INVOCAR LO ESPIRITUAL DESDE LA SUPERFICIE: ASÍ FOTOGRAFÍA ALBERTO GOLDENSTEIN
“La fotografía es otra cosa. Me lo digo todo el tiempo. La fotografía es otra cosa”, dijo Alberto Goldenstein, una de las figuras más importantes de la fotografía contemporánea argentina, casi al final de la entrevista. Antes había explicado que le incomodaba el lente de una cámara digital y que prefería el analógico; después largó esa frase, como una reflexión final sobre los cambios en la disciplina. Al principio me atormenté, creyendo que se me escapaba esa “otra cosa”, hasta que entendí que está escrita en esta entrevista, además de estar materializada en sus obras.
Goldenstein (Buenos Aires, 1951) es fotógrafo, docente y curador. Empezó a fotografiar después de un viaje de descubrimiento a los veinticinco años, que lo llevó a estudiar en la New England School of Photography de Boston con Joel Meyerowitz y John Szarkowski, en blanco y negro y, desde 1985, en color. Cuando volvió a Buenos Aires, se vinculó con artistas como Alfredo Londaibere, Marcelo Pombo y Jorge Gumier Maier, y emergió en la escena del Centro Cultural Rojas de los años 90 con una mirada pictórica y espontánea que revolucionó el uso del color y el encuadre en la fotografía argentina. Dirigió la Fotogalería del Rojas entre 1995 y 2019 y dictó durante 25 años su taller Imagen Fotográfica. En 2018 el Museo de Arte Moderno presentó su primera retrospectiva, La materia entre los bordes. Recibió el Premio Nacional a la Trayectoria Artística (2023) y el Premio Federico Jorge Klemm – Primer Premio Adquisición (2025) por su obra S/T (díptico). Este octubre participará en el Special Project de Pinta BAphoto 2026.
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Alberto Goldenstein
Decís que en tu práctica tu manera de ser flâneur es perderte. ¿Te perdés de la misma manera que cuando empezaste a fotografiar?
Llegué a ser fotógrafo básicamente por estar perdido. Perdido en el sentido de estar haciendo cosas que no tenían que ver conmigo y no saber qué sí tenía que ver conmigo. Así que la fotografía de alguna manera fue en donde me encontré. En el origen la fotografía tenía que ver con haberme encontrado. Hubo algo de esa experiencia original que fue la que me fue guiando en el desarrollo del trabajo. Necesitaba estar en ese estado de desconcierto, por llamarlo de alguna manera, para poder encontrar el punto de vista que me interesaba. Fue a partir de ahí que estar perdido casi que se transformó en una especie de estrategia, y te diría que es el lugar desde el cual puedo ver fotográficamente, desde el desconcierto.
Así que hay una diferencia: al principio me encontré y después me perdí.
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Alberto Goldenstein. Sin título, serie Mar del Plata (2001) Copia cromogénica 2002 , 16x23,5 cm
Registrás la ciudad porteña desde mediados de los 80. ¿Cómo comparás lo que significaba registrar entonces con lo que significa ahora?
En los 80 volví de mis años de formación en Boston. Me convertí en fotógrafo allí. O sea, que el que volvió no es el que se fue. Esos primeros años fueron de descubrir la ciudad de Buenos Aires. Descubrirme yo, descubrir la ciudad. De alguna manera mantener un estado de extranjero que ya venía experimentando viviendo en Estados Unidos. Allá era un alien y ese estado de alien se mantuvo cuando volví.
Muchos años después, en el 2004 específicamente, vuelvo a hacer una serie sobre Buenos Aires, que se llamó Flaneur. Ahí más que descubrir Buenos Aires, la estoy narrando. Y la estoy describiendo con referencias en la cabeza de Walker Evans o referencias así vagas, inspiradoras, pero siempre en diálogo con ciertas figuras de la historia de la fotografía.
En los 80 descubrirla y en los 2000 describirla.
Decís que la fotografía es superficial, en el sentido de que se fotografían apariencias. ¿Cómo dialoga esta idea con el arte?
En mis clases y talleres venía la gente y quería fotografiar el alma de las cosas, de las personas o ir más allá; hacían esos esfuerzos mayormente vanos. Entonces apelé a una idea que sostengo y es que la fotografía es muy limitada y solo puede describir la apariencia de las cosas al momento de ser fotografiado. En ese sentido, la fotografía es completamente superficial. La herramienta es la superficie de las cosas para poder hablar de ellas. Hay algo del orden de lo mágico o de lo esotérico o de lo inexplicable que puede linkear con la idea del arte y es que ¿cómo puede ser que, si yo describo la superficie de las cosas, si las observo, si las saboreo analíticamente, puede aparecer otra cosa? El arte es una especie de operación de invocar a través de lo visible, a través de lo visual, invocar algo invisible, algo del orden de lo espiritual.
