LA BIENAL DE VENECIA EN UNA EDICIÓN MARCADA A JUEGO POLÍTICO

Por: María Galarza y Álvaro de Benito

La Bienal de Venecia de arte se aproxima a inaugurar su edición número 61 en medio de renuncias, protestas y polémicas. Jamás ajena a su tiempo, también su lanzamiento confluye en un contexto álgido de guerras, genocidios y crisis geopolíticas. Desde Arte al Día nos preguntamos, ¿cómo podemos trazar las relaciones entre política y arte?

mayo 07, 2026
LA BIENAL DE VENECIA EN UNA EDICIÓN MARCADA A JUEGO POLÍTICO
Foto: Andrea Avezzu. Cortesía de La Biennale di Venezia

"¿Me contradigo?

Pues sí, me contradigo.

Y qué, soy inmenso, contengo multitudes".

— Walt Whitman

 

Un modelo de naciones

El modelo de pabellones nacionales es uno de los rasgos distintivos de la Bienal de Venecia. Al asignar a cada país la responsabilidad de organizar su propia participación, históricamente se reforzaron las narrativas de identidad nacional. Esto responde a una lógica decimonónica de representación estatal que, quizás, hoy entra en fricción con un mundo globalizado y fragmentado a la vez, desigual y en conflicto permanente.

 

¿De qué manera se puede administrar estas tensiones como institución artística? La conflictividad de los pabellones nacionales de Sudáfrica, Rusia e Israel exponen la dificultad de sostener una lógica de representación estatal en un contexto donde los Estados mismos son objeto de cuestionamiento.

 

Contexto actual

Cabe destacar que el trágico fallecimiento de la curadora Koyo Kouoh marca una cuota de orfandad con respecto a la propuesta curatorial, los artistas convocados y la transmisión del espíritu en clave menor que proponía hacer eco a las sutilezas a modo de resistencia.

La readmisión del pabellón ruso en el contexto de guerra fue fuertemente criticada, principalmente por la comunidad artística. Y también tuvo su impacto económico ya que la Unión Europea decidió retirar un fondo de alrededor de dos millones de euros que le otorgaba a la fundación de la Bienal de Venecia. Lo mismo ocurre con el pabellón israelí, que durante 2024 estuvo vacío en reclamo a la liberación de rehenes, pero que para esta edición presenta una propuesta del escultor Belu-Simion Fainaru. Como protesta el colectivo Art Not Genocide Alliance presentó una carta firmada por más de doscientos artistas, curadores y trabajadores del arte demandando la exclusión del pabellón de Israel. Además, el jurado artístico nombrado por la póstuma curadora Koyo Kouoh declaró que para los premios León de Oro y León de plata no iban a nombrar artistas de estos dos pabellones (o de países cuyos líderes tuvieran órdenes de arresto activas de la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad). Finalmente, estos anunciaron su renuncia en bloque a nueve días de la apertura oficial; y desde la dirección declararon que no habrá ceremonia de apertura y los premios se anunciarán en noviembre, a finales de la exposición, y serán elegidos por el público. 

 

En la última semana y días previos a la inauguración, la apertura de la prensa tuvo a casi 200 personas asistiendo a una manifestación liderada por Art Not Genocide Alliance (ANGA) y Pussy Riot, el colectivo ruso feminista de punk-rock, junto a FEMEN para rodear el pabellón ruso. Este mismo, si bien se encuentra abierto para la visita de prensa, cerrará sus puertas próximamente debido a las sanciones de la Unión Europea. Por otro lado, los trabajadores culturales y participantes en la Bienal de Venecia planean una huelga para el viernes 8 de mayo.

Sobre el financiamiento: un diálogo

A diferencia de otras bienales, la veneciana no funciona como un sistema centralizado de producción. Cada pabellón nacional se financia de manera independiente, típicamente combinando fondos estatales, instituciones públicas o museos y patrocinio privado y fundaciones. La desigualdad se plantea de forma estructural en su génesis ya que no todos los países cuentan con los mismos recursos para producir, exhibir o sostener su presencia. Además, la organización central de la bienal depende a su vez de financiamiento mixto, incluyendo apoyo estatal italiano, sponsors privados y acuerdos internacionales.

 

Álvaro de Benito: Desde que en 1907 la Bienal legitima, en cierta manera, que se conciban muestras de carácter nacional, las propuestas adquieren una dimensión política. El hecho de que el funcionamiento del núcleo expositivo se rija desde pabellones dirigidos, en su mayoría, por los gobiernos nacionales dota cada intervención de un enorme sentido político. Es imposible desligar esa mediatización y condicionamiento que se ejerce desde el poder público frente a una propuesta eminentemente artística. No en vano, varias corrientes plásticas en el siglo XX fueron ampliamente empleadas como armas ideológicas en detrimento de una pura estética. Veánse el realismo social o el expresionismo abstracto como ejemplos de polarización y uso político. Nadie reniega del valor político del arte, siempre que este se respete desde la idea original y la expresión del artista, pero sí que se debe ser cauto frente al intervencionismo estatal. Es en ese momento donde la voz activa claudica y se convierte en pasiva y sometida a un poder que politiza. La designación de cada pabellón recorre un proceso ideológico dirigido que finaliza en una propuesta de corte politizado, independientemente de si este es un arte que encierra o no elementos de denuncia o protesta.  

