EL PABELLÓN DE PAÍSES BAJOS Y UNA PERFORMANCE DE CONTRASTES EN VENECIA
Una fila ordenada y holandesa. Un pabellón blanco, alto y cerrado. Nos dieron instrucciones genéricas: no filmar, hacer silencio, respetar el tempo del espectáculo. Entramos todos los visitantes juntos y seguimos la coreografía implícita y fuimos encontrando en donde ubicarnos en el espacio. Hay algo terriblemente solemne en las performances que acomoda la espera, construye una tensión.
Se trata de la primera performance que presentan los Países Bajos en la historia de su pabellón nacional en la Biennale de Venezia. También es la primera vez en la que la arquitectura del pabellón forma parte de la propuesta; o está al servicio de formas menos sutiles que en ediciones anteriores. Un edificio amplio, blanco, diseñado por Rietveld en los años cincuenta como representación de un país moderno, funcional y progresista. Durante los próximos veinticinco minutos, el espacio que al principio parece disponible para todos se va a ir cerrando, oscureciendo, volviéndose inaccesible.
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Pavilion of NETHERLANDS (THE). The Fortress. 61st International Art Exhibition – La Biennale di Venezia, In Minor Keys. Photo by: Andrea Avezzù
En palabras del creador de la performance Dries Verhoeven: “En el mundo real, las personas progresistas son cada vez menos capaces de hacer realidad sus ideales. Por eso, recurren a aquellos ámbitos en los que todavía tienen influencia, como el mundo del arte”.
Siendo parte del público, sospechábamos el uno del otro. Las risas fueron menguando. Hasta que sonó la primera (y falsa) nota: alguien se sacó los zapatos y se instaló como si fuera a quedarse entre nosotros. Pero no era esa mujer la protagonista, sino otra rubia[1] , de mediana estatura, vestida con una camisa, jean y una tote bag que empezó a moverse con confianza escénica.
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Pavilion of NETHERLANDS (THE). The Fortress, 61st International Art Exhibition – La Biennale di Venezia, In Minor Keys. Photo by: Jacopo Salvi
No podemos rastrear su entrada, simplemente la performance ya estaba sucediendo. Emitía unos sonidos guturales, rotos, podridos que desprendían palabras como stop (basta) o help (ayuda). Más tarde: smile, hold your ground, engage (sonreí, mantené tu posición, comprometete). También rage (furia).
Esta mujer, casi animalizada, comienza a recorrer el pabellón y a intervenir sobre los objetos desperdigados. Unos libros enormes, atrapados en resina que parecían bloques. Los agarraba, desplazaba, empujaba. Movimientos torpes pero efectivos. También tocaba las paredes, gritaba contra ellas, les imploraba.
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Pavilion of NETHERLANDS (THE). The Fortress, 61st International Art Exhibition – La Biennale di Venezia, In Minor Keys. Photo by: Jacopo Salvi
A la vez, el espacio se oscurecía. Y la protagonista se acercaba a nosotros sin miedo. Nosotros, claro, con cautela: una mujer del público le agarró el brazo al marido, dos hombres no quisieron mirarla a los ojos cuando les pasó por al lado. En otro momento agarró uno de los libros y lo empujó a otra mujer.
Con la oscuridad, la arquitectura del pabellón iba desapareciendo. Las paredes y las esquinas se desvanecían, dando lugar a una sensación de aislamiento. En complemento con las consignas guturales de la performance sobre compromiso y cuidado, nuestra reflexión, compartida en silencio entre quienes vivíamos esta experiencia, se trasladaba desde la incertidumbre hacia la calma del resguardo. Pero también resaltaba que el resguardo es lo que nos separa.
Dries Verhoeven: “Lo que está fundamentalmente roto en el mundo se vuelve a unir de manera simbólica en las artes. En los Giardini, incluso en medio de todas las crisis, todavía podemos sentirnos seguros y conectados. Con un cappuccino en la mano, recorremos relativamente tranquilos un parque idílico, como si no fuéramos parte de este mundo sombrío”.
En Europa y en el mundo estamos en tensión constante. Las guerras en regiones vecinas, peligrosamente cercanas, afectan intensamente todos los aspectos de la cotidianeidad. Las catástrofes climáticas nos incendian por dentro y por alrededor. Nuestras instituciones se debilitan, y con ellas la confianza que sostiene los tejidos sociales. El discurso genuino se erosiona, y con él se lava el sentido de los principios que sostuvieron nuestra paz. ¿Qué postura tomamos frente a esto? ¿Cómo tratamos a nuestros vecinos, y dónde dibujamos la línea entre el stranger danger y la empatía? ¿Cómo concebimos la otredad, y por qué tiene que ser así?
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Pavilion of NETHERLANDS (THE). The Fortress. 61st International Art Exhibition – La Biennale di Venezia, In Minor Keys. Photo by: Andrea Avezzù
Love yourself. Enjoy. Varias veces más iba a repetir este rezo. Enjoy, enjoy, enjoy (disfrutá, disfrutá, disfrutá). Y después: play music (poné música) y ella que se quedaba con el torso desnudo. Una insistencia con lo sonoro mientras el lugar se iba oscureciendo. En una reacción casi absurda un espectador que parecía un adolescente parecía estar particularmente tentado a reírse. No podía contenerse. Pero la performer tampoco y seguía aullando. Don`t hate yourself (no te odies) y después Do what you can (Hacé lo que puedas). Y las persianas finalmente se abrieron, la performance terminó. Hubo aplausos tímidos.
El título del pabellón neerlandés 2026, The Fortress (El Bastión), el dramatismo arquitectónico de la oscuridad y el desgarro emocional de la performance ponen en jaque las contradicciones de un mundo occidental que se encierra sobre sí mismo y se envenena por dentro, ignorando la necesidad de auxilio y poniendo en riesgo su propia seguridad. Esta antítesis del cuidado confunde refugio con reclusión, y nos aleja de nosotros mismos hasta que la diferencia se vuelve riesgo y el fin se vuelve inminente.
Nos rodeamos de discursos de apertura, pero ¿hasta dónde los practicamos? Esta performance propone reflexionar sobre nuestros instintos de protegernos, y resalta la contradicción que activamos al aislarnos pensando que así nos cuidamos, cuando en realidad eso nos deja aún más expuestos. Expuestos a contraponernos, a diferenciarnos, a cortar los lazos y las comunidades que nos sostienen. Los reclamos gargantuales de la performance sobre el proteccionismo nos devuelven humanidad. Nos exigen conectarnos con la necesidad ya casi ahogada de nuestros vecinos. Pero ¿cómo reaccionamos? ¿Nos incomodamos y evadimos la mirada, o nos compadecemos con el dolor, la frustración y el miedo?
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