LEANDRO ERLICH EN RUTH BENZACAR

En los umbrales de lo que luego sería la consagrada carrera internacional del artista argentino Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973), fue la pintura. Él mismo recuerda por estos días que a los quince años se consideraba un pintor profesional. Su vida entonces transcurría entre películas y pinturas al óleo. Más tarde llegarían las instalaciones y propuestas artísticas donde la singular magia de Erlich nos sumerge en situaciones que extienden las coordenadas de la realidad para acercarnos a experiencias perceptivas y visuales sorprendentes. Como si por ese instante pudiéramos ser parte de la escena de  una película fantástica, la cual nos abre una puerta para devenir uno de sus protagonistas.

Por Laura Casanovas
Próximamente (Coming Soon), Ruth Benzacar 2019, registro de sala. Ph: Nacho Iasparra.

En la actual muestra en la galería porteña Ruth Benzacar, el artista vuelve a sorprendernos. El título de la exposición, Próximamente, se inscribe en la fachada de la galería con la estética retro de una marquesina de cine con sus lamparitas lumínicas rodeando el borde. Debajo de ella, a manera de afiches, las imágenes de los films que supuestamente se proyectarán. Al ingresar en la gran sala, ambientada con una alfombra bordó y negra, característica de los halls de cines de fines de los años 80, encontramos veintiún óleos de afiches de películas a partir de fotos de las instalaciones del artista, pintados para esta ocasión. La representación en cada uno alude entonces a una obra que sí existió y, de esta forma, funciona como memoria de su trayectoria profesional. Aquel con el título Invasión remite a La Democracia del Símbolo (2015), cuando el artista volvió invisible la punta del Obelisco del centro de la ciudad de Buenos Aires y la hizo aparecer en la entrada del Museo de Arte Latinoamericanos de Buenos Aires (Malba). One hundred days underwater se relaciona con la instalación La Pileta (1999), donde el público podía ser parte de la profundidad de una pileta, con aparente agua, sin mojarse. Y Down to earth se vincula con Maison Fond (2015), la cual enfrentaba al público a una casa que parecía estar derritiéndose.

En cada pintura, los juegos de palabras dan lugar también al humor, ya sea a través de los títulos o de las fichas técnicas de cada film. En todos hay un mismo director: Charlie Lendor, anagrama de Leandro Erlich. Sabemos que en las propuestas de este artista nada es exactamente lo que parece y que, a su vez, podremos develar el artificio lo cual, lejos de hacer caer nuestro interés lo incrementa. Porque nos comparte su estrategia, porque nos invita a ser parte de ella, porque nos guía sin aprisionarnos, porque sentimos que la posibilidad de situarnos sin engaños en el límite entre la realidad y la ficción nos acerca a la infancia, a ese tiempo de juego caracterizado por la natural transición y transacción entre fantasía y realidad.

Sus obras no permiten bucear en su autobiografía, pero en esta ocasión el artista decidió tomar como material artístico una etapa de su vida que abarca, sobre todo, la adolescencia. “En los años 80, comenzaron a abrir en Buenos Aires los video clubes. Recuerdo estar de pie delante de las cajas de VHS que se perfilaban en grandes estanterías; mis ojos recorrían las tapas y sus títulos durante largo tiempo”, escribe en el texto para la presente exposición. Y agrega: “El artista escocés Andy Goldsworthy dijo que su escuela de arte no fue la academia sino la playa. La mía fue la videocasetera”.

   

   

En el fondo de la galería, un espeso cortinado bordó indica que allí está la puerta de ingreso a la sala de proyección. El límite entre espacio de exposición, espectador y obra se difumina. En un momento advertimos ser parte de una gran instalación artística –la cual en este caso ocupa toda la sala– y que sólo podremos verla si ingresamos en ella. Devenimos, automáticamente, visitantes a una proyección cinematográfica de otra época que no sucederá, porque no hay films realizados. Pero frente a cada pintura, la imaginación se activa guiada por la representación pictórica y esbozamos una posible película. Deberíamos sumar otro ingrediente: cierta nostalgia vital. Ni bien entramos en la galería-instalación hallamos un mueble lleno de cassettes de VHS a manera de “pequeña réplica”, como señala el artista, de los más de mil títulos de la colección familiar de VHS a partir de la cinefilia de su padre. Luego vendrían los DVD con otra estética y como parte de otro tiempo.

Todo esto nos recuerda Erlich con una mirada retrospectiva a su vida y a su obra mediante su inteligencia y sensibilidad artísticas, al hacernos partícipes de un universo muy parecido y, a su vez, diferente del cotidiano.

 

Leandro Erlich. Próximamente. Hasta el 20 de julio. Galería Ruth Benzacar (Juan Ramírez de Velasco 128) de martes a sábado de 14 a 19 h.