María Galarza: Creo que en este caso hay dos conflictos: por un lado, desde la perspectiva de la directiva de la bienal, la adopción de postura de “no-censura” con respecto a estados en conflictos o guerras ya que la financiación y la elección de propuestas es política. Y el levantamiento de críticas que eso provocó. Por otro lado, creo que se debe profundizar en la injerencia de la obra de los artistas y su vínculo con quienes financian la estructura sobre la que yergue su obra. Las prácticas artisticas pueden distanciarse o ser críticos de aquellos discursos sin negar su relación. Quizás la Bienal pueda funcionar como algo más que una representación lineal de la propuesta artística de un estado.

 

Á. B.: Por supuesto, pero cada vez más se circunscribe al pensamiento gubernamental. Y eso en el mejor de los casos, cuando no es una ideología de corte global que anula cualquier posicionamiento. En la hipocresía subyacente en cualquier sustrato de un sistema así establecido, se corren enormes riesgos de incoherencia que se esconden bajo una alfombra de intenciones políticas. Primero, frente a todos los conflictos abiertos y vigentes, la estructura permite que se sancione públicamente a solo quien ponga en cuestión el statu quo vigente, es decir, el poder plenipotenciario de un occidente abocado a una disfunción patente en su discurso. Ateniéndonos al caso ruso y la motivación de su previa exclusión y reciente política, las cuestiones son evidentes. De todos los estados que tienen conflictos bélicos abiertos y ocupaciones ilegales de territorios ajenos, ninguno ha despertado esa indignación selectiva como Rusia. Nadie preguntó a Turquía por la ocupación del norte de Chipre que acomete desde 1973 cuando firmó su contrato con la Bienal para tener pabellón propio durante veinte años. Tampoco ningún poder fáctico ha incidido en la ocupación ilegítima del Sáhara Occidental por parte de Marruecos o que los Emiratos Árabes Unidos llevan ocupando parte de Yemen desde 2018. No hará falta pues entender la incidencia política de lo que rodea a Israel y todo el vórtice que ha generado. Más allá de la ocupación de territorios de Siria y Líbano, casos menos lesivos frente a lo que se ha definido como genocidio desde las instituciones, la cuestión palestina ha sido la que ha puesto en entredicho la presencia institucional del propio pabellón israelí. Pero todo pasa por entender que el poder fáctico desea ahondar en la ganancia dentro del caos del relato. La comparación con el caso ruso es, más si cabe, otro apuntalamiento de la enorme discrepancia de lo político y lo politizado dentro de la estructura de una Bienal abocada al callejón sin salida de una narrativa parca en motivaciones. Cuando el ministro de Cultura italiano, Alessandro Giuli, pidió la dimisión de Tamara Gregoretti,representante del Ministerio de Cultura en el Consejo de Administración de la Fundación La Biennale, por la participación rusa, se hizo evidente que la fuerza política del poder establecido influye de manera notoria en una organización que no acaba de poder sentirse a gusto en ninguna de sus facetas como elemento independiente. Tampoco tiene maneras posibles para contrarrestarlo. Más evidente fue el triple tirabuzón de Antonio Tajani, ministro de Exteriores italiano, que propuso la elección de artistas críticos con el Kremlin en la representación del pabellón ruso. “Tenemos que tener cuidado a la hora de hablar de cultura”, comentó públicamente a este respecto, sin dejar muy claro si la injerencia extranjera en cómo se deben seleccionar los artistas de cada pabellón es un elemento lícito en, precisamente, las dinámicas del arte y en la constitución de la propia Bienal.

M. G.: Entonces habría un tercer conflicto: que es el de la espectacularización de gestos de indignación y discursos a priori vacíos. Y el rédito político que logran a partir de eso para influir en la elección de ciertos proyectos por sobre otros.

 

Á. B.: Solo hay un elemento que puede desnivelar más las intromisiones instituidas de los políticos en las elecciones de propuestas, y ese es el capital privado o público en la financiación de la Bienal. En el fondo, ninguno de los dos tipos de patrocinio o subvención se distinguen tanto. Sirva de ejemplo la retirada de fondos de la Unión Europea tras la readmisión del pabellón ruso y la evidencia de que no es el arte lo que importa, sino la politización y el rédito que se saque de ello. ¿Alguien se hubiera imaginado semejante actuación por parte del ejecutivo de Von der Layen por los casos turcos, marroquíes, emiratíes o israelíes o por cualquier conflicto en África? Para esos poderes, lo importante es aprovechar el campo que ofrece la Bienal, que es una oportunidad más. Confrontar con el criterio que conforman las selecciones de propuestas nacionales es siempre lícito, aunque quizá no sea tan loable cuando quienes lo confrontan ejercen una tiranía similar a la que intentan luchar.

