CUERPO, TIERRA Y MEMORIA: ANA MENDIETA EN LA TATE MODERN

La institución británica reivindica el legado de la artista cubana en una exposición que explora la relación entre su experiencia vital, naturaleza e identidad mediante una museografía que supera el registro para conectar obras efímeras, audiovisuales y esculturas.

octubre 20, 2026
4 min
Álvaro De Benito
Por Álvaro De Benito
CUERPO, TIERRA Y MEMORIA: ANA MENDIETA EN LA TATE MODERN
Ana Mendieta, «Ñañigo Burial», 1976 © The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC. Con licencia de Artist Rights Society (ARS), Nueva York. DACS 2026. Cortesía de Marian Goodman Gallery y Alison Jacques, Londres. (1)

La Tate Modern de Londres ha logrado con su muestra dedicada a Ana Mendieta (La Habana, Cuba, 1948 – Greenwich Village, Estados Unidos, 1985), la primera gran exposición dedicada en el Reino Unido en más de diez años, profundizar sin fisuras en la figura de una de las grandes artistas latinoamericanas del siglo XX. Pero, sobre todo, la muestra logra entender las propuestas de la artista desde una cuidada museografía que incide en cada aspecto y técnica, inundando el recorrido con una presencia más allá de lo espiritual.

 

El centenar largo de obras dispuestas vertebra una organización por temas, pensamientos y lugares simbólicos necesaria para trazar un corpus que permita conocer las distintas etapas de su trayectoria. Dada la amplitud de conceptos y ángulos que se observan en la obra de la artista cubana, la visión curatorial para esta empresa nada fácil acierta en no dejar un resquicio por mostrar, donde fotografías, películas, archivos, pinturas, dibujos, esculturas e instalaciones conforman una reflexión sobre la concepción del arte de la artista y su relación con la naturaleza.

La experiencia personal de Mendieta marcó intensamente su obra y despertó desde el desarraigo la necesidad de recuperar sus raíces y reconectar con la naturaleza. Con conexiones evidentes con el land art y las prácticas performativas, la muestra logra obtener una visión conjunta desde el registro y la obra material. Silueta (1973-1980), una de sus series más conocidas, sirve como prueba de ello. Dibujando, moldeando o quemando la silueta de su cuerpo en distintos paisajes, y utilizando materiales naturales como tierra, fuego, flores y agua, su propuesta adquiere una dimensión de transformación y renacimiento que, con su desaparición progresiva, cuestiona la concepción tradicional del arte como un objeto permanente.

 

Existe en la exposición una importancia notoria de las sensaciones creadas por el ambiente donde se explora el interés de la artista con el territorio y la identidad. Sus Esculturas Rupestres (1981), talladas directamente en piedra caliza e inspiradas en formas prehistóricas y en las culturas taína y afrocubana, presiden un recorrido extremadamente sensorial. La reconstrucción de su Untitled: Silueta Series (1978), concebido originalmente en el campus de la Universidad Estatal de Nueva York en Old Westbury relanza desde lo sensorial la importancia historiográfica de la que se considera la obra seminal del earth-body art.

La exhibición de sus videos, como la película Ochún (1981), evoca de nuevo esa búsqueda identitaria y la conexión entre Estados Unidos y Cuba que nunca dejó de lado. La muestra señala la relevancia de esa cuestión de encuentro con su participación en movimientos artísticos, sociales y políticos en los años 70, donde se consolidó como parte de la escena experimental y colaboró con estudiantes en proyectos audiovisuales como Parachute (1973) durante su estancia en Iowa.

 

La muestra opta por otorgar una relevancia totalmente justificada al video como resultado y a sus películas más técnicamente innovadoras, alternando la cuestión del registro de manera natural. Sirva para entender esa propuesta la importancia que se le otorga a Bird Run (1974). La sala dirige la mirada hacia esa película breve en la que la artista se transforma visualmente en una figura entre mujer y pájaro, alentando la idea de la transformación y de la identidad híbrida.

Ya trasladada a Nueva York, se integró en los movimientos artísticos y feministas y se convirtió en miembro de A.I.R. Gallery, galería pionera dirigida por mujeres artistas. Posteriormente, ya en los años 80, su trabajo evoluciona hacia la escultura más duradera realizada en el estudio, pero sin olvidar nunca la naturaleza como sujeto activo de su obra. Obras como Nile Born y La Jungla (Totem Grove) (1985) revelan su consistencia en el compromiso con lo orgánico como un todo, aportando ese elemento a la exploración de las formas femeninas mediante dibujos sobre hojas, a veces realizadas sobre papel de corteza como la serie Amategram.

 

La exposición, más allá del éxito de aunar registro y acción, logra recuperar la idea del carácter vivo y temporal de su arte mediante la reconstrucción de varias esculturas efímeras de alto valor iconográfico y semiótico. Quizá la más destacada, Ñañigo Burial (1976), logra captar la atención sobre una silueta formada con velas rituales negras que se encienden recurrentemente y cuya conexión con la santería como elemento identitario permanece viva.

 

La Tate Modern consigue así aglutinar la amplitud y complejidad del legado de Mendieta, poniendo el foco en la dimensión personal y la especificidad de su propuesta, alejándose de lecturas exclusivamente ideológicas que podrían haber amenazado esta plena reivindicación de una artista esencial tanto en su trayectoria vital como en su producción.

 

Ana Mendieta puede verse hasta el 17 de enero de 2027 en la Tate Modern, Bankside, Londres (Reino Unido).

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