregunta abierta que permite fluir. Encontramos, por ejemplo, una misma imagen -la del interior de un cuarto- en cinco pinturas con diferentes tamaños, colores, nitidez, trazos. ¿Es el mismo cuarto?. Escribe Videla: “(…) no sofoco ya la vivencia del mundo pidiendo explicaciones. Entonces a veces éste, me habla desde el silencio, sin traicionar su misterio”.