Migraciones: Mirando al Sur

Arte Centro Cultural Español Miami

La exposición Migraciones: Mirando al Sur Arte, organizada por el Centro Cultural Español de Miami y curada por Rosina Cazali, invirtió la perspectiva del movimiento de las migraciones del continente que involucran multitudes desplazándose hacia el norte, para hacer una suerte de rastreo cultural de esas travesías mirando hacia el sur, a las prácticas artísticas en Centroamérica. El hondureño Adán Vallecillo (y también Emilio Chapela Pérez, que no formó parte de esta muestra) enfrentan el tema de las grandes corporaciones financieras apropiándose de los colores de sus logos para realizar obras que los contie- nen y que expresan formalmente sus efectos sociales. Valdecillo usa el amarillo y el gris de Western Union en lienzos y niveles (también empleados en museografía) y, a partir de la incorporación de formas de medición del equilibrio sugiere su ausencia. La publicidad de alimentos que fue hipnótica para el pop, incorpora iconografías de la degradación. La salvadoreña Dalia Chévez superpone a las imágenes impresas de productos importados, tortillas de maíz (alimento ancestral sagrado) que se van cubriendo de hongos y devorando las páginas. Lucía Madriz (Costa Rica) reconstruye símbolos corporativos con semillas y alimentos básicos. Las estrellas de su instalación sobre una “bandera” organizacional están hechas con plástico transpa- rente relleno de pop corn. Cuando se desploman el maíz procesado se riega en el suelo. Como Cazali advierte hay una metáfora del derrumbe de la fachada de defensa del consumidor y la introducción solapada de transgenéricos, o el efecto de las negociaciones sobre semillas sobre los agricultores que engrosan las filas de los que van hacia el norte. El video de Ernesto Salmerón, Ellos no son pobres, muestra niños gozando los juegos en el río, mientras se superponen textos a la panta- lla como “su cellphone” o “always selecting something that they do/ not have”. La contraposición entre imaginarios del deseo y modos alternos de vida tiende a desarticular la tenta- ción del consumo.

Betsabeé Romero. Proyecto Porterías, 2008 Courtesy/Cortesía Centro Cultural Español.

Los fracasos de la utopía modernista en las ciudades del sur y los obstáculos en la movilidad social dentro de éstas o en las fronteras se abordan también en obras estructuradas a partir de la contradicción. Donna Conlon usa las hormigas cortadoras de hojas típicas de las selvas que están desapareciendo para transportar símbolos de la globalización. La paradoja es a su vez otro signo común: está en los laberintos intransitables cons- truidos con hilos blancos atados a pesas blancas de Ronald Moran (quien ha dado a ese color la capacidad expresiva de las violencias); en los andamiajes no terminados y frágiles como los barrios de invasiones- de Miguel Ángel Madrigal; o en los relojes (o brújulas sin norte) del guatemalteco Angel Poyón donde el tiempo o la orientación se marcan se atan con cuerdas fijas. Otra experiencia que la nicaraguense Patricia Belli reconstruye en su ensamblaje es la del “desmantelamiento de entornos y su vuelta a construir”, en términos de Cazali.

En el Proyecto Porterías de Betsabée Romero, las redes contene- doras, la línea de defensas trazadas con cal, o las huellas de las llantas sobre la tierra aluden a intentos de cruce hacia un “otro lado” que aún si se cruza la frontera es inalcanzable. Mientras el grupo guatemalteco La Torana traza constelaciones de los imaginarios de objetos que empujan a irse, el video de Regina José Galindo reconstruye una de las experiencias del otro lado. La artista rentó una celda tipo familiar semejante a las usadas para confinar familias entelas de ilegales. Durante 24 horas la artista se confinó junto con su bebé y su esposo, repitiendo la experiencia de la cual se lucran las compañías de cárceles pri- vadas subvencionadas por el gobierno norteamericano.

Otra estrategia es el uso de objetos documentales –no importa si son o no ficticios- que reconstruyen historias de vidas de migrantes. En Retrato hablado, Danny Zavaleta reconstruye la vida de un ex integrante de las Fuerzas Armadas del Salvador y, a través de ésta, la historia de una guerra que multiplicó el número de exiliados. En suma hay un resurgir del arte político, que a diferencia de los setenta, se está construyendo como un espacio de observación de la realidad que abre intersticios en ésta a través de un modo de “contarla”.