LA CHOLA POBLETE: "CUANDO ESPERAN QUE OCUPE UN ROL DE VÍCTIMA, ME COMPORTO COMO UNA DIVA"
Una entrevista a La Chola Poblete
La Chola Poblete (Guaymallén, Argentina, 1989) se ha consolidado como uno de los grandes nombres a seguir del arte latinoamericano. Su propuesta, visualmente impactante en su sencillez y efecto, nos traslada a una producción que nace del diálogo entre el cuerpo, la calle, lo cotidiano y una constante idea de que el arte debe entenderse como acción. Desde el underground y la cultura popular, su lenguaje se consolida a través de la pintura, el dibujo y unos materiales que son capaces de continuar la actividad performativa desde la propia evolución que marca la artista.
Lejos de renunciar al salto a lo institucional, su obra comienza a copar espacios institucionales, galerías, ferias y museos, entornos en los que se siente cómoda jugando con las expectativas que se proyectan sobre ella. Aprovechando su doble presencia estos meses en Madrid, donde expone continentes como semillas en La Casa Encendida y presenta en Travesía Cuatro MARRÓN BARROCO, su primera individual en ese espacio, conversamos con ella sobre los límites entre arte y vida, la transformación del cuerpo y los materiales, y la necesidad de seguir incomodando desde cualquier lugar.
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La Chola Poblete, Niño de Elche y Pedro G. Romero: continentes como semillas en La Casa Encendida,
Ahora estás rodeada por el universo interdisciplinar de continentes como semillas, donde conviven performance, pintura, dibujo y componentes musicales. Tu producción destaca también por emplear una variedad de técnicas y disciplinas que conversan, pero cuyos resultados son muy distintos. Cuando los lenguajes de terceros entran en juego, ¿cómo los integras en una expresión propia para articular una propuesta así?
Me parece muy interesante. Cuando me hicieron la propuesta de trabajar con Pedro G. Romero y Niño de Elche y vi las piezas, al principio no entendía cuál era el punto, pero, al ver la exposición terminada, me pareció muy relevante la relación que se generaba. Sentí que había algo performativo en la música de Niño de Elche, en el gesto del tejido y en el manto, lo cual relacioné mucho con los aguayos. Es curioso porque originalmente eran textiles artesanales que contaban historias y se heredaban, mientras que hoy en día son industriales y los hace una máquina. Me interesa mucho esa relación formal. Por otro lado, también me atrae la idea de irrumpir e invadir un espacio con una exposición: traer ese lugar marginal, desde la calle hacia el interior.
Al invadir el espacio con esa proyección, la obra y tú misma entráis en las dinámicas del sistema institucional. ¿Cómo llevas la tensión entre criticar el sistema y participar de él? ¿Lo ves como una oportunidad para visibilizar la denuncia o más bien como una provocación dentro del propio juego del arte?
Siempre me he posicionado como una artista del underground. Mis primeras obras se enmarcaban en espacios donde lo único que me interesaba era el arte de acción. Mis referentes en ese momento eran Regina José Galindo, Pedro Lemebel, Giuseppe Campuzano o Ana Mendieta, porque había algo en el cuerpo y en la calle que me interesaba para construir mi propia identidad. Cuando aparecieron las oportunidades de exhibir en galerías, ferias y museos, sentí que la expectativa era que me limitara, así que hice todo lo contrario. Mi carrera se ha basado en entender esos mecanismos y sistemas de poder para usarlos a la inversa.
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La Chola Poblete, Niño de Elche y Pedro G. Romero: continentes como semillas en La Casa Encendida
Quizá también existe la expectativa de que los artistas que vienen del margen, cuando entran en el circuito institucional, tengan que adoptar una posición más sumisa, más pendiente de las expectativas del mercado o de la crítica.
Cuando me hablan de colonialismo, digo: «Bueno, ahora me voy a apropiar de esto y voy a colonizar este lugar». Cuando esperan que ocupe el rol de víctima, me comporto como una diva. Es una forma de ocupar un espacio y no me parece mal. Al fin y al cabo, el arte es un trabajo, aunque al principio me resultara extraño vivir de él. Se trata de darle la vuelta a los clichés sobre dónde deberías estar según la producción que haces. Me gusta decir muchas cosas a través de las imágenes. Cualquier persona que entienda el mundo en el que habito puede comprenderlo. Por eso me da igual estar en la calle que dentro de una institución: no me privo de nada.
Existe en tu obra un uso deliberado de un lenguaje eminentemente urbano y occidental, aun habiendo nacido y crecido en un entorno rural mucho más vinculado a lo indígena. Esto nos lleva a aquello de lo que se espera de alguien por su origeny si el resto es apropiación. Obviamente, es una constricción, pero, ¿cuál es el sentido de ese gesto y qué pretendes con ello?
Me considero una recolectora de situaciones. Me interesa mucho el contacto con la calle y el under. Cuando voy a un bowling, por ejemplo, me meto a los baños y fotografío todos los grafitis y notas que deja la gente. Me parece bellísimo ese gesto impulsivo e inmediato de plasmar lo que estás pensando o la canción que se te vino a la cabeza. Siempre lo he considerado arte. Además, me considero una persona del rock porque he vivido muchos años en ese ambiente y es algo muy mío. También me gusta escribir, por lo que siento ese lenguaje muy cercano y no lo veo como una apropiación, sino como parte del mundo que habito. He formado parte de colectivos, me he juntado en casas a pensar consignas para marchas y he formado parte del activismo. Todo eso te acerca a las paredes pintadas. Aunque exista una curaduría, me gusta traer a todas esas personas que fueron decisivas para generar cambios culturales y sociales.
