EL DESPLAZAMIENTO Y LA ATENCIÓN EN LA PINTURA INTIMISTA DE KATE ARAOZ
Parte 1
“Pienso que la pintura es la posibilidad de crear y materializar en el mundo físico algo que no existía antes”, (Araoz, 2025) 1.
La pintura como conciliación vital
La obra de la artista boliviana Kate Araoz (La Paz, 1993) plantea un espacio de conciliación entre mundos: entre la memoria y el desplazamiento, entre la pintura y la ecología poética, entre La Paz (BOL) y París (FRA). Habiendo migrado de su país natal desde el 2014, Araoz pinta en el lienzo un inesperado territorio de continuidad, donde el desarraigo no es fractura, sino impulso para un encuentro con lo que nos une a la naturaleza.
Desde La Paz —ciudad suspendida a 3600 metros sobre el nivel del mar y rodeada de montañas tutelares— hasta París, donde actualmente vive y trabaja, la artista ha inventado una relación singular con la pintura: un tercer lugar donde las identidades no se enfrentan, sino que encuentran un ritmo común. La referencia biográfica es más que un dato, es el motor de la estética de Araoz. Su obra aún naciente se ubica exactamente en esa franja donde la pintura latinoamericana contemporánea empieza a repensar el paisaje no como representación, sino como lugar afectivo, espiritual, político y ecológico.
En Pulso Mágico, su exposición más reciente, realizada en la Fundación Patiño (2025), esta tensión aparece con absoluta claridad: el Altiplano, la Amazonía boliviana, París, y el árbol de pistacho son coordenadas que se superponen como capas de un mismo territorio afectivo —una suerte de cartografía emocional. En el “Texto de intención”, Araoz escribe que la pintura se convierte en un lugar donde los mundos que habita “se concilian” 2.
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Kate Araoz
La dualidad entre los países en los que vivo podría haberme causado conflicto, pero el lienzo se ha convertido en el espacio en el que se concilian estos dos mundos, así como el lugar donde puedo desenvolverme con los demás y existir como persona… (Araoz, 2025)3.
Debe tenerse en cuenta que, en la tradición latinoamericana dominante, el paisaje representa una identidad, denuncia una injusticia o construye un imaginario nacional. Pero raramente se aborda como una relación afectiva o un vínculo cotidiano. Vale decir que en América Latina el paisaje por lo general no fue neutro; a diferencia de la tradición europea del paisaje como género autónomo, aquí el paisaje estuvo tempranamente sobrecargado de función ideológica (indigenismo, neorrealismo, modernismo andino).
La pintura de Araoz se sitúa en esa franja que aborda el paisaje desde una dimensión transnacional de la intimidad ecológica. Por ello, la conciliación que efectúa la artista a través de su pintura es cuidadosa de no caer en imposturas. No se expresa en claves autobiográficas ni nostálgicas, tampoco acude al recurso de la exotización ni al de la identidad de origen. Su práctica es sobria e intimista. Sus composiciones abrazan un vacío más cercano al taoísmo, donde la sutileza sustituye al gesto dramático.
Un gesto pictórico
En concreto, dos series componen en la actualidad el cuerpo de su pintura: Cartografía sensible de un árbol – serie en óleo sobre lino y técnica mixta en papel; y Pensar como una montaña – en óleo sobre lino y tinta sobre papel.
En las figuras que parecen emerger en sus pinturas, sean montañas, hojas, o troncos, se aprecia una decisión técnica coherente con el ánimo discreto y más bien intimista: paletas frías, verdes y azules lechosos; veladuras; bordes suaves; ausencia deliberada de líneas duras. El trazo, más que ser descriptivo, registra táctilmente la presencia. Esta cualidad táctil-atmosférica se observa incluso en las pinturas pequeñas al óleo de la serie Pensar como una montaña. Las montañas lucen ahí como si estuvieran emergiendo desde un estado de aparición, un rasgo estético que parece dialogar al mismo tiempo con dos geografías lejanas: cierto paisaje romántico nórdico (Arne Næss, a quien la artista suele citar) y al mismo tiempo con la tradición de la acuarela andina.
Leí que Arne Naess contemplaba la montaña Tvergastein desde muy pequeño y que el hecho de haberla visto por tantos años hizo que esta montaña se convierta para él en una forma paterna. Esto pasó en Noruega, y para mí resuena con nuestra forma de ver a las montañas como el Illimani o el Mururata en La Paz: como abuelos, guardianes antiguos y sabios que nos resguardan. Creo que la necesidad de acercarnos a los elementos naturales trasciende nacionalidad, cultura o lengua y la pintura me ayuda a abordar ese sentimiento, (Araoz, 2025).
No es imitación sino resonancia, vibraciones que acontecen como si estuvieran conectadas en diferentes partes del mundo. Una pintura del paisaje como espacio de intimidad prolongada, de observación insistente, donde el territorio no “significa” algo, sino que afecta, transforma y acompaña.
Para lograr ese cúmulo de sensaciones, la artista juega en la tensión entre lo cálido y lo frío, la paleta de colores insignia que utiliza incide en mezclas a partir del azul cobalto, violeta gris, verde oxido de cromo y el amarillo de Nápoles.
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1 Araoz, K. (Comunicación personal) (2025, 23 de octubre)
2 Dossier de la exposición “Pulso mágico”, p. 4.
3 Extraído del texto de la artista para la exposición Pulso mágico. (p. 4). Fundación Patiño La Paz, 2025.