M. G.: Al estar tan ligados arte y política en este contexto específico de la Bienal de Venecia, creo que es válido revisar de qué manera uno impacta al otro más que intencionar propuestas artísticas prístinas, desafectadas por sus condiciones. ¿De qué manera se puede pensar el entramado de esas relaciones tratando de no caer en el cinismo de que al final todo es un juego de títeres entre políticos? O si lo es: de qué forma ante estos conflictos políticos la comunidad artística responde, más allá de los usos y aprovechamientos de ciertas instituciones políticas. Cómo se pueden cuestionar modelos y decisiones del orden político. Con respecto a la indignación selectiva, hay más sanciones institucionales y económicas hacia Rusia, pero la carta que presentó Art Not Genocide Alliance en protesta política tuvo reverberancias institucionales: en la renuncia del jurado de la Bienal.

 

Á.B.: ¿Interesa a algún gobierno que la Bienal se desarrolle en un imposible y pulcro cumplimiento de sus atribuciones y sistemas apuntalados durante la historia? Obviamente, no. La Bienal es un tablero más donde propagar una metástasis de discursos y narrativas contradictorias y realizar acciones abocadas a una comparativa que resulta hipócrita. Si quien defiende el arte como cultura inmediatamente plantea un “pero”, automáticamente está desmontando todo el sistema. Bajo esa influencia y presión, quienes yacen son los que deberían ser los protagonistas de la Bienal. Artistas, curadores y jurados son señalados como ejecutores de unas políticas lanzadas desde arriba, instando a que ciertos artistas no sean premiados por obra y gracia del status quo político y en detrimento de la capacidad innata o estética de protesta. Lo último que necesita la Bienal es una tutela asfixiante de los poderes fácticos, de unos ejecutores políticos que hoy se centran en dar instrucciones a la Bienal y mañana lo harán sentando cátedra en el Mundial o en los Juegos Olímpicos.

M. G.: Entiendo ese señalamiento, y en muchos casos es evidente que la Bienal funciona como un espacio donde se disputan intereses que exceden lo artístico. Pero reducirla completamente a una maquinaria de discursos vacíos o a un tablero de operaciones políticas también implica mucha pérdida de agencia por parte de lo que el arte puede impulsar, dialogar o pensar.

 

Á.B.: No es tanto el discurso vacío en el arte, sino cómo el arte vertebra un discurso político indicado y, por ello, deja de ser político para ser politizado. Como decía antes, el arte político debe serlo sin coacción, de la naturaleza de cada artista y desde la libertad de expresión y creación. En la cruzada de los poderes, los artistas parecen estar abocados al papel de peón necesario, del primero que, en caso de necesidad, se sacrifica sobre el tablero. ¿Es justo que en un sistema de representación nacional sea un agente externo el que diga lo que se tiene que hacer? ¿Es más justo que los artistas dejen de estar premiados por las posiciones de sus gobiernos? Ese es, junto con lo selectivo, el punto crítico. Lo politizado avanza inexorablemente como un signo de nuestros tiempos donde triunfa la mediocridad de quien dice hacer y que, al mismo tiempo, entierra el verdadero significado de lo que debe ser la gran fiesta del arte. ¿Podría haber sido distinto si toda la vertebración de la Bienal nunca hubiera estado supeditada a los estados y a una estructura nacionalista arcaica más propia de tiempos pasados que de un futuro que se antoja algo oscuro?

M. G.: La Bienal parece hoy un espacio atravesado por contradicciones difíciles de resolver. Pero no toda contradicción es hipocresía. Puede haber distancia entre señalar las condiciones de producción del arte y reducir su potencia a ellas. Porque si bien los artistas trabajan dentro de estructuras de financiamiento y representación, eso no implica que sus obras queden totalmente subsumidas a esas lógicas. O que esas lógicas no puedan verse afectadas por acciones que tienen un germen artístico.

 

Cada vez resulta más difícil sostener ese espacio intermedio que propone la Bienal de Venecia: reflexión y crítica bajo un sistema de financiamiento y estructura de pabellones nacionales. A su vez, pensando en el modelo de representación nacional y el conflicto sobre identidad y territorio actual, la inexistencia de un pabellón palestino dentro de la estructura oficial de la bienal abre el interrogante: ¿puede la bienal alojar formas de representación que no responden a la lógica estatal? ¿Es más eficaz excluir a ciertos pabellones como forma de sanción política? ¿O abrir espacio para prácticas y voces históricamente marginalizadas?

 

El presidente de la Bienal de Venecia Pietrangelo Buttafuoco arremetió contra las críticas por las controversias generadas entre Rusia e Israel: “La exclusión solo puede satisfacer al ego”. En la conferencia del 6 de mayo, dijo que los llamamientos para prohibir los países irían en contra de la misión de la Bienal de ser un punto de unión para el mundo. Sin embargo, como única presencia palestina dentro del circuito oficial de la Bienal de Venecia, se encuentra en el recorrido colateral una exposición financiada por el Palestine Museum estadounidense titulada “______” *Gaza – No words con cien piezas de arte textil palestino.

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