LA DULCE VENGANZA DE GONZALEZ-TORRES EN MADRID ES DESBORDAR EL RELATO

El Museo Reina Sofía presenta un recorrido por más de cincuenta obras participativas, reconfigurables y conceptuales de Felix Gonzalez-Torres que activa una lectura contemporánea de su producción, y que sobrepasa los límites curatoriales y las líneas discursivas.

junio 01, 2026
Álvaro De Benito
Por Álvaro De Benito
LA DULCE VENGANZA DE GONZALEZ-TORRES EN MADRID ES DESBORDAR EL RELATO
Felix Gonzalez-Torres: Dulce venganza. Foto: Roberto Ruiz

Bajo el título Dulce venganza, el madrileño Reina Sofía dedica a Felix Gonzalez-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957 - Miami, EE.UU., 1996) una individual que se sitúa más en el ámbito de la relectura y la vigencia de la obra del artista en un contexto contemporáneo, más que en el de la retrospectiva. Eso sí, a tenor de lo expuesto, podrían haber sido todas las exposiciones que hubieran querido Alejandro Cesarco y Nancy Spector, comisarios de la muestra.

 

Partiendo del hilo de la localización como momento vital, la de ese Madrid al que el cubano-estadounidense llega a principios de los 70 desde su Cuba natal para abandonarlo un año después, esta visión no termina de consolidarse plenamente. No obstante, esa “dulce venganza” autobiográfica y que se relaciona con el regreso de Gonzalez-Torres a la capital española dos décadas después y su subrayado con la disposición de Untitled (Madrid 1971) (1988), no termina de resultar suficiente para vertebrar todo.

En ese sentido, el esfuerzo de la tesis parece haberse diluido en el propio resultado. Ese desplazamiento mencionado, a veces relatado también como exilio, puede entenderse  como un recurso que queda subordinado a la visión del conjunto de obras expuestas. Entendamos que la propuesta estética o conceptual del artista es un atractivo sujeto de reinterpretación del arte social y afectivo, y que esa relectura en el marco actual sea más que suficiente. Por eso no hay que señalar tanto las ausencias de producción que se pueda entender como clave, sino más bien la construcción de un relato atravesado por ellas.

 

Ello no implica que la propuesta cojee, sino más bien que el resultado esperado pudiera haber adoptado otras derivas, especialmente en lo relativo al pretendido enlace con Madrid, el exilio o los desplazamientos, que se quieren plantear como ejes biográficos y conceptuales de buena parte del recorrido. Así, se concibe un primer momento de retorno y reactivación de la obra como núcleo discursivo; un segundo eje centrado en cierta fragmentación biográfica y, después, una progresiva atención sobre el funcionamiento de la obra.

El despliegue casi continuado de las obras, la participación en el flujo y la dinámica del recorrido son suficientes para comprender las tensiones y paradojas que resonaban en su propuesta. Se insiste en la génesis de la práctica Gonzalez-Torres en el contexto histórico de la epidemia del VIH y en las políticas conservadoras estadounidenses de los 80 y 90. Su lenguaje visual, radicado en la abstracción, la fragilidad y la participación y profundamente marcado por la muerte de su pareja, Ross Laycock, rezuma en sus detalles una carga emocional que, de por sí, parece cuestionar nociones de autoría, memoria e identidad.

 

Entre las dicotomías de presencia y ausencia, intimidad y lo público o la permanencia y desaparición, la obra de Gonzalez-Torres tiene la premisa de la modificación o reconfiguración en función del espacio para generar la participación del espectador. La seminal Untitled (Revenge) (1991) podría ser la mejor representación de este paradigma. Y en ese efecto, pudiera parecer, por momentos, que esa disposición final del espacio —ese espacio notable, subrayado por la comisaria— termina por fagocitar parcialmente el discurso curatorial, replegándolo hacia su propia materialización y hacia la conveniencia de lo finalizado.

En este punto, la exposición parece asumir la condición de muchas propuestas de tesis contemporáneas, en las que la acumulación de exigencias discursivas hace que resulte difícil su articulación de manera natural. Por ejemplo, la insistencia curatorial en subrayar determinadas categorías identitarias corre, por momentos, el riesgo de fijar una lectura que el artista trató de desplazar mediante la abstracción, la ambigüedad y la libre interpretación. Quien pretenda seguir el trazo del relato se enfrentará a un choque con la realidad material del montaje, por lo que la atención debería desviarse a esa tensión profunda, disolución del límite y borrado de la diferencia que subyacían en las ideas conceptuales del artista.

 

En el plano experiencial, sin embargo, la muestra sí acierta en su recorrido y en su planteamiento dispositivo. El eje del yo y el otro como agentes necesarios para la construcción de una igualdad discursiva se activa de forma efectiva en el espacio, implicando al visitante en una aproximación quizá más certera a la lógica interna de la obra.

 

Piezas como Untitled (Passport) (1991), Untitled (1990) o los espacios segmentados por Untitled (Beginning) (1994) evidencian que el espectador no solo observa, sino que participa de un sistema que exige activación, circulación y relectura constante. En ello se reconocen algunos de los objetivos formulados por el artista en vida: expandir la obra más allá de los límites del museo y activar una lógica de disolución del límite y desplazamiento del significado que termina por alejarla de cualquier celebración cerrada de lo temático o lo identitario.

 

Felix Gonzalez-Torres: Dulce venganza puede verse hasta el 12 de octubre de 2026 en el Museo Reina Sofía, Santa Isabel, 52, Madrid (España).

Temas Relacionados