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La Chola Poblete, Niño de Elche y Pedro G. Romero: continentes como semillas en La Casa Encendida,
Al observar parte del grueso de tu propuesta, la carga performativa sigue siendo evidente en tu lenguaje pictórico y material. Ese sustrato que yace en cada dibujo, en cada collage, en cada acción pictórica me hace plantearme si lo que vemos actúa como un fin en sí mismo, como un mero registro o como parte de la propia acción performativa.
Es un punto interesante. Siempre he dibujado y me considero dibujante, pero empecé a utilizar mi cuerpo para volcar las preguntas que tenía sobre mi identidad y sobre lo que consideraba que debía ser el arte. Con el tiempo, sentí que en la performance ese concepto estaba agotado y me cansé de mi propio cuerpo y de la teoría. Empecé entonces a buscar materiales que pudieran ser performativos por sí mismos, como el pan. Vi que podía darle una forma inicial, pero me interesaba el proceso posterior: si aparecían gorgojos o si la forma desaparecía. Eso me parecía lo más cercano a transicionar, porque la transición definitiva es la muerte. Me parecía hermoso y tenía mucho que ver con lo que me estaba pasando con mi género.
Ahí de nuevo encontraste un vínculo, más de técnica, entre esa historia y proyección personal con un concepto como es la transformación.
También encontré algo similar en la acuarela. Las trabajo en horizontal, mezclo tintes y, al volver al estudio al día siguiente, descubro que todo se ha deformado. El arte de acción o la performance sigue estando presente, ya no en mi cuerpo, sino en los materiales. Pasa lo mismo con las papas: cambian de color, pierden el olor... Hay algo vivo en esa transformación que me interesa mucho. No sé si es un registro o un residuo; lo veo más bien como un devenir del cuerpo.
La reinterpretación de logotipos e iconos populares como símbolos de aquello contra lo que se quiere luchar no ha respondido tradicionalmente a segmentaciones o clasificaciones de los artistas. ¿Dirías que existe cierta preferencia en el uso de estos símbolos como recurso universal para crear un mayor impacto en la denuncia?
Funciona de manera parecida a una iglesia, donde hay una iconografía y unos símbolos muy claros. Me interesa que el espectador —el público general, no el teórico o el intelectual— no se sienta expulsado y pueda reconocer lo que ve. Quiero que cualquier persona que entre a un museo o a una galería pueda entender ese lenguaje. Por otro lado, los logotipos que elijo tienen que ver con la identidad argentina. Cerveza Quilmes, por ejemplo, adopta el nombre de un pueblo originario, algo muy interesante si se investiga su origen. En la exposición, la primera lectura remite a la cerveza, pero en un nivel más profundo habla de otra cosa. En una iglesia ves una paloma y no piensas solo en el animal, o ves el pan y el vino y no piensas en emborracharte, sino en la simbología religiosa. Jugar con las imágenes y cambiar su contexto para generar otra narrativa me parece un recurso muy potente.
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La Chola Poblete. Foto: Álvaro de Benito
En esa misma línea, como se certifica en algunas de las series de pinturas y acuarelas con Quiero dormir cansada (2026) que se muestran en MARRÓN BARROCO, siempre se puede apreciar en tu obra un lenguaje muy pop, de colores planos y de gran impacto visual.
Yo me considero una artista pop y siempre me ha fascinado el arte pop y en Argentina hay una corriente muy marcada que resuena en mi obra. Me interesa que la pieza se pueda recibir como quien escucha una canción, que te transporte y te permita identificarte con lo que estás viendo. No creo en el arte conceptual, me aburre. No me interesa sentarme frente a una obra solo a pensar porque no me cambia nada. Prefiero pintar una pared de forma más punk, real, cercana y popular. Hay mucho de ese folclore argentino —el choripán, estar en la calle con una cerveza, escuchar cumbia— que te lleva a ser este tipo de artista. Todo lo demás me hace sentir demasiado fina, ajena, y me gusta jugar con esa idea de lo popular. Cuando siempre me dicen que soy una ordinaria, yo digo que no soy una ordinaria, sino que soy una extraordinaria
Atendiendo a tus trabajos más recientes, no sé si se puede afirmar que la expresión corporal física, la performance en su sentido más estricto, está quedando relegada a un segundo plano. Esto me plantea la duda de si se trata de un distanciamiento progresivo de la acción o si la performance simplemente se ha repensado hacia algo más sutil.
El año pasado hice mi última performance en barro en Buenos Aires, pero no siento haber dejado de hacer performance porque la sigo practicando en mi vida cotidiana. Al salir a la calle sigo siendo un cuerpo que atraviesa situaciones. Si voy a un restaurante, probablemente genere incomodidad, y eso es lo mismo que venía haciendo con mi cuerpo en el arte. Ya no necesito enmarcarlo en una institución o en una fotografía. Por ejemplo, nunca cambié el nombre en mi DNI. Cuando estoy en un aeropuerto y el personal de seguridad no sabe cómo reaccionar ni cómo tratarme, eso es una performance cotidiana, solo que no la estoy grabando porque la estoy viviendo. Entro a ciertos espacios como La Chola, pero si me para la policía, soy la persona a la que mi mamá le dio ese nombre. No me genera disforia ni disociación; es convivir con eso. Sigo siendo una artista de la performance, solo que no necesito que nadie me registre.
La Chola Poblete, Niño de Elche y Pedro G. Romero: continentes como semillas puede verse hasta el 10 de enero de 2027 en La Casa Encendida, Ronda de Valencia 2, Madrid (España). Por su parte, MARRÓN BARROCO puede visitarse hasta el 7 de noviembre de 2026 en Travesía Cuatro, San Mateo, 16, Madrid (España).

