LEANDRO ERLICH

Grand Palais, París

julio 16, 2026
Patricia Avena Navarro
Por Patricia Avena Navarro
LEANDRO ERLICH
© Daniel AVENA

Las obras de Leandro Erlich toman por asalto las galerías del Grand Palais en lo que representa su primera gran exhibición monográfica en la capital francesa. Esta propuesta se convierte en una oportunidad excepcional para adentrarse en un conjunto amplio y representativo de su trayectoria, el cual se ve potenciado por la incorporación de piezas de reciente creación. A través de este recorrido, se invita a los asistentes a romper con la monotonía diaria y adentrarse en un entorno donde los elementos más comunes de la arquitectura urbana, como portales, scensores, escaleras o fachadas, se transforman de manera sutil pero contundente. Aquí, el juego visual no busca el engaño directo, sino funcionar como un catalizador para el conocimiento, situando al espectador como el verdadero motor de la experiencia al obligarlo a dudar de sus propios sentidos y convicciones.

 

Erlich (Buenos Aires, 1973) ha ganado reconocimiento internacional gracias a sus colosales instalaciones inmersivas que transforman al público en un actor activo de la obra. Sus piezas dejan de ser objetos de mera contemplación para convertirse en espacios transitables, vivenciales y cuestionables que mezclan el ingenio, la emotividad y el juego. En su propuesta conviven edificios que se escalan de forma virtual, casas suspendidas en el vacío, elevadores que no se dirigen a ningún piso, escaleras mecánicas enredadas de forma caótica y filmaciones que quiebran la normalidad. Todos estos componentes logran recontextualizar la rutina en un marco insólito donde nada es lo que aparenta y donde se desvanecen por completo las nociones tradicionales de espacio y realidad.

Con tres décadas de producción a sus espaldas enfocada en proyectos de escala arquitectónica que envuelven al visitante, la efectividad del trabajo de Erlich se fundamenta en el vínculo directo con el público. Más que presentar imágenes pasivas, diseña entornos de experimentación donde el individuo se descubre interpelado y motivado a analizar su entorno, ya que al artista le interesa la arquitectura no por su utilidad práctica, sino por las sensaciones e interacciones que es capaz de detonar.

 

La muestra se despliega por el Grand Palais siguiendo una secuencia gradual que simula un tránsito entre la realidad y la mente del artista. El acceso sumerge al espectador en una penumbra total que funciona como un umbral hacia el territorio de los sueños. En este entorno suspendido cobran vida las embarcaciones de Port of Reflections, las estructuras nubosas de The Cloud y las perspectivas indiscretas de The View, piezas diseñadas para distorsionar la percepción del espacio y generar una especie de vértigo silencioso que obliga a dudar de lo visible.

 

Desde la primera sala, el autor nos invita a adentrarnos en la instalación ambiental Port of Reflections (2014), donde se camina a un costado de un canal de agua oscura en medio de la penumbra, viendo flotar botes llenos de color. No obstante, al agudizar la observación, se descubre que el agua es inexistente y que el reflejo de las embarcaciones es en realidad una estructura sólida esculpida y multiplicada mediante un sistema de espejos. Esta pérdida de coordenadas espaciales es una constante en su producción, un juego visual que genera ilusiones perceptivas. Del mismo modo, en The Cloud (2018), para capturar lo intangible, encapsula formaciones nubosas en imponentes vitrinas que recuerdan a los antiguos gabinetes de curiosidades de épocas pasadas.

Más adelante, una estructura tan convencional como una escalera se convierte, bajo la óptica del artista, en el reflejo de un edificio lleno de dinamismo y sonidos cotidianos en la pieza Cage d’escalier (2026). Al avanzar junto a buzones repletos de correspondencia y accesos vecinales, se genera una ilusión de corte cinematográfico que evidencia la capacidad de Erlich para convertir un pasaje ordinario en un detonante de la imaginación. Por su parte, Bâtiment (2004), su creación más célebre, nos propone a los asistentes recostarnos sobre la réplica de una fachada colocada en el suelo para vernos reflejados en un espejo de colosales dimensiones, simulando de manera delirante estar colgados de un balcón o una cornisa.

