GEOLOGÍA BIOGRÁFICA: GISELA COLÓN PRESENTA SU PRIMERA RETROSPECTIVA EN PUERTO RICO
La artista puertorriqueño-estadounidense explora la relación entre geología, memoria y energía vital en una exposición que recorre más de tres décadas de trabajo.
Este marzo inauguró La montaña, el monolito de Gisela Colón en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico, y podrá visitarse hasta agosto de este año. Curada por Abdiel Segarra Ríos y Alexandra Méndez, la muestra reúne esculturas, pinturas, video e instalaciones en la primera retrospectiva de la artista en la isla.
Desde el ingreso, el montaje presenta un diálogo inesperado entre obra y arquitectura: el piso de madera antigua, teñido de un verde que recuerda al bosque tropical, evoca el paisaje de El Yunque y acompaña visualmente las piezas. Esta resonancia no fue planeada, pero refuerza uno de los ejes centrales de la exposición: la conexión orgánica entre materia, territorio y experiencia.
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Gisela Colón: La montaña, el monolito en MAC Puerto Rico. Foto: Karina Rivera
El recorrido empieza con Pinnacle (El Yunque) (1996), una pintura que marca la primera aparición de la forma del monolito en la práctica de Colón. Esta obra, realizada hace más de 30 años, inaugura un interés por las montañas de Puerto Rico como fuente de energía, resiliencia y vida. Como señala el texto curatorial, la artista “desarrolla un cuerpo de obra que explora la interconexión de las fuerzas que —a distintas escalas— componen y sostienen el universo”.
La muestra avanza hacia la serie Montañas de Puerto Rico, compuesta por pequeñas pinturas realizadas con pigmentos extraídos de la tierra. Cada una de estas piezas condensa una dimensión autobiográfica: Jayuya, El Yunque, la Cordillera Central o el Cerro Maravilla no solo aparecen como formaciones geológicas, sino como territorios cargados de memoria emocional. “Yo ato la geología a historias personales”, explica la artista en conversación con Arte al Día, subrayando la fusión entre paisaje y biografía.
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Gisela Colón: La montaña, el monolito en MAC Puerto Rico. Foto: Karina Rivera
El núcleo conceptual de la exposición se despliega en los monolitos, formas verticales que condensan tensiones entre conflicto y sanación. A partir de experiencias personales atravesadas por la violencia, Colón encontró en la naturaleza un modelo de transformación: un proceso mediante el cual lo negativo se convierte en energía vital. Estos cuerpos escultóricos funcionan así como “un brinco entre conflicto y sanación”, donde materiales industriales, pigmentos y elementos naturales se articulan como portadores de energía.
En paralelo, los pods introducen otra dimensión dentro de su práctica: estructuras orgánicas que remiten al origen de la vida. Sin intervención eléctrica, estas piezas trabajan con la refracción de la luz para generar efectos prismáticos que evocan procesos naturales. En palabras de la artista, representan “el comienzo de la vida, la energía de la tierra, la energía primordial”.
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Gisela Colón. Foto: Karina Rivera
La exposición incluye también un earthwork trabajado con arena, piedras y materiales recolectados en Puerto Rico, que se expande sobre el piso del museo como una cartografía del territorio. Este gesto responde a una lógica constante en su trabajo: cada instalación incorpora elementos del contexto donde se presenta, estableciendo un vínculo directo entre obra y geografía.
Presentada en la isla natal de la artista, La montaña, el monolito adquiere una dimensión particular. Tal como indica el texto curatorial, la exposición “revela las profundas maneras en que la geografía, la geología y la materia primordial del archipiélago han moldeado tanto su historia personal como su práctica artística”. La muestra no solo revisa una trayectoria internacional, sino que propone un retorno: una relectura del paisaje puertorriqueño como origen, memoria y proyección.
Con una selección acotada pero contundente de obras, la exhibición funciona como un recorrido concentrado que articula más de tres décadas de producción. En ese cruce entre lo personal y lo universal, la materia —ya sea terrestre o cósmica— aparece como un lenguaje capaz de conectar escalas de tiempo, cuerpos y territorios.

