EL HILO QUE NO SE ROMPE TREINTA AÑOS DESPUÉS EN EL CASTELLO DI RIVOLI

mayo 12, 2026
Por Antonio Arévalo
EL HILO QUE NO SE ROMPE TREINTA AÑOS DESPUÉS EN EL CASTELLO DI RIVOLI
Cecilia Vicuña, El glaciar ido, 2026; veduta dell'allestimento al Castello di Rivoli Museo d'Arte Contemporanea, Rivoli - Torino. Foto: Sebastiano Pellion di Persano © Cecilia Vicuña, by SIAE

Hay encuentros que no ocurren en el presente, aunque sucedan allí. Se abren, más bien, como una grieta en el tiempo donde lo vivido y lo olvidado se reconocen sin anunciarse. Así fue mi visita al Castello di Rivoli, en Turín, para reencontrarme con Cecilia Vicuña. No era simplemente una cita con una artista, sino con una memoria en suspenso que llevaba más de treinta años respirando en otra parte.

 

A Cecilia la conozco desde hace más de tres décadas. Nos escribimos durante un tiempo —cartas que hoy imagino como pequeños quipus verbales, nudos de lenguaje que sostenían una relación en tránsito. Luego, como ocurre casi siempre, la vida impuso su movimiento: seguir implicaba también olvidar. O, más precisamente, dejar de nombrar. Porque ciertas presencias no desaparecen; se sedimentan.

 

Llegar al Castello di Rivoli es ya entrar en una tensión entre épocas. El edificio, suspendido entre su pasado barroco y su condición actual de museo de arte contemporáneo, funciona como un umbral. Uno asciende no solo físicamente, sino también hacia una forma distinta de percepción. Desde sus ventanales, el paisaje del Valle de Susa se despliega como una extensión silenciosa de lo que ocurre en el interior: una geografía donde el tiempo ha dejado marcas visibles.

Allí, en la Manica Lunga —ese corredor prolongado que parece no terminar nunca—, Cecilia ha instalado El glaciar desaparecido. El título ya es una advertencia: lo que se ve es también lo que falta. La obra, concebida como un quipu horizontal suspendido, atraviesa el espacio como una respiración detenida. No hay nudos. Y esa ausencia es, quizás, el gesto más radical.

 

Recuerdo sus primeras exploraciones en los años sesenta, cuando comenzaba a pensar el arte desde lo precario. No como carencia, sino como potencia: aquello que existe en su fragilidad, en su condición efímera, en su dependencia del mundo. En Rivoli, esa poética alcanza una forma casi espectral. Las fibras crudas, sin blanquear, cuelgan y se entrelazan sin fijarse del todo, como si el aire mismo participara en su construcción.

 

Mientras recorro la instalación, pienso en lo que Cecilia decía sobre el “voy a, vengo de”. Esa doble dirección que desarma cualquier identidad fija. ¿Somos tránsito? ¿Somos apenas el eco de un movimiento? El quipu, desprovisto de nudos, parece responder: somos también lo que se pierde en el camino.

 

Nos encontramos en uno de los extremos del corredor. No hay dramatismo en el reencuentro, ni necesidad de explicaciones. Nos saludamos como si hubiéramos hablado ayer. Hay algo en ciertas relaciones que resiste la cronología. Cecilia sonríe con esa mezcla de lucidez y asombro que siempre la ha caracterizado. Habla del agua.

 

El glaciar desaparecido no es solo una metáfora. Es una constatación. El hielo que alguna vez modeló el paisaje del Valle de Susa ya no está. Pero su ausencia permanece activa, como una memoria geológica. Cecilia vincula esa desaparición con otra: la de la sacralidad. “Hemos olvidado que el agua era sagrada”, dice. Y en esa frase resuena no solo una crítica ecológica, sino también espiritual.

