LA PANAMEÑA DE 84 AÑOS QUE FUE HOMENAJEADA POR LA FOTOGRAFÍA ARGENTINA
En la 22.ª edición de Pinta BAphoto, la artista homenaje fue Sandra Eleta, una de las fotógrafas fundamentales de América Latina
Sandra Eleta (Panamá, 1942) es una fotógrafa reconocida por reivindicar la mirada artística hacia la cotidianidad en los pueblos de origen afrocolonial e indígena de la zona atlántica de la República de Panamá. Pinta BAphoto, la feria de fotografía que ocupó hasta el pasado domingo el Pabellón 8 de La Rural (Buenos Aires), le dedicó la sección Artista Homenaje. Con curaduría de Irene Gelfman, curadora global de Pinta, el reconocimiento se tituló Proceso Brujo y presentó obras de su serie más famosa, Portobelo, retratos en blanco y negro realizados entre 1977 y 1980. El proyecto consiste en un ensayo fotográfico y antropológico sobre la vida en la ciudad puerto, lugar bautizado Puerto Bello por Cristóbal Colón en 1502, uno de los puntos principales de salida de la Flota de Indias y de exportación de plata y oro provenientes de Sudamérica, atacado por piratas, y donde se formaron los primeros palenques: comunidades de esclavos que huyeron a la selva y fundaron las suyas.
Sandra Eleta nació en una familia adinerada pero era la “oveja negra”, según cuenta Carolina Hausmann, directora de Casa Santa Ana (Panamá). Conoció Portobelo por primera vez a los 5 años, cuando su padre la llevó a visitar a un hombre oriundo de las Antillas francesas que se llamaba D’Orcy, “un negro altísimo con una barba blanca” en palabras de Eleta, quien había salvado la vida de su abuelo en el mar. Mucho tiempo después, una vez terminados sus estudios de fotografía en Nueva York, decidió volver al pueblo y visitar a D’Orcy. Fue entonces cuando se enteró de que el hombre había muerto y decidió instalarse en su casa, que según los vecinos aún conservaba el espíritu del muerto. Ya instalada, su primer contacto fue con los niños de la ciudad puerto, “ellos fueron los que me condujeron al laberinto de este pueblo mágico”, dice la artista, y la gente empezó a apodarla cariñosamente La Bruja. A mediados de los 70, una mujer llamada Josefa la invita a tomar fotos de una cura de mal de ojo, y es allí donde la artista encuentra su visión fotográfica.
“Fotografiar Portobelo no ha sido ficción, fue descubrir lo fantástico dentro de lo real”, dijo en conversación con Arte al Día y Pinta. No exotizó a las personas que retrató, sino que les puso nombre y apellido. Mostró sus tradiciones teatrales y satíricas, sus máscaras y costumbres poco conocidas. Hizo retratos intensos. Los ojos de los protagonistas, que cargan chanchos, peces, pulpos y cruces, miran a cámara; son ellos los que disparan y no la máquina. “Yo siempre he buscado las miradas como eje de mi fotografía”, dice Eleta. “Para mí lo importante es la honestidad de la visión”, agrega: “puedes estar fotografiando una guerra o una nube fugaz, pero implica un compromiso con tu ser”. La fotógrafa dio imagen a lo que se convirtió en su hogar y mostró al mundo apenas una ventana de la cultura de Portobelo.
Que la feria argentina la haya homenajeado nos deja algunos mensajes. El primero: Pinta funciona como plataforma de conexiones. En palabras de Hausmann, “Pinta ha creado una estructura regional, que permite muchísimas conexiones. Su estructura de ferias y artweeks, y la gente maravillosa que la mueve, permite generosamente la circulación de grandiosos artistas”. El segundo: la plataforma busca amplificar las voces latinoamericanas, en este caso la de una panameña de 84 años. El último: al exhibir Portobelo, Pinta pone en primer plano una historia de palenques, resistencia y cultura afro, y se alinea así con su búsqueda de dar visibilidad a una práctica ajena a los discursos hegemónicos y ligada a narrativas y memorias situadas, históricamente periféricas.

