ÉL Y YO: SOBRE EL AMOR ROMÁNTICO Y LOS DESEOS INCONSCIENTES DE NICOLÁS SAID Y CERVIO MARTINI
En una pared del centro de Buenos Aires, un ínfimo mensaje salido de una galleta de la fortuna le dice al espectador: «Hoy es un día propicio para enamorarte, mira atentamente a tu alrededor». Debajo del texto hay un huevo con sombrero de mago, junto a una espiral insecticida encendida y sobre todo esto una palabra: Yo.
La obra descrita forma parte de la serie Querida emanación mía, yo te protegeré, del artista argentino Cervio Martini, presentada en la exposición El triunfo de un corazón que lo da todo, en La Mala Galería. Se trata de un soliloquio de sentimientos desbordados que se materializan en pequeños escenarios instalativos. Un mismo formato escultórico —ensamblaje de madera y objetos cubiertos por un toldo iluminado— unifica las piezas, en las que huevos con sombrero protagonizan escenas encabezadas por aforismos tan poéticos como desopilantes que dan título a las obras.
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Vista de El Triunfo de un Corazón que lo da todo, primera exhibición individual de Cervio Martini en La Mala Galería, donde presenta la serie de obras “Querida emanación mía, yo te protegeré” (Agosto–Octubre, 2026). Fotografías: Félix Niikado
A través de estas frases, el artista expone las entrañas de su sentir en cada uno de los altares con posturas: Yo todo abierto y vos con planes macabros, Lo que para mí es doloroso para vos es material de burla, Pija psicóloga, Parafernalia podrida, entre algunas otras líneas. Mientras, en cada uno de los huevos reposan contenidos, depositados desde el afuera, los vestigios líquidos de su propio deseo; una muestra de la emanación consumada de la pasión de Martini. Sin embargo, el título que evidencia el carácter autorreferencial y biográfico de la obra Yo es apenas una parte del conjunto de sus desventuras y derrotas amorosas. Es el testimonio de alguien dispuesto a entregarse en una ciudad donde los sentimientos no son necesariamente lo más valioso que se puede ofrecer a otro, en un contexto en el que los sistemas de poder, tanto locales como globales, insisten en restringir y exterminar las posibilidades del amor libre. Así, escenas de ternura, fetiches y tristeza dibujan (¿o esculpen?) los paisajes emocionales de un artista romántico, movilizado por las francas pulsiones de un ser contemporáneo, consciente de la tiniebla de su propio tiempo.
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Nicolás Said: Hueco (2026). Lápiz sobre madera estucada. 39 x 39 x 13 cm. Fotografía: Sol Stein. Cortesía: Constitución Galería
En una correspondencia posible, solo a unos kilómetros de distancia, otro artista argentino expone la visceralidad de sus pensamientos a través del dibujo volumétrico y la autorrepresentación. En la Galería Constitución, Nicolás Said presenta ÉL: un viaje por la psique de un creador y su fijación por el medio artístico que desarrolla como oficio, pero también como metodología de análisis personal. No en vano el título de la muestra separa al autor de su representación (es decir, es un él y no un yo; es un otro y no un sí mismo).
En su esfuerzo por encontrar perspectivas externas desde las cuales observarse, los dibujos en grafito sobre madera y estuco de Nicolás adquieren corporeidad en planos que definen volúmenes precisos, casi arquitectónicos. Los entramados y andamiajes del pensamiento dan forma a representaciones miméticas aunque caricaturizadas de la existencia del artista. Esta operación le permite acceder a perfiles y vistas que la bidimensionalidad tradicional de la superficie no le ofrecería: la parte superior de su cabeza, el lado izquierdo de su cara o el reverso de su rostro. Entonces aparece el lápiz, herramienta y material fundamental de su trabajo, pero también símbolo central que atraviesa, penetra y flanquea, en la mayoría de los casos, su cuerpo autorretratado.
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Vista de ÉL, segunda exhibición individual de Nicolás Said en Constitución (Agosto–Octubre, 2026). Fotografías: Sol Stein. Cortesía: Constitución Galería
A partir de estos elementos, Said construye un imaginario propio en el que cada símbolo adquiere un significado particular. Un repertorio que se organiza mediante repeticiones y apariciones que, junto al lápiz y al retrato, componen escenarios fantásticos y surreales poblados de huevos, aves, casas, capas y caras. Estas imágenes dibujan —y me pregunto de nuevo: ¿o esculpen?— los paisajes interiores del artista, así como sus preocupaciones y frustraciones, tanto en su práctica como en su experiencia en un contexto opresivo que se expande diariamente. Dolor, extrañeza y placer se entrecruzan en un universo de visualidades punzantes y ornamentales, cuyas estructuras parecen reproducir las operaciones de una mente que intenta descifrar o, al menos, plasmar sus propios mecanismos. Se trata de una construcción compleja e hiperdetallada, en la que psicoanálisis y sexualidad se entrelazan para explorar los deseos, placeres, miedos y terrores que atraviesan la experiencia del artista.