Su pensamiento —lo recuerdo ahora con más claridad— siempre ha buscado ese cruce improbable entre el saber indígena y la física cuántica. Dos formas de entender el mundo que, en apariencia, no deberían encontrarse, pero que en su obra dialogan de manera natural. Ambas reconocen la interconexión de todo lo existente. Ambas desconfían de las certezas rígidas.

 

Durante su estancia en Colombia, en los años setenta, desarrolló las palabrarmas: una tentativa de unir lenguaje e imagen como estrategia de resistencia. Hoy, esas exploraciones parecen haber mutado en algo más amplio. El quipu ya no es solo un sistema de registro; es una forma de relación. Un tejido que involucra cuerpos, lugares, historias.

 

En la exposición, además de la instalación principal, hay videos, sonidos, cantos. La voz de Cecilia aparece y desaparece como un hilo más dentro del entramado. Sus poemas murales, escritos especialmente para esta ocasión, no buscan imponerse al espacio, sino habitarlo. Leerlos es una experiencia casi táctil.

 

Pienso en su trayectoria: desde el grupo Tribu No en los años sesenta, pasando por el exilio tras el golpe de Estado en Chile, su paso por Londres, su vínculo con Artists for Democracy, hasta su reconocimiento internacional más reciente, incluido el León de Oro en la Bienal de Venecia en 2022. Y, sin embargo, hay en ella una persistente voluntad de mantenerse al margen de ciertas lógicas del arte contemporáneo. Como si su práctica no pudiera ser absorbida del todo por el sistema que la exhibe.

 

Caminamos juntos un tramo de la Manica Lunga. Hablamos poco. No hace falta. Hay algo en el espacio que invita al silencio, o mejor dicho, a otra forma de escucha. El quipu parece responder a movimientos imperceptibles: una corriente de aire, un paso, una presencia.

 

Le pregunto por la ausencia de nudos. Cecilia dice que es una forma de hablar de la pérdida de memoria. Pero también, agrega, de la pérdida de atención. No solo hemos olvidado; hemos dejado de mirar. En ese sentido, la obra no es nostálgica. Es una advertencia.

 

Mientras avanzaba, pensaba en otra geografía. En Chile. En América Latina atravesada por dictaduras, por interrupciones violentas, por lenguas que tuvieron que aprender a sobrevivir fuera de su territorio. Pensaba en cómo esas historias llegan aquí: desplazadas, traducidas, muchas veces desactivadas.

 

A Cecilia la conozco desde antes de este tipo de escenas. Nuestra relación no empezó en una sala de exposiciones, sino en la distancia. Yo en Europa, ella en América. Nos escribíamos. Cartas que tardaban, que cruzaban océanos y controles, que no siempre llegaban. En esas cartas no había teoría del exilio: había vida concreta, fragmentada por la historia. En ese tiempo, nombres como Roberto Bolaño aparecían también como parte de una constelación dispersa. No éramos un grupo, ni una generación organizada. Éramos más bien cuerpos arrojados a distintos puntos del mapa, intentando sostener una lengua común mientras todo alrededor se descomponía.

 

El quipu sin nudos es también un registro imposible, una historia que no puede ser completamente contada. Lo que falta no es solo información, sino cuerpos, voces, vidas.

 

Al salir de la sala, el paisaje vuelve a imponerse. Las montañas, el cielo, la distancia. Pienso en los glaciares que ya no están, en las cartas que dejamos de escribir, en las conversaciones que quedaron suspendidas. Y sin embargo, algo persiste. Volver a ver a Cecilia no ha sido un acto de recuperación, sino de reconocimiento. Como si aquello que parecía olvidado hubiera estado siempre allí, esperando una forma de reaparecer.

 

Quizás eso sea, finalmente, lo que su obra propone: no una memoria fija, sino un campo de relaciones en constante transformación. Un quipu sin nudos, donde cada hilo sigue vibrando, aunque no sepamos exactamente qué sostiene.

 

Al despedirnos, no hay promesas. Solo una conciencia compartida: el tiempo no es lineal. Y hay encuentros que, incluso después de décadas, no hacen más que comenzar.

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