Ahí me parece que la superficialidad es algo común a la fotografía y al arte. Yo lo vivo así, si quiero ir profundo tengo que abrazar la superficie.
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Alberto Goldenstein, Buenos Aires, 1986, 1986. Impresión manual cromogénica, 42 x 54.4 cm. Cortesía Nora Fisch
¿Qué gestos de otras disciplinas tomás para producir obras?
Yo aprendí mucho de los artistas y aprendo. Pero aprendí sobre todo cuando volví de Boston. Lo primero que tomé de los artistas plásticos, como se los clasificaba antes de los 90, eran varias cosas que a mí me interesaban mucho. Uno era el ejercicio de la libertad. La idea de la mancha, del error, del accidente, del bochorno, del mamarracho. Algo que no veía en el mundo de la fotografía, donde había un peso muy fuerte en la corrección técnica e incluso hasta temática. Veía que los artistas plásticos se manejaban con una libertad que los fotógrafos no. Y para mí la fotografía, por cómo llegaba a ella, fue siempre como un ejercicio de libertad absoluta. Yo nunca trabajé como fotógrafo y las veces que lo hice fallé. Entonces eso fue lo primero que tomé: el disparate.
Después tomé de la performance pensar la fotografía como un acto performático. Un acto en donde el fotógrafo pone el cuerpo en una situación. Cuando era chico o adolescente miraba mucho National Geographic, la revista. Veía esas fotos tomadas en medio de la selva y todo el tiempo pensaba en el que las estaba sacando. Pensaba en lo que estaba viviendo el fotógrafo, más que la foto.
También hay algo que tomo del pensamiento abstracto. Yo fotografío desde una visión muy abstracta, aun siendo figurativa y realista, pero todo el tiempo estoy viendo la abstracción.
Decís que fotografiás con una actitud de “desconocimiento”, que te sentís atraído por las cosas que no entendés del todo. ¿La fotografía finalmente te ayuda a comprender las cosas?
La fotografía me permite entenderme a mí. Entender mi punto de vista como algo físico. No sé si quiero entender las cosas. Me parece un esfuerzo medio inútil. No sé si estamos aquí para entender. Yo creo que estamos aquí más bien para mirar, más que para entender. Y, en ese mirar, puedo elegir qué es más importante, o menos importante (en la fotografía). Como un juego. Puedo jerarquizar lo banal, o puedo banalizar lo importante. Puedo poner todo a ser parte de una trama en donde nada se destaca. Donde el ojo queda libre para circular, subir, bajar, quedarse ahí. Entender no es algo que me importe.
¿Qué es lo valioso de esa mirada?
Soy libre.
¿Cuál es tu serie favorita y por qué?
Si me lo preguntabas hace unos años no lo podía saber. Ahora se me ocurren dos series para mencionar. Una, un cuerpo que llamé El mundo del arte, que empezó siendo retratos de artistas en los 90. Un proyecto puntual de ejercicio del retrato clásico mezclado con elementos del snapshot. Y las fotografías que tomaba con pocket y color, sacadamente, de ese mundo del cual formaba parte y participaba. Recién en el 2018 fue mi muestra retrospectiva en el Museo de Arte Moderno y para esa oportunidad le di forma a todo ese trabajo; le di un formato de video proyección. Me parece que lo elijo porque ahí estaba de alguna manera trabajando con una idea de ruptura, estaba desaprendiendo todo lo que había aprendido. En los 90 me dediqué a desaprender todo lo que había aprendido en relación a una fotografía en mi época de formación y quería romper, romper, romper.
Y la otra serie que fue muy importante y que sigue siéndolo es Mar del Plata (2001). En ese momento quería tener una obra que dialogara con el arte contemporáneo. Esa fue mi pretensión. Una pretensión en principio medio loca porque era muy abstracta, pero quería participar de ese juego. Lo que se me ocurrió fue fotografiar Mar del Plata lo cual era algo absurdo, porque me parecía el tema más cliché, banal y todo lo contrario a lo que me parecía que tenía que tratarse una obra contemporánea. Pero había algo, como siempre, de la idea de estar perdido. Me decía: "Es eso, es eso, es eso, es eso." Después de fotografiarla, con esa energía medio ridícula, quedé completamente desconcertado. “¿Y esto qué es?” Al principio me pareció una porquería. Finalmente, resultó que esa serie fue la primera en donde encontré mi singularidad como fotógrafo. Una singularidad que no hubiese podido programar, pensar y mucho menos inventar. Una singularidad que tiene que ver con todo lo que aprendí y luego lo que desaprendí. En un tema banal, cliché y que tiene que ver con la vida de todos, los argentinos y los porteños, en particular. La serie me dio la pista para todo lo que vino después.
