NFT, BLOCKCHAIN Y CRYPTOART: REACCIÓN EN CADENA

Coleccionistas, inversionistas y artistas están fascinados con la prometedora rentabilidad de los NFT. El fenómeno estalló con la suculenta venta de una obra  digital de Beeple (Mike Winkelmann) en 2021 y desde entonces ha generado una reacción en cadena cuyas consecuencias aún no están del todo claras.

abril 14, 2022
NFT, BLOCKCHAIN Y CRYPTOART: REACCIÓN EN CADENA

El aspecto menos atendido es el de la artisticidad o valor estético de las obras de arte en el ecosistema de los blockchain. No se sabe bien si la obra es la concreción sensible del proceso creativo o el código que la habilita para una transacción electrónica. Tampoco se comprende bien si lo que se ofrece es la codificación de una idea, un nuevo modelo de finanzas o un simple registro de propiedad. Oferta y demanda parecen ser la única regla visible. Pero de las cualidades estéticas no se comenta mucho.

En ese entorno de expectativas se habla con entusiasmo de una nueva modalidad artística: el criptoarte que en términos sencillos significa algo así como arte digital+NFT donde se incluyen ilustraciones, videos, GIFs, memes, podcast, canciones, avatares y tuits. Sus cualidades distintivas son la inmaterialidad, la libre accesibilidad (virtual) y el respaldo de la autenticidad. Se añade como atributo adicional el carácter descentralizado del proceso de circulación de la obra que elimina el sistema de intermediarios y la jerarquización del mercado de arte tradicional. No obstante, algunas casas de subasta y espacios de arte online (incluidos museos virtuales) están ingresando a la escena del criptoarte como mediadores autorizados. En términos estéticos, la mayor parte del arte criptográfico se desarrolla a partir de la imaginería de la cyber cultura o se inserta en los predios de la cultura pop.

Aún prevalece el factor tecnológico y de mercado sobre las cuestiones estéticas. Lo importante para muchos interesados en lo que está sucediendo con el criptoarte es la historia detrás de la obra o la narrativa del autor. Por el momento, no se advierte nada sustancial desde el punto de vista sensible salvo el incentivo de abrirse paso en una plataforma que ofrece nuevos beneficios, aunque muchos de ellos están por verse o jamás tendrán una manifestación mensurable. 

Al parecer, el criptoarte ha logrado convertir en un oxímoron la tesis benjaminiana sobre la reproducibilidad y el aura. El arte criptográfico es reproducible y original al mismo tiempo, por lo que el aura de su exclusividad permanece aún cuando su accesibilidad es ilimitada. La autoría queda intacta y la obra no se puede plagiar. Pero esto suena más a la inscripción de una patente que a la generación de un producto culturalmente excepcional (al menos hasta el momento). Como van las cosas, quizá ya no deberíamos hablar más de la pérdida del "aura" a causa de la reproducibilidad sino de su reemplazo tardío por un tipo nuevo de "fascinación" colectiva donde lo estético carece de relevancia.

Boris Groys habla de "aura sin objeto", lo cual se acerca al fenómeno actual. Pero ese aura postfáctico es muy distinto del que solía rodear a las obras de arte convencional. No trae consigo aquella conmoción hipnótica del espectador frente a la obra, sino la euforia expectante del apostador ante la ruleta mientras la pelota gira ingrávida. Es el aura de la probabilidad, cabalgando en una cadena algorítmica. He aquí otra forma inédita de lo estético donde la belleza no reside en la cosa.

Lo que si es extraordinario es el engarce existente entre la idea del arte y la evolución del dinero. En el criptoarte, ambas cosas parecen orientadas a la misma finalidad o por lo menos están "encadenadas" en el mismo sustrato técnico. La antigua creencia de que el dinero y el arte son antagónicos parece disiparse.

La verdad, el dinero no es el problema, sino su relación con los bienes y deseos que puede comprar. Mucho antes de la aparición de las criptomonedas, varios artistas habían confrontado el asunto. En Brasil, Cildo Meireles utilizó monedas y billetes de dólares y cruceiros con cero denominación. En México, Miguel Rodríguez Sepúlveda inscribió la frase "sí merezco abundancia" en antiguas monedas de níquel y Fritzia Irizar realizó obras lijando el pigmento de billetes de 20, 50, 100, 200 y 500 pesos. El japonés Yuken Teruya recreó árboles, paisajes y ciudades recortando billetes de wones, yuanes, yenes y dólares, mientras el venezolano Milton Becerra hizo tapices con monedas de Bolívar. Antes, como ahora, el dinero es una abstracción que establece equivalencias entre el mundo material y el universo financiero, cuestión que aborda el también venezolano Alberto Cavalieri en sus Cryptoblocks. Lo diferente es que tanto el criptoarte como su soporte monetario ahora son plenamente virtuales y lo que se intercambia no está en ninguna parte y en todas a la vez.

Por otro lado, la vertiginosa expansión del criptoarte está generando una avalancha de nuevos nombres y seudónimos de artistas cuyos currículums y statements no se parecen a los que avalan la actividad de los más conocidos artistas "analógicos". No detallan estudios realizados, residencias, premios, colecciones ni exposiciones, salvo apariciones impactantes o flujos virales de sus proposiciones en las plataformas electrónicas. Esa singularidad está redefiniendo los indicadores de referencia tradicional para evaluar la trayectoria de un autor. Su relevancia no está argumentada por conceptos sino sustentada en historias y motivaciones personales, siendo las más seductoras aquellas que cristalizan con ventas millonarias.

De cualquier manera, es pronto para establecer la relevancia estética del cryptoarte. Lo prudente, sin embargo, es contextualizar esta modalidad en el amplio territorio del metaverso, una galaxia virtual en gestación, donde las reglas serán otras y lo que entendemos por arte será diferente. Por el momento, hay que saludar a quienes ya se disponen para colonizar ese nuevo mundo donde el  arte conservará su aura aunque no tenga objeto. Si el augurio se cumple, allí también habrá críticos, curadores y analistas que dicernirán entre lo significativo y lo banal. Entonces la "cadena" de valor (incluyendo la cuestión artística) estará completa.

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