RE-COLLECTOR: EXHIBICIÓN DE ANDRÉS MICHELENA EN VENEZUELA

RE-COLLECTOR: EXHIBICIÓN DE ANDRÉS MICHELENA EN VENEZUELA
RE-COLLECTOR: EXHIBICIÓN DE ANDRÉS MICHELENA EN VENEZUELA

La obra de Andrés Michelena se ha elaborado desde un intenso cuestionamiento tanto con respecto de los modos de “ser” y “operar” el objeto artístico, como en referencia a la existencia humana y sus tensiones. En relación al objeto artístico explora su “ser lenguaje”, su potencia de articulación y su capacidad para establecer plexos de relaciones significantes que transforman la percepción, comprensión y elaboración de la realidad. Con respecto a la existencia humana y sus tensiones indaga acerca de sus entornos, de sus incertidumbres y contradicciones, y realiza también interrogaciones de carácter ontológico en torno al carácter originario (a la vez, primero y origen) del vacío o la ausencia. Una obra de múltiples aristas y niveles de lectura, una obra “relacional” que opera como dispositivo de constitución de redes de sentidos y alusiones, y que gracias a ello conjuga tensamente elementos y “propuestas” aparentemente opuestas y contradictorias.

Una interrogante fundamental sustenta su hacer, su proceso o labor, la de aprehender el vacío –o la ausencia, la falta, la carencia- como una especie de instancia productiva desde la que “algo acontece”, un suerte de Khóra[1]: un espacio-nodriza que es en sí mismo “articulación”, a saber, un “entre” que es el “tener lugar” de algo, no es el algo ni tampoco es el lugar ya que ambos son ya productos, figuraciones, representaciones, consolidaciones, sino el acontecimiento inicial y fundador desde el que las figuras se ordenan y se inscriben, es el darse de ambos. Gracias a esta interrogante fundamental sus piezas posean la textura del lenguaje al proponerse como un “espacio originario” (una estructura formal y geométrica) que es también una enunciación y la inscripción de algo en la existencia. Piezas que son, simultáneamente, presencia visual: instantaneidad y totalidad, y enunciación: secuencialidad, lectura y concreción de un plexo de relaciones que acontece desde alusiones o señas. Si la presencia visual se da como un absoluto, la lectura es un acertijo, un proceso de re-configuración, tiene siempre algo de inaccesible –o inaprehensible-.

Gracias a que esta enunciación que se elabora desde un conjunto de indicios –algunos explícitos, otros implícitos-, como alusión e incitación, deja espacio para la incertidumbre y la aventura, para que se haga presente algo que no puede ser aprehendido de forma cabal, que no puede ser convertido en significado específico, ella se relaciona como un aspecto de lo Sublime, aquella experiencia paradójico gracias a la que algo se da a la sensibilidad sin hacerse presencia, sin manifestarse propiamente como imagen o significado determinado, sino como exceso y excedente, como algo inasible e inimaginable. Esta condición sublime implica tensión y el encuentro de elementos inconmensurables entre sí, implica que no hay descripción posible, tampoco comprensión adecuada, sino una mudez elocuente cuyo decir no es pronunciable, cuyo decir es elusivo.

Esta textura de lenguaje, esta alusión a lo sublime, provoca que en sus piezas se concilien –siempre con un índice de sospecha e incertidumbre- dos disposiciones artísticas dirigidas a lugares distintos. Por una parte, estas son obras realizadas con una composición sutil y sensualmente geométrica que, en su austeridad formal y su coherencia estructural, enfatiza las cualidades de los materiales y la expresividad de las formas y figuras. Por la otra, incorporada en esas piezas abstractas y geométricas, a la manera de un conjunto de pistas o señales materiales y textuales, aparece una apelación –una llamada, una alusión- a la experiencia cotidiana, a los contextos, a las labores y discursos del mundo, a los hechos. De modo tal que, en estas piezas, la limpia estructura formal se trama con datos o textos alusivos que, refigurando las estrategias del “collage”, logra re-inscribir esas piezas abstractas en la concreción de situaciones y problemas particulares, logra expandirlas semánticamente más allá de su mera condición expresiva.

   

En la exposición Re-collector,  que se presenta en la Galería Carmen Araujo Arte, Andrés Michelena presenta un conjunto de piezas en la que se hace evidente esta doble dimensión del decir artístico y la tensión inquietante que allí se provoca, se manifiesta su textura de lenguaje y su alusión a lo sublime. Como el nombre lo anuncia, este proyecto plástico es un ejercicio de re-colección, en el que se recuperan y se recogen, se coleccionan y se cosechan, se atesoran y se recaudan fragmentos de la cotidianidad, desechos y residuos, restos y sobras que son, a su vez, son transmutados y transfigurados hasta convertirlos en unos complejos “actos de habla”, unas enunciaciones tensas y “silentes” que tematizan inquietudes, preguntas y deseos acerca de la textura ontológica del existir y de la posibilidad de expresión.

En todas estas obras las alusiones son múltiples y se dirigen a diversos ámbitos de la cultura, citan trozos de la historia del arte abstracto y geométrica, de la modernidad y sus imperativos, apuntan a las texturas que constituyen el entorno de la vida cotidiana, sugieren la diversidad cromática que rodea la existencia urbana, refieren también al conocimiento de la escena artística, a sus rutinas y modos de operar. En todas ellas la naturaleza geométrica-abstracta de las composiciones tiene un índice de equívoco, hay una sensualidad incorporada en los materiales –sus texturas, brillos y cualidades-, en los bordes y encuentros entre las telas, las formas o las estructuras, en la superposición cromática o en la incorporación de fragmentos que desplazan los sistemas y los esquemas ortogonales, en el juego de unas obras que parecieran doblarse sobre sí, mostrando su frente y su revés, ocultándose y apareciendo simultáneamente.

Las diversas series y cuerpos de trabajo que presenta Michelena en esta exposición son el producto del “cultivo” de sus propias experiencias en todas las contradicciones y simulaciones que él mismo se permite, y son también el efecto de un proceso de “re-colección” en el que distintas señales que aluden a sus rutinas diarias, por ejemplo, las telas que desecha una mueblería del edificio donde trabaja, o las bandejas en las que se mercadea el Nespresso, o catálogos de venta, se convierten en espacios de conjunción en los que puede entablar una polémica entre la modernidad y sus principios racionales y la contemporaneidad y sus disposiciones políticas y contextuales. Todas ellas se tensan, entonces, entre la belleza y pureza de la composición abstracta y la densidad sensual e imperfecta de aquello que por ser experiencia siempre desborda cualquier posibilidad de registro y comprensión.  

[1] Apuntamos a la interpretación que elabora Derrida de la noción elaborada por Platón en el Timeo.