OSPINA Y GOLDSTEIN: LA PINTURA COMO PUNTO CERO
Los dos artistas colombianos parten de la exploración del punto cero de la pintura en sendas individuales en La Cometa, abordando sus respuestas desde la saturación visual contemporánea y el gesto pictórico suspendido.
La Cometa reúne en su sede madrileña una doble propuesta pictórica que pivota sobre dos maneras distintas de comprender el origen de la acción pictórica. Aunque independientes, Parar el mundo, de Adam Goldstein (Bogotá, Colombia, 1989), y Pensamiento mágico / El año entrante, de Alejandro Ospina (Bogotá, Colombia, 1970), parecen entrar en diálogo sobre la misma inquietud: la búsqueda del punto cero de la pintura en un tiempo marcado por la saturación y la aceleración de lo experiencial.
Puede decirse que ambos artistas abordan esta cuestión desde posiciones antagónicas en su expresión, pero altamente complementarias en el ofrecimiento de respuestas. Mientras Ospina trabaja desde la apropiación, el trabajo de superposición digital y el exceso de imágenes de los medios de comunicación para recuperar una posición primaria, Goldstein parte de un movimiento inverso desde un interior que apuesta más por el detenimiento y la expresividad.
La investigación pictórica de Alejandro Ospina parece acontecer junto con la transformación radical con la que la era digital impone el consumo de imágenes. Desde esa proliferación y vuelco de material visual a la creación de una saturación perceptiva, el artista plantea estrategias para intentar volver a una relación entre pintura e imagen mediada, a restituir una experiencia directa de limpieza dentro del ruido contemporáneo.
-
Pensamiento mágico / El año entrante de Alejandro Ospina, La Cometa
Además, incorpora dibujos realizados por sus hijos durante el periodo pandémico, con lo que se constituye una nueva capa clave en ese proceso intencional. Las imágenes infantiles, ajenas a los códigos sociales, mediáticos, culturales y publicitarios, trasladan al espectador a la inocencia del gesto primigenio, permitiendo encarar con esa espontaneidad natural el planteamiento desde las referencias históricas y digitales empleadas. Así, Ospina convierte la pintura en un espacio de memoria en constante transformación, donde la inocencia del trazo parece apuntar a ese punto cero de crecimiento.
Por su parte, Adam Goldstein parte de una premisa más expresiva e introspectiva. Para él, la pintura puede equipararse a una voluntad iniciática vinculada a la posibilidad de detener los devenires que maltratan la percepción en lo contemporáneo. Su propuesta, gestual en su raíz, parece querer encontrar lo espiritual para conformar una creación pictórica que aúna acción y gesto.
Su obra se materializa en procesos físicos en los que permite que el color y la forma tomen el control del proceso de creación. Con la ausencia de esa mediación primaria, su pintura recupera para sí una profusión contemplativa en la que lo cromático se fundamenta como lenguaje primario. Las superficies pictóricas de Goldstein revelan paisajes y atmósferas que indican esa instrucción experiencial de la percepción, imponiendo casi una pausa y señalando, por qué no, otro punto válido del germen y finalidad de la cualidad pictórica.
Adam Goldstein: Parar el mundo y Alejandro Ospina: Pensamiento mágico / El año entrante pueden verse hasta el 5 de julio de 2026 en La Cometa, San Lorenzo, 11, Madrid (España).

