NOTAS SOBRE GABRIEL VALANSI EN DOT FIFTYONE GALLERY DE MIAMI
El futurista Vernor Vinge predijo que en 2030 llegaríamos a un momento de “Singularidad tecnológica”. El desarrollo en tal sentido sería tan complejo que se requerirá de una nueva tecnología que prescinda del hombre para manipularla, y al éste no poder controlarla ocurrirá una catástrofe. El artista argentino Gabriel Valansi venía trabajando el concepto de ciudades imposibles construidas a partir de detritus tecnológicos. Al percatarse que nos acercamos a esa fecha, adelanta lo que para entonces ocurrirá: la explosión y hundimiento de un continente por esa causa. El antiguo mito platónico de la civilización que se hundió en el Atlántico, la Atlantis sumergida, retomada en el siglo XVIII para explicar cómo una civilización avanzada se autodestruyó por su desarrollo fuera de control, resurge ahora ante la proximidad de ese augurado futuro distópico.
Con una reputada trayectoria en la fotografía, ganada por sus investigaciones acerca de cómo la memoria visual está entrelazada con la degradación de la información, Valansi nos propone la visión de un suceso por venir —que, según los relatos, ya había ocurrido en el pasado— mediante el aprovechamiento de los errores que cometen las máquinas impresoras 3D, o de violentar la linealidad de su proceso. Aunque su mirada había estado marcada por su práctica fotográfica, varios años atrás se percató que ciertas ideas no podía materializarlas en foto directa y tendría que incursionar en otras expresiones. De esa concusión surge Babel, gran ciudad construida a partir de 3.600 motherboards en desuso, cuyo despliegue en piso le reforzó esa apariencia. Valansi imaginó que con el paso del tiempo quedaría sepultada y cuando un arqueólogo en el futuro la descubriera, podría reconstruir su antigua vida a partir de la memoria archivada en esas piezas electrónicas, devenidas basura tecnológica, que la armaron. La mezcla de lenguas e información que contenían le conminó a darle por título el nombre homónimo de la torre bíblica.
De esta obra surgen sus interrogantes acerca de por qué la tecnología tiene la forma que tiene y por qué algunos de sus objetos poseen formas siniestras. Desde inicios de su trayectoria Valansi había mostrado preocupación por las guerras y la tendencia autodestructiva del hombre y cómo esos hechos de violencia extrema, en que no participamos, integran nuestra memoria visual en imágenes que comportan la erosión de su transferencia de un soporte a otro, digamos del analógico a la tecnología digital, la superposición de texturas de sus copias o de su tratamiento en los medios masivos. De ahí que sus inquietudes acerca de en qué medida la información está condicionada por la degradación del registro fotográfico de los acontecimientos, o sea las imágenes en sí, lo lleven a centrarse en la tecnología. Su rol en la marcha del presente, en la reconstrucción del pasado y su predominio amenazante en el futuro a raíz de la autonomía con que actúan sus últimos inventos, explica por qué la tecnología es hoy el eje de su obra. El carácter admonitorio sobre el porvenir de su reciente producción está justificado.
Atlantis rompe con el formato de instalación de Babel: recupera la fotografía y acude a otras disciplinas para la resolución formal de sus piezas. Sin embargo, las cuatro esculturas —los globos de nieve— y las seis fotografías de este proyecto, exhibido en la Dot Fiftyone Gallery de Miami entre el septiembre 27 y el 20 de noviembre de 2025, son también restos de esas arquitecturas (imposibles) que, en este caso, yacen en el fondo del océano. Estructuras distorsionadas e información que no existe, un suceso fabricado a partir de las fallas de la tecnología 3D, y del manejo de la textura, encuadre y luz de su registro fotográfico en un simulado lecho marino. La sensación inmersiva, afín al escenario que focalizan las piezas, facilitada por la música electrónica de la banda sonora de un video, y la tenue luz de las salas, avivan en el espectador la inquietud que genera la visión de este continente hundido. Una muestra que nos convida a reflexionar sobre las consecuencias del desarrollo tecnológico descontrolado y en qué medida las imágenes (de esa naturaleza) trabajan la percepción y pueden falsear la realidad.