En ambas exposiciones, la de Constitución y la de La Mala, nos encontramos ante obras que parecen condensar la experiencia de quienes les dan forma: ejercicios de autorreflexión construidos a partir de sentimientos, hambres, necesidades y tensiones. Son dos artistas románticos, pero realistas; eróticos, pero crudos; complejos, pero directos, que convierten sus vivencias en materia de exploración plástica. Sujetos que privilegian la interioridad, la imaginación, la experiencia y la tensión entre el individuo y el mundo en el que sus vidas se desarrollan.
Pero, ¿cómo se autorrepresenta el artista cuando el deseo, el cuerpo y la relación con la otredad desbordan la imagen que se puede construir de sí mismo? Si bien es muy obvio determinar en todas las características que se diferencian las obras, parece ser más interesante pensar en las posibilidades que las acercan, entre el objetivado ÉL de Nicolás Said y el subjetivo YO de Cervio Martini.
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Cervio Martini: Me toco el culo, me huelo la mano, es vos (2026). Madera, metal, cáscara de huevo, semen, papel, aceite de girasol, circuito eléctrico, portalámparas, lamparita, pintura acrílica, otros. 37x25x11cm. Fotografía: Félix Niikado. Cortesía: La Mala Galería
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Nicolás Said: Reloj (2026). Lápiz sobre madera estucada. 39 x 39 x 13 cm. Fotografía: Sol Stein. Cortesía: Constitución Galería
De esta manera, mientras una de las piezas de Martini proclama «Me toco el culo, me huelo la mano, es vos» —poesía absoluta en tiempos de reacciones efímeras y emoticones de fuego—, en Reloj, de Said, la mano del protagonista cubre su cara y toca su nariz. A su alrededor, doce posiciones, a modo de un kamasutra personal, dan forma al círculo que mide el tiempo. Lápices y huevos, miembros y contenedores, ansiedades y tristezas: el dibujo adquiere cuerpo y el ensamblaje se convierte en una forma de escritura autobiográfica. ¿No estamos ante una correspondencia accidental entre dos testimonios sensibles, dos experiencias tan románticas como masoquistas de lo que implica relacionarse con otros, del peso del tiempo sobre los cuerpos y de la finitud existencial? ¿No comparten estos artistas fijaciones, motivos y símbolos, medios y posiciones que permiten pensarlos como los últimos románticos de Buenos Aires? (Ahre) Aun así, entre todas las similitudes posibles, me interesa más preguntarnos qué buscan descubrir las imágenes objetuales o los objetos imaginales de Nicolás y Cervio.
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Cervio Martini: The Winner Takes it All (2026). Madera, metal, cáscara de huevo, semen, papel, aceite de girasol, circuito eléctrico, portalámparas, lamparita, pintura acrílica, otros. 37x25x11cm. Fotografía: Félix Niikado. Cortesía: La Mala Galería
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Nicolás Said: Mímica (2026). Lápiz sobre madera estucada. 40.5 x 36 x 13 cm. Fotografía: Sol Stein. Cortesía: Constitución Galería
Para el filósofo Pascal Quignard, “no hay imagen que nos afecte que no recuerde los gestos que nos hicieron”, o en otras palabras: todas las imágenes que nos afectan nos recuerdan nuestro origen. Y esa precisa escena, la de nuestra fecundación, no existe en nosotros y probablemente en nadie. El hombre es, para Quignard, el animal al que le falta una imagen. ¿Es esta ausencia el detonante de las obsesiones y frustraciones de tantos artistas de buscar la imagen originaria, de explorar en escenas de amor y sexo intentando encontrar respuestas a preguntas que nunca se hicieron, de dudas heredadas, de estructuras impuestas y de dinámicas restrictivas?
Sabemos que, según la teoría freudiana, la sexualidad no comienza con el encuentro entre dos cuerpos: sus raíces se hunden en la infancia y participan en la formación de la vida psíquica. Así, el deseo, lejos de ser una voluntad transparente para el sujeto, se organiza entre pulsiones, fantasías y conflictos inconscientes que condicionan tanto la imagen que construimos de nosotros mismos como las formas en que nos vinculamos con los otros. Estamos atravesados por la sexualidad desde los espacios más íntimos hasta las relaciones sociales más públicas. Esto nos condiciona (a nosotros, los espectadores, y en el caso de los dos artistas) a identificar las metáforas visuales en un lápiz que es instrumento de trabajo pero también un falo anhelado, de ver en una postura de gallina un alimento que sacia pero que también son los testes de los que queremos extraer su contenido, probarlo y tragarlo.
No obstante, más allá de toda visión subliminal, en las obras de Said y de Martini, un deseo humano y profundamente contemporáneo aparece en común: la necesidad de ser protegidos. Puede ser ante la hostilidad de un mundo exterior que gira hacia la derecha, de la ausencia de responsabilidad afectiva en las relaciones interpersonales, de los miedos de envejecer solo, de no alcanzar el éxito profesional o de no encontrar el amor. Ante todo esto, sería irresponsable afirmar que hoy es un día propicio para enamorarse en Buenos Aires, pero definitivamente —parafraseamos a ABBA— quien no arriesga, no gana.

