NFT ¿EL FUTURO DEL ARTE?

En febrero de 2021, la casa de subastas Christie’s vendió una obra digital de Mike Winkemann, conocido popularmente como Beeple, en la suma de 69,3 millones de dólares, convirtiendo al casi desconocido autor en el tercer artista vivo más cotizado del mundo, después de David Hockney y Jeff Koons. La noticia estremeció a la escena artística. No sólo por el exorbitante monto conseguido por Everydays: The First 5000 Days (2021) – la obra en cuestión – sino, principalmente, por su naturaleza inmaterial y por las implicancias del acontecimiento en una posible reconfiguración del sistema del arte y de algunos de sus valores más establecidos.

abril 20, 2021
NFT ¿EL FUTURO DEL ARTE?

Digital e inmaterial

            La obra está compuesta por un conjunto de imágenes que el artista fue creando a lo largo de 13 años y subiendo a su cuenta de Instagram. Estas imágenes fueron compartidas gratuitamente y continúan estando disponibles en la aplicación. Lo que el comprador adquirió fue un NFT (Non Fungible Token), un instrumento digital que le asegura ser el único poseedor de la obra “original” aunque ésta pueda estar reproducida indefinidamente en las redes o fuera de ellas. El principal objetivo de este instrumento es crear una “escasez artificial”, es decir, transformar en único o limitado algo que en esencia podría replicarse sin cesar.

            Los NFT están hospedados en el sistema Blockchain, la inmensa base de datos global y descentralizada que da soporte al mercado de las criptomonedas; de ahí que a las producciones artísticas sustentadas en ese sistema se las denomine criptoarte. Como sucede con los bitcoins y los ethereums, los NFT no tienen una base material. Ningún coleccionista poseedor de una obra de criptoarte podrá ostentarla en las paredes de su casa, en su oficina o en un museo privado. Como los multimillonarios en bitcoins, a lo sumo podrá pregonar lo valioso de su posesión o albergarla en una aplicación de su celular, aunque ya comienzan a aparecer los primeros museos de criptoarte en Internet.

            Esta inmaterialidad radical hubiera dejado perplejos a los fundadores del conceptualismo, quienes en la década de 1960 produjeron obras no objetuales con el fin de rehuir a la mercantilización del arte. Sin embargo, lo más curioso aquí es que los NFT son básicamente artefactos de mercado. Su valor no es estético, creativo u artístico sino económico, si bien, paradójicamente, se basa en una regla tradicional del mercado del arte: un NFT vale lo que se esté dispuesto a pagar por él.

 

El placer de no poseer nada

            La subasta de Everydays… comenzó con una base de 100 dólares y duró diez días. Según informa Christie’s, el 64% de los pujadores fueron Millennials o integrantes de la Generación Z, es decir, personas menores de 40 años. El comprador final, conocido con el pseudónimo de Metakovan, es un emprendedor indio de 32 años fundador de Metapurse, un fondo de inversión orientado al financiamiento y la producción de criptoarte.

            Las edades no son un dato accesorio, ya que el criptoarte – como las criptomonedas – es abrazado principalmente por los nativos digitales. Para otras generaciones es más difícil aceptar la existencia de producciones estéticas desprovistas de toda objetualidad. La inmaterialidad es una suerte de acto de fe para los amantes de los NFT, y para demostrarlo, el grupo de financistas Injective Protocol compró la obra de Banksy, Morons [White] (2006), en U$ 95.000, y la incineró para transformarla en un token. El video que registra la acción, subido a YouTube, incluye un manifiesto que anima a los artistas a abandonar la producción de obras físicas.

            En el mercado de NFT la ausencia de materialidad se suple con una activa participación en las redes sociales: las ofertas, compras y ventas se anuncian en plataformas como Twitter, Discord y Clubhouse, donde existen grandes comunidades dedicadas a las transacciones virtuales. Existen, además, numerosos sitios donde los artistas ofrecen sus obras directamente al mejor postor, como Nifty Gateways, SuperRare, Zora o Artblocks, y su número crece de manera constante. Esto descansa en otra particularidad de los NFT: en su diseño, que es básicamente contractual, los artistas pueden establecer requisitos y condiciones, como por ejemplo, la obtención de una comisión cada vez que su trabajo es revendido. De esta manera, obtienen una renta que en general no se les reconoce en la reventa de las obras materiales.

            Según estudios de mercado, el criptoarte pasó de operar U$ 41.000.000 en 2018 a U$ 338.000.000 en 2020. Este dato señala que el mercado de NFT no es nuevo, aunque tampoco posee una historia tan extensa. El primer NFT se vendió en 2017. Teniendo en cuenta el enorme aumento del caudal de ventas no resulta extraño que una empresa como Christie’s se haya fijado en estas producciones en menos de cuatro años. También el polémico Damien Hirst ya anunció el lanzamiento de un proyecto que combina pinturas y NFT – The Currency Project – con el cual seguramente espera ganar mucho dinero.

            Sin embargo, la intromisión de Chritie’s ha sido muy criticada en el mundo cripto. Porque si algo defiende este espacio es la independencia de regulaciones y legitimidades corporativas. La aparición de este gigante del mercado, y la atracción que produjo en grandes galerías comerciales y artistas consagrados, se ha tomado como una afrenta para un circuito que es en cierto modo anarquista y defiende valores como la descentralización y el anonimato.

¿Un nuevo paradigma?

            Evidentemente, el boom de los NFT es ante todo un fenómeno de mercado. No obstante, no habría que desestimar tan rápido sus efectos, tanto reales como potenciales, sobre el ecosistema del arte. Habitamos un tiempo en el cual las tecnologías van desplazando al mundo material en la mayoría de los ámbitos de la vida social, desde la educación al entretenimiento, del trabajo a la economía y la información. No es extraño que en este contexto el arte experimente una migración hacia la virtualidad y los soportes informáticos.

            De hecho, esa migración ya se viene produciendo desde hace bastante tiempo en el nivel de la creación artística: el videoarte, las instalaciones interactivas y hasta la robótica o la inteligencia artificial son más o menos comunes en ciertos escenarios institucionales. Pero quizás uno de los interrogantes que todavía no nos hemos planteado en profundidad es qué está pasando con el público. Los nativos digitales no tienen la misma relación con el mundo físico que quienes forjamos nuestra percepción en el siglo pasado. La experiencia de recogimiento frente a la obra de arte, que subsistió con mucho esfuerzo a los embates de las vanguardias, no se condice con la velocidad, instantaneidad y simultaneidad de las redes de comunicación actuales. Para las generaciones más jóvenes la experiencia estética parecería no estar completa sin su transmisión a través de las redes sociales o su captura en una selfie. Esto ya no es tan solo un comportamiento promovido por los aparatos electrónicos sino un modo genuino de disfrutar y experimentar.

            Tal vez lo más perturbador de los NFT no sean sus cotizaciones sino su total indiferencia por el mundo material, las sensibilidades y las experiencias que conocíamos. Su aparición pone a prueba los parámetros estéticos establecidos y nos invita a repensar, una vez más, las legalidades y los límites del arte.

 

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