DOS MANERAS DE TRATAR EL SUEÑO EN RUTH BENZACAR

En un ejercicio que caracteriza las propuestas expositivas de la galería Ruth Benzacar, se presentan en un cruce intergeneracional obras de Roberto Aizenberg en “La flor de la distancia” y de Andrés Piña en “El alma volvió preñada de materia”.

septiembre 21, 2026
María Galarza
Por María Galarza
DOS MANERAS DE TRATAR EL SUEÑO EN RUTH BENZACAR
Andrés Piña: El alma volvió preñada de materia. Cortesía de Ruth Benzacar

Hay dos acepciones de la palabra sueño. Sueño, por un lado, es un estado fisiológico de descanso. Un proceso que nos exige el cuerpo. Por otro, la autopromesa de un deseo a perseguir o el lugar donde nuestras ilusiones, imágenes o recuerdos cabalgan libres respondiendo a otra lógica.  

 

En la exhibición “El alma volvió preñada de materia” de Andrés Piña hay una cama con esculturas de pulóveres, trofeos de competencias amateurs, lámparas de noche y pelotas de fútbol. Pero también hay una cama con humo y agua, sin colchón. Y otra con alguien durmiendo, camuflándose con la escena de la habitación y en posición de descanso. Se trata de distintas escenificaciones de una habitación en donde el artista juega con la diferencia entre objetos y cuerpos, lo vivo y lo que permanece inmóvil. El momento del sueño abre un umbral para que esos límites se desdibujen, burlando el binarismo y revelando el artificio de las categorías que tanto insistimos para que nos ordenen.

“¿Qué aspectos de nuestro sueño actual será visto como algo ridículo dentro de varios siglos? ¿Se reirán de nuestras sillas siempre ocupadas por pilas de ropa en la mesita de luz que nunca se vacía?”, escribe Martín Felipe Castagnet en el texto curatorial. El acto sigue siendo el mismo: cerrar los ojos, encontrar una posición cómoda y esperar el estado de trance. Pero la manera que tenemos de invocar el sueño fue cambiando a lo largo de la historia. La exposición genera un extrañamiento en nuestras rutinas contemporáneas, hace visibles las escenas que suceden en nuestras habitaciones, el silencio (o la falta de) antes de intentar dormir, qué elementos nos acompañan durante la noche. Y desliza la pregunta: cuáles son aquellos rastros que quedan de ese descanso al que nos habituamos y, a la vez, qué tipo de sueños habilita construir.

 

En la exposición de Roberto Aizenberg el sueño o cierta cualidad de “lo onírico” puede localizarse a partir de directrices más sutiles. Como escribe Juan Cruz Pedroni en el texto curatorial: “Aizenberg introduce pequeñas desviaciones somáticas en sistemas que podrían parecer ideales, y pequeñas regularidades en trazados que podrían parecer automáticos. Ahí se juega su relación con una herencia surrealista que está dispuesto a enfriar. La épica del automatismo —esa energía que se agota a sí misma— queda templada por una disciplina de notación que no impide el accidente, pero lo obliga a rendir cuentas”.

En sus pinturas monta una arquitectura que se aleja de la asociación libre. Se trata más de una herramienta afilada que pule esa energía del sueño para encausar imágenes de figuras robustas y contemplativas. Acaso sino un estado de quietud o de aplomo. Pedroni utiliza la palabra “reposo”. 

 

Tanto como práctica del cuerpo o de la mente, soñar es un proceso vital. Mientras que Piña lo vuelve escena para extrañar nuestros cuerpos, objetos y rutinas, Aizenberg lo convierte en lenguaje para trenzar los desvíos con la estructura, el automatismo con el control, la posibilidad de una imagen de apartarse de la realidad sin perder su lógica.

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