Vanguardia. Caballo de Troya. América

Magdalena Jitrik & Leila Tschopp. MACBA. Buenos Aires

Por Juan Cruz Pedroni
Vanguardia. Caballo de Troya. América

En la planta baja del MACBA hay trabajos de Magdalena Jitrik (1966) y de Leila Tschopp (1978) posteriores al año 2000 y una pintura de los años sesenta que pertenece a la colección patrimonial. Entre la Pintura múltiple de 1969, obra de Germaine Derbecq  y el díptico xilográfico Cruz negra / Cruz Roja de Leila Tschopp de 2006, colocado en frente, la continuidad estilística es tan visible como disruptiva. La única línea que fisura la isotopía –es decir, la identidad de lugar y de tiempo-  es el amarilleado con que los años modularon esas zonas del lienzo que Derbecq quiso dejar sin pintura. Esta mácula hace saltar el pasado como una falla en el suelo histórico de la pintura. Y nos abre una hipótesis para pensar esta muestra. Se trata de la indistinción táctica –nunca acabada- del animal que se mimetiza con su presa para devorarla: es la exposición como un dispositivo de captura.  

El pasado de las vanguardias constituye un repertorio de figuras que las prácticas artísticas contemporáneas toman a su criterio para horadar la superficie del presente. Pero este no fue el modo de uso habitual de las vanguardias “históricas” por parte de los museos. La historia del arte canónica fue un arrullo dormidero cantado sobre el potencial político de las vanguardias. La inclusión de la obra de Derbecq –la única del MACBA exhibida- es el indicio que nos permite pensar una operatoria política en Jitrik y en Tschopp. Contaminar la visualidad de las propias imágenes con aquellas de la vanguardia llamada histórica para evidenciar su captura por parte de los discursos legítimos. Una imagen-malicia que hace un gesto de desmontaje, ya no con las imágenes sino con los discursos disciplinares y su sistema de omisiones. Se trata en cierta forma de reescribir la historia. Desnudar las imágenes que pintaron los muertos pintándolas de vuelta.

En la planta baja se ven coexistencias heterogéneas que pulsan unas sobre otras. Una vitrina pone juntos libros del revolucionario Victor Segre, un ejemplar del periódico Solidaridad obrera, registros y proyectos de obras, memorias de los medios y del arte. Son como cenizas de ese incendio que es todo archivo. También algo del orden del resto ingresa con el acrílico de Tschopp montado en frente: tonos quemados y negros se traslapan en formas opacas que se resisten a la legibilidad. En el primer subsuelo, Caballo de Troya, reinscribe la pintura a través de la escenografía y la sinestesia que sugiere la materialidad industrial. En el segundo, América la explora desde la rostridad y las inscripciones de pasado en los materiales.