RELEER EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES COMO SUJETO Y AGENTE CRÍTICO

La lechuza de Minerva reflexiona sobre el poder de las instituciones culturales en el contexto contemporáneo y crea un espacio donde conviven propuestas de Dagoberto Rodríguez, Regina Silveira o Los Carpinteros, entre otros, para releer la trayectoria del propio centro.

abril 10, 2026
Álvaro De Benito
Por Álvaro De Benito
RELEER EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES COMO SUJETO Y AGENTE CRÍTICO
La lechuza de Minerva. Dagoberto Rodríguez. Foto de Miguel Balbuena

El Círculo de Bellas Artes de Madrid plantea, en el marco de la celebración de su centenario, una iniciativa de carácter expositivo y reflexión crítica con La lechuza de Minerva. Comisariada por Isabella Lenzi, la muestra invita al espectador a cuestionar el papel de las instituciones culturales, incidiendo en sus estructuras de poder y sus dinámicas, a través de un análisis que parte de la intrahistoria del propio centro.

 

Como punto de partida, la propuesta emerge desde la revisión de las exposiciones Madrid: Espacio de interferencias, comisariada por Javier Maderuelo, y El sueño imperativo, comisariada por Mar Villaespesa y realizada en 1991, y que convirtieron el edificio en un espacio de fricción política y poética. Desde ese espíritu, la muestra actual planea la recuperación de ese sentimiento en un plano actual, adecuando y reactivando parte de su esencia en las condiciones y contextos contemporáneos.

La propuesta actual busca situarse en este presente distópico que aborda a través de la reflexión, la crítica institucional e, incluso, la disidencia ejercida desde dentro. La amplitud de iniciativas que concurrieron en aquellas muestras seminales determina la capacidad de las posibilidades de los lenguajes y el entendimiento, desde la distancia, de cómo los colectivos y artistas implicados situaron su crítica desde los márgenes en un contexto institucional. Isabella Lenzi aboga así por instrumentalizar este proyecto para crear una voluntad de abrir el espacio a otras voces, cuerpos y formas de pensamiento en la propia institución.

 

Una de las principales cuestiones que afronta la labor de curaduría es, precisamente, la de eliminar el límite y proclamar el desbordamiento del entorno como un punto clave. Para ello incide en ámbitos sensibles, rozando el tabú, lo que ha podido provocar suspicacias y resistencias. Lo que vemos comprende una revisión de aquellos principios expositivos iniciales, sumándoles una pátina crítica que evalúa las consecuencias de la rigidez estructural y de todos los elementos arquitectónicos que, tanto de manera velada como física, conforman una visión que comprende la tensión.  

Para acceder a este planteamiento, se construye desde la localización y desde las intervenciones de distintos lugares del edificio, donde las propuestas actúan como interferencias de inquietante presencia. No obstante, al visitante recurrente le podría sorprender la reubicación de algunas obras desde su inauguración y la extensión que suponen los vestigios de las performances ya interpretadas.

 

La fachada del edificio presenta una propuesta de carácter poético realizada por María Salgado que pretende iniciar un adecuamiento progresivo a la escucha y la percepción de los elementos y las ideas. En cuanto a la verticalidad, dos obras de la serie Clavos torcidos del colectivo Los Carpinteros, formado en La Habana en 1992 por Marco Antonio Castillo, Dagoberto Rodríguez y Alexandre Arrechea, evidencian esa disrupción para afrontar la narrativa de poder institucional en el reforzamiento de lo físico, mientras que en la azotea se lleva a cabo un trabajo de arqueología urbana para localizar posibles remanentes ocultos de la acción Minerva, Sky Goddess, realizada por Nancy Spero en 1991 en ese mismo espacio.

En ese acotamiento físico y esencial discurren las diversas acciones de interacción con el público y con el edificio. Elo Vega y Rogelio López Cuenca reinterpretan con Danĝero una señal de alerta que emite desde las escaleras, los espejos y las esculturas presentes, mientras que el registro realizado por Itziar Okariz en Irrintzi activa de manera sensorial esa emergencia latente. Más evidente en cuanto a lo conceptual resulta The Saint’s Paradox, una transliteración plástica de una anacronía con la que Regina Silveira subraya la continua relación compartida de poder y religión en la historia iberoamericana.

 

Esencial se plantea igualmente el programa de actividades de carácter performativo que ocupan durante la exposición el edificio con la inmaterialidad de la percepción, la corporeidad como elemento liviano y el sonido. Guards Kissing, de Tino Sehgal, aborda la afectividad y el impacto que esta genera al replicarse en espacios de tránsito, mientras que las acciones de Pedro G. Romero junto a Rocío Márquez y Perrate reinterpretan obras previas en los que los imaginarios han cambiado y, por ende, también cómo el poder se percibe en ese ideario.

Dagoberto Rodríguez accede a subrayar la tensión entre celebración y memoria en A palo limpio, mientras que esa sutilidad planteada quizá se replique de manera más evidente en la acción sonora de Silbatriz Pons, o el Diario de sueños, de Itziar Okariz. Con una vertiente más literaria, aunque profundamente enraizado en lo conceptual, la lectura performativa de María Salgado completa sus obras dispuestas en el edificio, creando un conjunto que plantea la resignificación del edificio desde esa sensorialidad, elemento sobre el que también se vertebra esa intención de activación y renovación algo catártica.

 

La lechuza de Minerva puede verse hasta el 10 de mayo de 2026 en el Círculo de Bellas Artes, Alcalá, 42, Madrid (España).

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