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Nota publicada online

lunes 24 de mayo, 2010
Structure. (Estructura), 1966. Wood and paint on canvas. 46.8 x 75.6 x 78 in. Madera y pintura sobre tela. 120 x 194 x 200 cm Courtesy / Cortesía: Galería Ruth Benzacar
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Alejandro Puente
Módulo, sistema y objeto desde una perspectiva latinoamericana
por Pablo Accinelli

Hace ya unos años que la obra del artista argentino Alejandro Puente (Buenos Aires, 1933) está siendo fuertemente revalorada desde diversos sectores del campo de las artes visuales. Fenómeno que, conociéndola brevemente, no es asombroso, ni mucho menos, si hablamos sobre todo de la producción realizada entre los años 60 ́ y 70 ́, que supo sorprender en ese entonces a ciertos pilares norteamericanos como Sol LeWitt y Clement Greenberg, por medio del cual ganó la Beca Guggenheim.

Básicamente, lo que llamó la atención a estas personalidades fue la presencia en la obra de Puente de postulados que ellos mismos estaban desarrollando en Estados Unidos, aunque desde una latitud ubicada mucho más al sur. Pero aquí debemos detenernos. Cuando hablamos de similitudes no se debe entender por copia, ni por la práctica de una tendencia dominante. Y aquí quizás sí aparezca lo llamativo. Puente, quien vivió en Nueva York cuatro años (1967-1971), no parece haber sido influenciado ni plena ni fuertemente por el contexto en lo que refiere a su producción o discurso. La obra que realizó en aquel entonces, por ejemplo, no podría ser nunca ubicada dentro de las teorías del minimalismo que derivaron en el conceptualismo. Según Puente, “las diferencias conceptuales, dadas seguramente por las diferencias culturales entre cada sector de procedencia, no sólo me conflictuaron, sino que además me ayudaron a desarrollar mi discurso personal, de autodefensa, para poder sostener lo que hacía. Compartía algunas cosas de ese lenguaje, la simpleza de las obras, la utilización de un sistema modular, pero, por ejemplo, no compartía uno de los principales enunciados de ellos, que las obras se mandaran a hacer. Mi origen latinoamericano en contraposición al anglosajón, acá se hacía presente mediante lo orgánico y lo sensorial. Desde ahí ya mi camino fue atípico.” denominado arte conceptual estadounidense.

“Empecé a no comenzar desde el objeto mismo, sino a partir de un sistema que mediante la repetición de elementos modulares creara el objeto.” Desde esta plataforma (módulo-sistema-objeto) la obra se centró en el tema del color como lenguaje y como código. El trabajo que mejor ejemplifica esto es Sistema Modular, un módulo en forma de ele que se reparte sobre una amplia mesa blanca generando una secuencia formal. Cada forma está pintada según un sistema, una escala de valores que tiende al blanco. Lo que termina por constituir un sistema de relaciones entre una secuencia formal y una cromática1. A este sistema de relaciones, científico y lúdico, en otras obras, Puente le fue agregando información adicional en hojas explicativas, mapas, frascos, pigmentos como en el caso de Todo Vale mostrada en la ya mencionada exposición Information. Un texto que se puede leer en la obra misma nos sirve para remarcar lo dicho: El color es el único elemento que tiene propiedades gramaticales y sintácticas por sí mismo. En este sentido, podemos hablar del color como un lenguaje y analizarlo o presentarlo de acuerdo a sus propias reglas estructurales.

Puente usó como base otros tantos sistemas referidos al color, de diferentes campos, como por ejemplo uno de los sistemas cromáticos hechos por el compositor ruso Alexander Scriabin, utilizando la percepción sinestésica (percepción de un estímulo por un sentido distinto al excitado) de aquél. De esta manera llegamos a entender también cómo Puente comenzó a desarrollar su producción posterior, que toma como base la cultura prehispánica, dado que uno de los tantos sistemas que usó fue el quipu, un sistema de las culturas andinas de cuerdas anudadas y coloreadas, de diferente extensión, que servía para recordar distintas cantidades.

Como vemos, existe una frecuencia veloz de cambios en la producción, referidos tanto al cómo como al qué de ésta. Lo único que se mantiene intacto es el interés por trabajar el color gramaticalmente (tono-valor-matiz), pero no desarrollando esquemas de finales cerrados en sí mismos, tautológicos, sino más bien todo lo contrario, un tipo de trabajo que hace posible un desarrollo metafórico y sensorial. Este cambio constante nos sirve así de evidencia para decir que en ningún momento Puente se entregó al triunfalismo de una estética o de un modo de producción, sino que continuó firme bajo sus propias inquietudes. “En ningún momento me interesó quedarme como militante de una idea fija. Yo no quería sentir la obligación de otros colegas, del ideologismo político o conceptual. Este cambio constante le fue dando simultáneamente solidez a mi libertad.”

Hoy en día, como dijimos en el comienzo, esta obra como la de otros artistas latinoamericanos (Hélio Oiticica, Lygia Clark, Mathias Goeritz), está siendo revisada por algunos críticos con este nuevo filtro, hecho esta vez en base no sólo a las similitudes que compartían estas obras con las tendencias o discursos dominantes de aquel entonces, sino también bajo el vislumbramiento (y la posterior apreciación) de diferencias que las culturas mismas de procedencia hicieron aparecer en ellas.

1 María Silvia Etcheverry. Alejandro Puente: una particular sintaxis del color. I.U.N.A. 2004.

Perfil:

Alejandro Puente nació en La Plata, Argentina, en 1933. Recibió su principal formación en la cátedra Teoría de la Visión de Héctor Cartier en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. Obtuvo numerosas distinciones como el Premio Nacional Di Tella (1966) y la Beca Guggenheim (1967); fue nombrado Académico de Número en la Academia Nacional de Bellas Artes y recientemente Ciudadano Ilustre de Buenos Aires. Su obra fue expuesta en instituciones de todo el mundo (Bienal de San Pablo, Bienal de La Habana, etc.) y fue adquirida por otras tantas instituciones y colecciones de relieve, como por ejemplo el MoMA, el Museo Reina Sofía, The Blantom Museum y el MALBA. Desde 1980 es representado por la Galería Ruth Benzacar, de Buenos Aires.


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