ARTE LATINOAMERICANO EN ARCO EN 10 PISTAS Y 3 CONCEPTOS
Proponemos una panorámica del arte latinoamericano recogido en ARCO a través de diez propuestas que ilustran y marcan las tendencias, donde las perspectivas críticas y experimentales, la naturaleza, la materialidad y los procesos orgánicos conforman distintos lenguajes para abarcar temas vertebradores.
Las propuestas artísticas latinoamericanas en ARCOmadrid2026 ponen de manifiesto el inabarcable universo de prácticas y lenguajes desempeñados. En esa constelación, la pintura, la instalación, el revivido textil, la escultura o la performance plasman reflexiones en torno a algunos campos esenciales en las narrativas latinoamericanas, siempre desde la diversidad, pero con puntos en común.
La relación entre naturaleza y la historia, la memoria, la identidad y las realidades sociales de sus contextos vertebran la recuperación de lo ancestral y eliminan, adecuada y comercialmente, las barreras entre el arte elevado y la artesanía. Con esta selección ilustramos tres grandes bloques conceptuales que pueden darnos una visión amplia del estado actual del arte latinoamericano.
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Juliana dos Santos en Luisa Strina. Foto: Álvaro de Benito
Naturaleza, materialidad y procesos orgánicos
La propuesta de Miguel Ángel Rojas (Bogotá, Colombia, 1946) se despliega por la totalidad de la superficie de la colombiana La Cometa, aportando un grado evidente de cohesión con el espacio. Su intención de debatir y analizar las cuestiones que afectan la cohabitación del hombre en los entornos orgánicos se plantea desde la interrelación de diversos lenguajes y técnicas del conjunto de obras. De esta manera, el artista permite una relectura con sus pinturas de carácter detallista y con el concepto de la instalación de las consecuencias del extractivismo y de la acción política sobre la naturaleza.
Juliana dos Santos (São Paulo, Brasil, 1987) presenta en Galeria Luisa Strina un proyecto individual que muestra su trabajo más reciente. Lo orgánico de su actividad estética queda reflejado en las formas sinuosas y en el trabajo técnico con los pigmentos. Como parte del proceso, la oxidación de estos sobre la tela actúa de manera natural y lo incipiente reta a una finalización que parece no llegar. Las posibilidades de los materiales son las que dictan, de alguna manera, una perspectiva ética de coexistencia.
Camila Rodríguez Triana (Cali, Colombia, 1985) plasma en su proyecto para Casas Riegner una oda técnica a la búsqueda de sus raíces. Abocada a la vivencia dual de lo cosmopolita y urbano y lo ancestral, la artista retoma el imaginario natural para conectar, a través de la artesanía en su concepto más iniciático, con una espiritualidad contenida. Concebida como un diálogo entre los resultados —de los que emanan distintos sustratos y lenguajes—, se construye como un enorme manual que facilita esa indagación íntima que abraza al visitante desde todos los ángulos espaciales.
Cuerpo y memoria (y redimensión de lo textil)
En pleno proceso de consolidación del textil en el mercado del arte, la presencia de obras de Esther Chacón Ávila (Santiago, Chile, 1936) en la galería José de la Mano se inscribe en la estrategia del espacio español de recuperar y reivindicar figuras pioneras. En este contexto, se reactiva con la presencia de dos trabajos de factura reconocible la producción articulada mediante elementos escultóricos elaborados a partir de nudos, en los que se manifiesta un sincretismo que emerge desde la técnica para alcanzar una práctica material y de conocimiento.
Sandra Monterroso (Ciudad de Guatemala, 1974) aboga en Fernando Pradilla por la recuperación de una resignificación del textil más allá del gesto técnico. Trazando el camino del saber ancestral y su conexión en la tradición familiar, la guatemalteca incorpora lo cromático como elemento esencial más allá de la técnica, ahondando en la idea de conexión sanadora de sus obras en una clara referencia a una filosofía original.
Chile vive, además, un periodo donde existe una fuerte radicación de las prácticas performativas y feministas. Gabriela Carmona (Santiago, Chile, 1980) parte de la reparación como objetivo de su obra, atrapada entre la práctica performativa y una materialización que pervive como archivo. Encarnapieles impacta en la galería Aninat con su intensidad y una fuerza que sugiere un abrigo simbólico, suturado, que se convierte en la sustitución de un pasado. El acto de coser se impregna de una dimensión política y afectiva que precede a la reparación. Las máscaras textiles de la serie El origen del miedo (2018) subrayan ese poder, la instrumentalización de la representación para superar el dolor.
Ruth Benzácar reivindica la relevancia de Marina de Caro (Mar del Plata, Argentina, 1961), una de las históricas en la práctica multidisciplinar en la escena argentina, si bien resignifica su posición en un diálogo de cierto carácter solista con Ulises Mazzucca y Tomás Saraceno. A través del dibujo, la performance y un primigenio desarrollo del arte textil, su obra refleja el cuerpo como elemento omnipresente y la experiencia vital y física como epicentro. La disposición de una enorme forma tejida frente a fotografías de acciones convierte el espacio en una suerte de instalación donde conviven la parte física más evidente con la acción corporal.
Identidad e hibridación
La obra de Roberto Diago (La Habana, Cuba. 1971) contempla en El Apartamento la historia como instrumental en su práctica, pero desde una perspectiva personal para con las realidades de los afrocubanos y las comunidades desfavorecidas. Sus propuestas se construyen desde los objetos cotidianos y de escaso valor material, como si todo el potencial de su producción recayese en lo simbólico. Con una perspectiva social tras la técnica, el cubano construye relatos que encuentran en cada detalle formal un vestigio que funciona como conector.
Julia Padilla (Buenos Aires, Argentina, 1991) presenta en la argentina Linse, dentro del programa Open Galleries, una invitación a sumergirse en un mundo escultórico y de dibujos de gran formato que aúna materiales desechables, tanto orgánicos como artificiales, para explorar la formalidad híbridas. La familiaridad de los objetos por separado genera inquietud y extrañeza al verlos materializados en una sola, incitando al visitante a adentrase en un universo perturbador y onírico.
Dentro de los procesos de hibridación puede considerarse también la obra de Liv Schulman (Buenos Aires, Argentina, 1985) integrada en el programa espacial ARCO2045: el futuro por ahora. Para ello, reúne seis obras de su serie Hombres Argentinos, una propuesta que oscila entre la retórica más irónica y lo absurdo enmarcado en el tema de las masculinidades. Más allá del marco conceptual, su lenguaje dispara a varios aspectos, desde la economía a la artesanía e, incluso, a cierto carácter perfomativo que no deja de mirar de reojo a un resultado depresivo. Cinco dibujos desplegados completan las dos instalaciones que, desde una mirada curiosa, abogan también por la percepción de la acumulación.

