EL CENTRO BOTÍN REVISA A MARISOL MÁS ALLÁ DE LO ESCULTÓRICO
La institución santanderina plantea una lectura curatorial de Marisol a través de una gran retrospectiva de su dibujo como eje práctico y como representación del conocimiento adquirido en sus desplazamientos vitales.
El Centro Botín, en Santander, acoge Cuando todo está por comenzar, que es la primera gran retrospectiva de dibujos y de obra sobre papel de Marisol (María Sol Escobar, París, Francia, 1930–Nueva York, EE.UU., 2016). En sí, la propia acotación que se propone desde el equipo curatorial, encabezado en esta ocasión por Laura Vallés Vílchez, presenta una gran oportunidad para complementar la faceta más reconocida de la artista y expandir, mucho más allá de su práctica escultórica, su profusa producción.
Partiendo de lo conceptual que engloba el título de la muestra, la exposición pivota sobre las cuestiones cíclicas y vitales con las que la venezolana decide tomar distancia del mundo del arte para renovar su actividad tras profundas meditaciones y encuentros con el conocimiento. Este punto, fundamental para entender tanto la disposición física como su naturaleza curatorial, plantea una cuestión básica: la necesidad de huir de un foco mediático, mercantil o de enrome presión y crisis social que pudiera malear negativamente una de las personalidades más enigmáticas —que no desconocidas— de la vibrante escena neoyorquina de los 60 y 70.
Cuando todo está por comenzar mantiene, obviamente, otro gran eje circunscrito al plano técnico. Si bien podría entenderse la exclusividad del foco en su práctica pictórica, el conjunto no pretende una circunscripción exacta. Es más, la aparición paulatina de ejemplos de sus célebres esculturas y de piezas de otros medios sugiere una interrelación mucho más allá de la del boceto o del estadio previo de una obra ulterior, destacando la fortaleza de una práctica enclaustrada por la historiografía del arte y que ahora parece reivindicarse como parte de un todo algo mermado.
La vorágine de la escena de los años cincuenta en Nueva York es considerada como el primer detonante que se marca desde la propuesta. En pleno apogeo de su reciente reconocimiento como artista, Marisol abandona un entorno prometedor, precisamente para distanciarse emocionalmente de una jerarquía posiblemente no requerida. La muestra avanza casi en un plano funcional en la reivindicación de una formación académica, o academicista, que pronto empieza a quedarse corta.
Ese periodo de observación y de construcción en Europa destapa una cuestión de análisis social y cierta ironía que permanecerá sine die como parte de la representación del cuerpo como canal que plantea. En este contexto, es cuando el dibujo se yergue como un espacio de rescate de una intimidad que lucha frente a la exposición pública que empezaba a consolidar su fama.
Una segunda huida se enmarca, temporalmente, dentro de los acontecimientos de la guerra de Vietnam y los conflictos políticos y culturales de los años sesenta y setenta. Más allá de una expresión explícita del belicismo, temática que otros artistas coetáneos abordan con crudeza, Marisol investiga cómo el retrato puede funcionar como archivo, pero también como espacio para la corporeidad y la representación del gesto y el lenguaje.
En la inclusión de los moldes con su rostro, las constantes referencias a los imaginarios de los nativos americanos o la expresión corporal a través de manos escultóricas o sus colaboraciones con la danza, la artista expande su propuesta dentro de una remarcada interacción entre las técnicas. Puede plantearse también que la identidad individual da paso a lo público, a cierta apropiación que pivota sobre Indian (1969) o a la antropología de Woman with Child and Two Lambs (1995), esculturas ambas que monopolizan el eje de dos de los espacios y que también debaten sobre la inclusión de lo propio en la alteridad.
Especialmente relevante es la plasmación de la experiencia adquirida en una tercera salida vital en el entorno del sudeste de Asia y de la Polinesia. Esa adquisición se transforma en un movimiento interno de carácter conceptual, un desplazamiento que abraza una morfología más abierta y experimental, consolidando la hibridación que venía experimentando, quizá con más evidencia en Triggerfish I (1970).
La muestra capta positivamente esa expansión del dibujo más allá del papel, elemento que ejerce como vertebración y que adquiere su máximo significado en los cuerpos en movimiento y las filmaciones submarinas. La sensorialidad que transmiten sus piezas audiovisuales es compartida con la que proyecta el dibujo en su aspiración de ruptura de lo bidimensional. La dificultad de consolidar las líneas temporales pretendidas en la exposición, junto a los debates que puedan generarse a posteriori por la historiografía, aparece resuelta en la condensación de un hecho: sus “huidas” pretendían una adecuación a formas de observación distintas para percibir el mundo desde otros márgenes.
A modo de cierre, nos encontramos con lo sucinto de la línea temporal, un trayecto que transita inexorablemente hasta el encuentro con el alzhéimer, enfermedad que podría haber supuesto una alteración de la memoria, la plasmación del lenguaje o el reconocimiento de la identidad. Ese proceso, que reta el concepto de la máscara como rostro, acaba por sumar una dimensión más frágil y cotidiana de su producción. La comprensión total de la propuesta permite entender un planteamiento más allá del relato lineal, en la que el dibujo permanece como registro de un desplazamiento vital que atraviesa toda su práctica. Y quizá ahí esté la clave: en entender la necesidad de desarticular cierto historicismo restrictivo.
Marisol: Cuando todo está por comenzar puede verse hasta el 25 de octubre de 2026 en Centro Botín, Plaza Emilio Botín, s/n (Jardines de Pereda), Santander, España.