 

A pesar de que el sentido del juego está muy arraigado y provoca una respuesta entusiasta y participativa en el público, la propuesta artística de Erlich también aborda dimensiones de gran seriedad. La pieza Window and Ladder – Too Late for Help (2008), que muestra un fragmento de un inmueble destrozado suspendido por una escalera sobre el suelo; fue concebida tras el paso del huracán Katrina en 2005 como un cuestionamiento hacia los monumentos conmemorativos que resultan incapaces de resarcir los daños reales de una catástrofe.

 

Las catorce obras reunidas en el recinto demuestran que, al quebrar las formas de percepción habituales, los objetos y escenas cotidianas adquieren un significado imprevisto dentro del museo, haciendo que la rutina conviva con el desconcierto para replantear el sentido de lo real.

 

En el nivel superior se abre la sección Documentation Room: de l’imagination à la réalisation, planteada como una revisión documental del desarrollo creativo del artista entre 1994 y 2026 a través de más de cuarenta proyectos. Este espacio recopila sus principales intervenciones urbanas del pasado y ofrece indicios de sus planes a futuro, funcionando como una pausa pedagógica para entender la coherencia de su investigación entre la ilusión y la cotidianidad. Aquí también se incluye el registro fotográfico de Turismo, un proyecto del año 2000 en colaboración con Judi Werthein para la Bienal de La Habana. El montaje, tan absurdo como revelador, consistía en un set fotográfico que simulaba una estación invernal de esquí en pleno Caribe, permitiendo a los habitantes retratarse con trineos y nieve artificial como si estuvieran en unas vacaciones alpinas.

La exhibición prosigue con instalaciones que incrementan la desorientación espacial y multiplican las perspectivas, como ocurre en Elevator Maze (2011), un laberinto de ascensores abiertos donde el público descubre que muchos de los supuestos espejos interiores son en realidad aperturas vacías que conectan con los cubículos contiguos. Al final de esta galería, los visitantes tienen la oportunidad de descubrir las pinturas al óleo de la serie Proximamente, que representan algunas de las instalaciones más conocidas de Erlich, reinterpretadas y que evocan escenas de películas clásicas. A continuación, se ubican las emblemáticas Window and Ladder -Too Late For Help, Infinite Staircase y Elevator Pitch (2011), esta última compuesta por portales de ascensor integrados de forma anónima en los muros que se abren de golpe con un sonido rítmico, desvelando escenarios fantásticos y mutables que rompen la linealidad del recorrido y evocan las atmósferas literarias de Jorge Luis Borges.

 

La última sección concentra las propuestas de mayor interacción física, donde la experiencia se vuelve totalmente inmersiva. El espectador puede entrar fisicamente en la obra, habitar el universo del artista, del que emerge aturdido. En Changing Rooms (2008), accedemos a unos vestidores elegantes recubiertos de espejos en tres de sus costados; sin embargo, en lugar de reflejar nuestra imagen, los límites se extienden al infinito revelando que las cabinas están conectadas entre sí, propiciando incluso encuentros inesperados con extraños dentro del laberinto visual. La confusión y el miedo a perderse dan paso a la fascinación del encuentro.

 

La muestra concluye con la monumental instalación Bâtiment (2004), creada originalmente para la Nuit Blanche de París y adaptada desde entonces a diversas arquitecturas del mundo. Su dinámica se mantiene intacta: una fachada dispuesta en el suelo horizontal es reflejada por un espejo inclinado a 45 grados, permitiendo a los visitantes jugar con los ornamentos arquitectónicos mientras su reflejo vertical simula una pérdida total de la gravedad.

 

Las creaciones de Erlich, expuestas en instituciones internacionales, muestran capas de interpretación que se ven potenciadas por la interactividad y su enorme viralización en el entorno digital. Así, su propuesta rompe los muros físicos del museo para trasladarse al espacio público, convirtiéndose en imágenes representativas de las fragilidades de nuestra época y propiciando un debate en torno a la volatilidad de la realidad, el aislamiento y la forma en que nos proyectamos ante los demás.

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