Néstor Gutiérrez y Bernardo Montoya

Galería PD, Bogotá

Néstor Gutiérrez y Bernardo Montoya expusieron en la Galería PD, del señorial barrio de La Magdalena, de Bogotá, dirigida por Luisa Posada. La muestra constó de dos propuestas disímiles, pero relacionadas en un interés soterrado por la pintura. El sueño del Oso, de Gutiérrez, plantea un juego sobre la pintura y la no pintura, convirtiendo el equívoco planteamiento del no retorno a la pintura, de su anunciada y nunca cumplida muerte, en comentarios acerca de la misma desarrollados con instalaciones que enfrentan al espectador a juegos que combinan la pintura abstracta y la instalación, con títulos extraños y humorísticos como El Sueño del Oso.

Néstor Gutiérrez y Bernardo Montoya

En esta obra hay una pintura recostada, y en el piso sobre un tapete, un pequeño oso de plástico que encarna la presencia del observador. En Asunción, la pintura es destripada contra la pared por donde escurre el pigmento, y en Menta, la pintura sobre cartón se desarrolla en una solución espacial laberíntica con pinturas abstractas en pequeñas láminas de zinc colocadas contra los marcos de las puertas denominadas aleatoriamente Pingüino, Gallina, Avestruz y Compañía, y una escalera de aluminio que nos comunica con estas. En la instalación Robinson Crusoe, diseminados como vestigios náufragos del quehacer de la pintura sobre papel periódico, están un pote de vinilo con un asta de cuya punta se amarra una bayetilla roja, rastros de pigmentos, tapas, y otros elementos residuales.

Con el Campamento M, Montoya nos propone otro comentario acerca de la pintura. Por un lado, presenta cajas de madera y vidrio con vestigios de pinturas, luz incorporada, cables e interruptores, denominadas Pinturas Luz. En otra obra de arte-objeto, Pintura-Pintura muestra una especie de rocas hechas con pintura. Los materiales son restos recuperados de una fábrica de pintura de muebles, y funcionan como una suerte de fósiles intervenidos y ubicados en el espacio por el artista para realzar su condición pictórica, mostrando el proceso de construcción de capas sobre capas de pintura. En la instalación propiamente titulada El campamento, el artista traslada a la galería plantas sembradas en precarias materas de lata, su mesa de trabajo, una especie de mesa-atanor con un pequeño bombillo encima de un vaso con desperdicios del taller, rodeada con plantas que crecen agrestes en el piso del estudio. La instalación funciona como objeto develado mediante la luz-bombillo como la presencia de un acontecimiento perenne, de un acto que se nos presenta desnudo ante nuestros ojos, sin misterios, iluminado.