MATILDE MARÍN Y LOS RIBETES DE SER ARTISTA TESTIGO

Por Violeta Méndez

Tanto el trabajo expuesto como el guardado llama la atención en el taller de Matilde Marín. En las paredes sus fotografías emblemáticas roban la mirada, pero también lo hacen sus documentos forrados y etiquetados en sus mesas, las cajas llenas de libros en el piso, como las pilas de carpetas en su estante. La imagen se completa con su palabra, la que explica por qué el archivo también es protagonista.

MATILDE MARÍN Y LOS RIBETES DE SER ARTISTA TESTIGO

Parecía que estaba lista desde siempre. Ofreció café y galletitas, todo dispuesto elegantemente en una mesa para cuatro, con mantel azul oscuro con dibujos de flores blancas. Combinaban con el espacio entero, amplio, iluminado, fresco y ordenado; un taller en San Telmo vecino del loft de la artista. “Capaz me salga del libreto, tengo varias cosas para aportar”, dijo mientras servía el café. Matilde Marín comprendía el proceso, no se iban a tener que regrabar las tomas, ni explicar tanto las preguntas, ni intervenir mucho. Ella contaba su historia frente a la tribuna de tres que la oía.

 

El video que se grabaría esa mañana serviría como “Open file”, un cortometraje biográfico en el marco de su participación en Pinta BAphoto, una feria de arte especializada en fotografía. Llevó tiempo encontrar el lugar adecuado para la entrevista. La primera opción fue en un pequeño patio exterior que tiene Matilde, donde jugaba Ágatha, una de sus dos gatos. Aunque la imagen era bellísima, el ruido de una obra no lo hacía viable. Se corrieron mesas, sillas, sillones, en búsqueda de la imagen adecuada. Finalmente se optó por hacerla adentro del taller. Matilde se sentó en una gran silla negra –ella también vestida de negro con el toque de unas botas violetas– se acomodó tranquila, se hicieron un par de aclaraciones a las que asintió, sonrío y dijo: “bueno, cuando quieran”.

Matilde se siente una artista testigo. “Me siento como una artista testigo. Soy una persona consciente de lo que pasa en el mundo, lo que pasa en la sociedad, soy consciente. Y lo mío, si bien tiene ribetes estéticos, tiene también de compromiso social o de compromiso político. Están mostrados de manera delicada, pero ser artista testigo para mí es un servicio que de algún modo cumple con mi profesión”, dijo. Matilde registra huellas y deja las suyas, y se siente cómoda en aquel rol. Comenzó su carrera artística como escultora, pero se apasionó por el grabado, hasta que un accidente en las manos la obligó a cambiarse de disciplina, y fue con la fotografía que el mundo entró en su obra de una manera diferente, dijo el crítico Fabian Lebenglik alguna vez.

                                                                                                        

Se levanta y busca nombres para citar, no quiere equivocarse. Luego de hablar a cámara, pregunta si está bien lo que dijo. Y sí, están bien.

Matilde Marín fotografió los faros del mundo, y con ellos sus historias místicas, de amor, de política. Sobrevoló ríos y glaciares, y registró videos mientras lo hacía. “Todo lo vivo, todo lo natural, es un archivo de intensidad y de inmensidad”, confesó en alguno de ellos. Capturar el estado en el que la naturaleza se ve actualmente e imaginarla cómo puede verse en el futuro también es responsabilidad artística. Matilde Marín fotografió El tiempo suspendido durante la pandemia de COVID-19, imágenes solitarias que ha hecho bailar con poesías de Adriana Almada. Plasmó la Persistencia del arte, fotografiando en diversas ciudades del mundo pequeñas cotidianidades donde la palabra ARTE cobra múltiples significados. Materializó La ilusión, inmortalizando un día de Karina, vendedora de burbujeros; La necesidad, enmarcando carros llenos de cartón, basura y madera; como también La recolección, a través de foto-performances con protagonistas como papeles, piolines, ramas, piedras, cintas de embalaje, bolsas, alimentos y pompas de jabón. No tiene terror de crear imágenes, “puedo caminar con mis obras”, aseguró.

 

Habla segura, no omite detalles. Pero en la seguridad de su voz no se pierde la dulzura. “Soy bastante aventurera de algún modo”, dice mientras Ágatha sube a sillones, mesas, y cruza fugazmente frente a la cámara.

Explicó que aún sigue siendo fiel a su antiguo amor: el papel. “Mucha de la fotografía que produzco se hace sobre papel de algodón, con ediciones muy pequeñas, muy cuidadas. Ahí hago el mix. Y esta versatilidad me ha generado situaciones nuevas que son bienvenidas siempre”. Ahora, su obra está girando hacia registros fotográficos y documentales, pero también registros escritos. “Quiero que camine la artista que escribe”.

 

En una conferencia en Madrid, Matilde escuchó de Robert Storr que el arte no puede cambiar al mundo, pero sí dejar un registro, y comprendió que el artista tiene cierto poder. “En mis publicaciones de algún modo dejo un registro, un pequeño paquetito para que pueda ser mirado, para que pueda ser leído y que quede en una biblioteca, por ejemplo. Es una forma de trascendencia de algún modo”, dijo. La imagen de su obra como paquetito-archivo-trascendente es conquistadora.

 

Para finalizar la entrevista mostró sus obras. “Ese es el faro violáceo de Australia y este de Julio Verne, el faro del fin del mundo; este es el de Islandia, el faro más cercano al círculo polar ártico… Esta es la isla de Cabo Verde en el medio del atlántico… Esto es en Argentina, tiene que ver con la fragilidad del momento que pasó en el 2001, 2002… Esa la saqué en Venecia en los ‘90… La tacita es de Vietnam… de Japón… de Berlín...”. Se asoma su amor por la palabra, en su fanatismo por la literatura japonesa, en sus propios libros de fotografía, en su búsqueda de capturar historias, y en su ahora nueva proyecto, de que camine la artista que escribe.

 

 

*Imagen de portada: Retrato por Ariel Rivero.