EXHIBICIÓN SOBRE LA FRAGILIDAD COMO CONDICIÓN COMÚN EN EL PALACIO LIBERTAD

Yo, frágil reúne obras de ocho artistas —entre ellos Nicolás Bacal, Marcela Cabutti y Silvia Rivas— que piensan la interdependencia a través de instalaciones, esculturas, videos y pinturas. Hasta el 14 de septiembre en Sarmiento 151, CABA.

septiembre 02, 2026
EXHIBICIÓN SOBRE LA FRAGILIDAD COMO CONDICIÓN COMÚN EN EL PALACIO LIBERTAD
Matilde Marín. La Tierra Prometida. Papel y fuego, 1997. Crédito: Palacio Libertad. Foto: Federico Kaplún

El Palacio Libertad de Buenos Aires presenta Yo, frágil, una exposición de arte contemporáneo que propone un recorrido sensible sobre el concepto de la fragilidad y las formas contemporáneas de habitar el mundo. Curada por Sol Santich y Viviana Zargon, la muestra reúne las obras de ocho artistas: Nicolás Bacal, Marcela Cabutti, Soledad Dahbar, Matilde Marín, Nicolás Oks, Silvia Rivas, Ángel Salazar y Juan Sorrentino. La exhibición permanecerá abierta hasta el 14 de septiembre.

 

Yo, frágil, propone una reflexión sobre las tensiones del presente a partir de instalaciones, esculturas, videos y pinturas que articulan diferentes temporalidades y materialidades. La muestra aborda la fragilidad como una condición común a todas las formas de existencia —humanas y más-que-humanas— y plantea al arte como un espacio abierto de preguntas y percepción sensible.

Las obras reunidas en esta exhibición constituyen una constelación de materialidades, sonidos, superficies, luces, huellas y presencias. Cada pieza se prolonga más allá de sus propios límites para entrar en contacto con otras, sugiriendo que aquello que vemos es apenas un fragmento de una red mucho más extensa. La fragilidad aparece entonces como una condición relacional: algo que se revela cuando comprendemos que ninguna existencia es completamente autónoma.

 

En ese sentido, la exposición nos invita a pensar la fragilidad no como una condición exclusivamente humana, ni como sinónimo de debilidad, sino como una experiencia compartida con otras formas de vida. Somos frágiles porque estamos vinculados. Dependemos de aquello que nos rodea y, al mismo tiempo, nuestras acciones transforman los espacios, las materias y las vidas con las que convivimos.

 

Esta perspectiva encuentra una resonancia particular en las investigaciones contemporáneas sobre los micelios. Bajo la superficie, casi siempre fuera de nuestra mirada, los hongos construyen redes de intercambio, comunicación y colaboración que permiten sostener múltiples formas de vida. Su lógica no responde a un centro único ni a una estructura jerárquica: se expande, conecta, deriva, encuentra otros caminos.

 

Yasmin Ostendorf-Rodríguez, en su texto Seamos como los hongos, propone recuperar otras maneras de hacer, escuchar, observar, organizarse y proteger, atendiendo a los lazos que mantienen unidos a los distintos elementos y formas de vida. La imagen del micelio permite imaginar, así, otras formas de relación. También nos ofrece una manera posible de aproximarnos al arte: no como un conjunto de objetos aislados, sino como una trama de conexiones.

Algo de esa lógica atraviesa Yo, frágil. Las obras que integran la exposición funcionan como puntos de una red que no tiene un principio ni un final determinado. Cada una guarda su propia temporalidad, pero también contiene rastros de otras. Hay materiales que parecen conservar una memoria remota; sonidos que evocan aquello que ya no está; superficies que registran el paso del tiempo; formas que se desplazan entre lo visible y lo casi imperceptible. La exposición nos invita a detenernos frente a esas pequeñas señales y a preguntarnos qué sucede cuando prestamos atención a aquello que habitualmente permanece en los márgenes de nuestra percepción.

 

En Mil mesetas, Gilles Deleuze y Félix Guattari describen el rizoma como aquello que “no empieza ni acaba, siempre está en el medio”. Su tejido está hecho de conexiones: “y… y… y…”. La potencia de esta conjunción reside precisamente en que desplaza la idea de una identidad fija, cerrada sobre sí misma. Frente al “yo” que se afirma como centro, aparece un yo atravesado por otros, constituido en relación.

 

El “yo” de Yo, frágil es, entonces, una afirmación y una pregunta al mismo tiempo. Dice “yo”, pero ese yo nunca está solo. Está hecho de vínculos, de memorias, de materias, de territorios, de sonidos y de presencias que lo preceden y lo acompañan.

 

Recorrer la exposición implica entrar en esa trama. Por eso el arte aparece aquí como un posible abrigo simbólico. No porque ofrezca respuestas definitivas, sino porque puede abrir un espacio para la pregunta, la escucha y la imaginación. Frente a un presente atravesado por múltiples tensiones, crear imágenes, relaciones y mundos posibles puede ser también una manera de ensayar otras formas de estar juntos.

 

Quizás habitar consista, precisamente, en aprender a escuchar aquello de lo que formamos parte.

 

Una piedra. Un sonido. Una huella. Una superficie. Un cuerpo. Una memoria.

Cada uno puede ser una forma de presencia.

 

Y quizá la fragilidad, lejos de ser aquello que debemos ocultar o superar, sea el lugar desde donde comienza una conciencia más profunda de nuestra interdependencia.

 

Yo, frágil propone detenernos allí: en ese territorio incierto donde todo está conectado, donde ninguna forma existe completamente sola y donde el arte puede ayudarnos a imaginar —y a sentir— otras maneras de habitar.

 

La exposiciónpermanecerá abierta hasta el 14 de septiembre en Sarmiento 151, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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