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Alberto Goldenstein, Retrato de Feliciano Centurión, 1993. Impresión cromogénica en papel fotográfico. Copia vintage de edición de 6+AP, 31 x 46 cm. Cortesía de Nora Fisch
¿Cuáles son los cambios entre la primera y la segunda serie de Mar del Plata?
No volví a hacer prácticamente nada con Mar del Plata desde el 2001. Pero este verano 2026 me dio ganas de insistir con algo muy puntual que fue meterme en el caos de la playa en el momento pico de la temporada. Fui por el día. Me fui a la mañana con un bolsito con la cámara y me metí en la playa. Me metí, me metí, caminé entre las lonas, los termos, las sombrillas, los nenes, las pelotas, todo eso. Disparé. Ya lo tengo, el tema, lo manejo, lo conozco, ya sé. Entonces, lo puedo hacer rápido. Y eso fue lo que hice con una cámara con otra tecnología. La cámara mirrorless full frame con un formato panorámico. Empecé a jugar con lo que la tecnología ahora nos da. Salí de mi casa a la mañana y estaba en mi casa de vuelta a la noche con 300 tomas.
Estas dos series, que se van a ver juntas en Pinta BAphoto 2026, hablan de dos momentos de la Argentina, dos momentos míos y dos momentos de la tecnología.
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Alberto Goldenstein. Sin título, de la serie Mar del Plata, 2001. Fotografía, Impresión cromogénica vintage, 2001. Imagen de 15,5 x 22,5 cm en marco de 26 x 35,5 cm. Prueba de Artista de edición 6 + PA. Cortesía de Nora Fisch
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Alberto Goldenstein. Sin título, de la serie Mar del Plata, 2026. Fotografía. Impresión Giclée sobre papel Canson Baryta. 50,5 x 90 l Enmarcada: 55,5 x 95 cm. Numerada 1 de edición 5 + PA. Cortesía de Nora Fisch
Después de tantos años de trayectoria, ¿qué es lo que te sigue convocando a sacar fotos?
Esa es la pregunta del millón. Dos respuestas posibles. Una: la fotografía fue algo que vino a mi vida. Empezó moderadamente a mis 26 años, a los 29 me cayó la ficha, pero fue algo que me abdujo. La fotografía me abdujo. Nunca me sentí dueño de eso. Y así como vino, yo siempre estuve dispuesto a que se vaya. Y sigo dispuesto a que se vaya. No me ato ni la ato. Vino un día y se puede ir, adiós. No se va. El motor sigue, me lleva puesto.
Segundo. No me gusta ser solo víctima del impulso, también me gusta adueñarme un poco de eso. Yo sigo aprendiendo. Todavía estoy tratando de ser fotógrafo. Estoy tratando de ser mejor o más singular o más nítido. Y también me siento desafiado por la época. En los 80 me sentía desafiado. Siempre me gustó el desafío, trabajé en función de ello. Me siento desafiado en la época porque escucho sobre la posfotografía, la fotografía expandida, que con el fin de la analógica se terminó la fotografía. Todo eso me parece razonable, pero yo todavía no encontré el fondo del tarro. Yo veo que la disciplina tiene un poder de fascinación inacabable. Sí veo que el desafío obliga a cavar más hondo. Hay que ir más profundo. Todo el mundo fotografía, a nadie le interesa. Yo siempre trabajé para los que no les interesaba la fotografía y sí les interesaba el arte. En ese sentido tengo potencialmente más público.
Creo que mi desafío es ese, tener que ser más profundo para que la fotografía siga apelando a esa fascinación que para mí sigue teniendo y para que tenga sentido qué cosa es ser fotógrafo, que esa categoría existe y tiene una razón de existir. Hay algo que es ser fotógrafo y hay algo que es no serlo. Trabajo para eso.
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“No inventé nada”, dice cuando apagamos el micrófono. Paseamos alrededor de su casa. Muestra sus obras de Boston, Buenos Aires, Mar del Plata, el norte argentino, Miami, de los 80, 90 y las décadas que siguen hasta hoy. Mi preferida es una foto de un pato que él tituló Autorretrato. Una imagen oscura por el agua y porque es de noche. El animal parece estar solo, fuente de luz, blanco, pero después de un rato encuentro una segunda figura en la foto. Una sombra, la sombra de Goldenstein. Y entonces entiendo la entrevista, entiendo que la fotografía es otra cosa.
Esta conversación sucedió en la grabación de un Open file —iniciativa de Pinta en colaboración editorial con Arte al Día—, una serie de entrevistas y contenidos de investigación que busca acercar al público el trabajo de artistas contemporáneos de América Latina.

