AFECTO, ESCUCHA Y POLÍTICA EN LAS INSTITUCIONES: UNA CONVERSACIÓN CON SOL HENARO

Directora del Museo Universitario del Chopo, Sol Henaro reflexiona sobre su rol, las tensiones de la institución y la construcción de comunidades desde una perspectiva curatorial.

abril 23, 2026
María Galarza
Por María Galarza
AFECTO, ESCUCHA Y POLÍTICA EN LAS INSTITUCIONES: UNA CONVERSACIÓN CON SOL HENARO
Sol Henaro. Crédito: Antonio Juárez

En conversación con Arte al Día, propone pensar el museo como un espacio de negociación, afecto y disputa. Uno donde el deseo, lo colectivo y lo político atraviesan la práctica institucional.

 

¿Cómo venís atravesando tu rol en el Museo del Chopo? ¿Qué te entusiasma o te desafía?

Lo abracé como un reto muy estimulante. Me considero investigadora y curadora, y durante mucho tiempo estuve enfocada en la investigación, la escritura, las exposiciones y en el trabajo vinculado archivos y centros de documentación. Me parecía buen momento para aceptar esta responsabilidad y pensar “curatorialmente” la gestión y dirección de un Museo como este.

 

Me interesaba alejarme de la figura del director entendida de manera vertical, con esa suerte de energía masculina que les solía caracterizar o de quienes dirigen con cierta asepsia y división del trabajo que dificulta implicarse de manera integral con las necesidades y posibilidades de un museo. Quería procurar abrir los poros de la institución e infiltrar otro tipo de políticas de cuidado y de afecto.

¿Cómo pensás la relación del museo con el público o las comunidades?

Prefiero hablar de comunidades, en plural. No hay una sola comunidad, hay muchas, y este museo lo deja ver a lo largo de sus 50 años de existencia. Por ejemplo, las comunidades vinculadas a libertades sexogenéricas encontraron aquí un espacio a inicios de los ochenta. También hubo una relación fuerte con la contracultura y con prácticas artísticas como el performance o las artes vivas.

 

Nuestro trabajo implica tratar de percibir o de leer, aunque siempre con cautela, distintos deseos. Por un lado, los de las comunidades históricas del museo; por otro, la construcción de nuevas comunidades que no habían tenido presencia de manera sostenida o clara. Por ejemplo, estamos trabajando programas para convocar a las infancias y los adultos mayores, pero desde luego también con artistas y profesionales interesados en narrativas y prácticas latinoamericanas, con cierto énfasis en Centroamérica.

 

En ese sentido, buscamos ampliar lo que puede ser un museo, lo he dicho antes: este es un centro social travestido de museo. Lo que me impulsa es ofrecer una pluralidad de contenidos desde un horizonte crítico, resistiendo las lógicas de un mercado dominante y arriesgándonos a impulsar contenidos o prácticas que aún no han tenido el sufiente respaldo o visibilidad.

¿Cómo entendés el rol del museo dentro del ecosistema artístico?

El ecosistema artístico es profundamente heterogéneo. Todos los agentes, ya sean individuales o colectivos, públicos o privados, participan en y de él y lo afectan. No hay jerarquía absoluta.

 

Tengo respeto por todos esos quehaceres profesionales, aunque pueda sentir mayor afinidad por cierto tipo de prácticas o modos de aprehender el mundo y desempeñar un rol. Lo importante es entender cómo cada práctica puede entender su dimensión política y qué tipo de consciencia o compromiso ejerce desde el rol en el que se desempeñe. El museo tiene un rol relevante, pero depende de cómo cada gestión entiende su momento. Las instituciones no son estables y atraviesan momentos más críticos o más débiles según quién las dirige y qué tipo de polendas, herramientas o sensibilidad le distingue.

 

A mí me interesa pensar políticamente tanto al museo como la gestión. Obviamente hay una administración de necesidades, pero desde una forma de pensar intelectualmente la complejidad de la institución.

 

En este caso, se trata de un cargo público dentro de una universidad, la Univerdidad Nacional Autónoma de México. Eso implica una responsabilidad concreta, un lugar desde el cual poner mis herramientas, habilidades y experiencias al servicio de mejorar una institución. Me interesa la encomienda de servicio y facilitar, garantizar y defender el derecho a la cultura.

 

¿Qué implica, para vos, trabajar “al servicio” desde una institución?

Estar al servicio no implica anular el propio deseo ni responder acríticamente al de los demás. Es trabajar desde una escucha consciente, donde hay una negociación constante entre lo que una considera pertinente y lo que emerge del diálogo con otros.

 

También es entender que uno llega con una trayectoria, con experiencias y con una visión que puede proponer ideas y deseos, pero siempre en relación con esa escucha.

¿Cuál es uno de los principales desafíos en tu gestión?

Uno de los mayores retos es cómo polinizar, es decir, cómo activar el deseo en otros y atravesar la inercia o la frustración que muchas veces atraviesa a los colegas y/o a los equipos.

 

Esto sucede en un contexto marcado por contradicciones estructurales de precarización laboral, falta de condiciones justas e inestabilidad. Incluso en posiciones como la mía, no hay garantías a largo plazo. Eso también es importante decirlo ya que hay una fantasía sobre el “haber llegado” que no se corresponde con la realidad del campo artístico.

 

En ese contexto, intento sostener buenas prácticas, abrir espacios de escucha y generar condiciones de trabajo más justas. Pero las resistencias tienen historia, no desaparecen fácilmente. No basta con querer cambiar las cosas, hay que sostener ese cambio, insistir, trabajar sobre él de manera constante e incluso resistir la frustración cuando uno se topa con pared ante ciertos cambios que uno considera que serían necesarios y no se concretan.

 

Pensando en tu participación dentro del conversatorio FORO en Pinta Lima, ¿qué te interesa de los diálogos interregionales?

Los espacios de diálogo me interesan mucho. Son una oportunidad de aprendizaje y de intercambio con colegas que trabajan en distintos contextos para pensar qué estrategias podemos imaginar en conjunto.

 

Forma parte de mi trayectoria desde hace años, a través de redes de trabajo colectivo que me han permitido intercambiar herramientas, experiencias e ideas. Soy parte de la Red Conceptualismos del Sur desde 2010, y ese espacio ha sido muy importante en mi formación.

 

Es una especie de “olla común” de la que todos podemos disponer y también alimentar. Muchas de esas formas de trabajo las llevo a los espacios en los que opero. Eso también ha hecho que esté muy habituada a dialogar con colegas de distintos países de América Latina, lo que ha enriquecido mi perspectiva, no solo historiográfica, sino también en términos de práctica profesional en un sentido amplio.

 

Me interesa pensar en términos de afinidades más que de fronteras. Esas afinidades permiten seguir construyendo vínculos y desdibujar los límites geopolíticos para generar formas de colaboración que se construyen en el tiempo.

 

Muchas veces, estos encuentros no producen resultados inmediatos, pero sí habilitan vínculos que luego se traducen en proyectos, alianzas o colaboraciones. Además, hay algo que sucede en la experiencia presencial: en los cuerpos, en los espacios compartidos, en las conversaciones. Esos momentos también producen conocimiento.

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