BIENAL DE VENECIA 2026: UNA MIRADA CONTEMPORÁNEA SOBRE MEMORIA, ARCHIVO Y TERRITORIO

En la 61ª Bienal de Arte de Venecia, titulada In Minor Keys y concebida por la curadora camerunesa Koyo Kouoh, artistas y proyectos de América Latina ocupan un lugar destacado dentro de una edición atravesada por reflexiones sobre memoria, territorio, identidad y saberes comunitarios.

junio 22, 2026
Rosario Villani
Por Rosario Villani
BIENAL DE VENECIA 2026: UNA MIRADA CONTEMPORÁNEA SOBRE MEMORIA, ARCHIVO Y TERRITORIO
Monitor Yin Yang, 2026. © Matías Duville. Ph Giacomo Bianco. Cortesía de Barro Galería

Venecia vuelve a convertirse en el epicentro del arte contemporáneo con la 61ª edición de la Bienal de Arte. Bajo el título In Minor Keys (En tonalidades menores), la edición de 2026 está marcada por la visión de la curadora camerunesa Koyo Kouoh (Douala, 1967 – Basilea, 2025), quien hizo historia al convertirse en la primera mujer africana designada para dirigir artísticamente la muestra.

 

La presente edición estuvo atravesada desde sus inicios por una serie de circunstancias excepcionales. A la repentina muerte de Kouoh pocos meses antes de la apertura se le sumaron las tensiones institucionales y políticas derivadas de conflictos bélicos internacionales, los debates sobre la participación de determinados países y la renuncia colectiva del jurado internacional en protesta por la decisión de mantener la elegibilidad de artistas provenientes de Rusia e Israel.

Más allá de estas controversias, In Minor Keys toma como punto de partida la metáfora musical de las tonalidades menores. A partir de ella, Kouoh propone una reflexión sobre formas de percepción alejadas de los grandes relatos dominantes, privilegiando la escucha, la contemplación y la atención hacia aquello que suele permanecer en los márgenes. La muestra aborda cuestiones vinculadas con la memoria, el archivo, las historias subalternas, los saberes comunitarios y las relaciones entre espiritualidad, territorio y cultura.

 

En ese contexto, la presencia latinoamericana ocupa nuevamente un lugar especialmente destacado dentro del panorama general de la Bienal. Diversos pabellones nacionales, exposiciones colaterales y proyectos especiales abordan problemáticas vinculadas con los procesos coloniales, las memorias colectivas, los saberes ancestrales, las identidades disidentes y las relaciones entre territorio, comunidad y naturaleza.

 

Desde el Caribe emergen algunas de las propuestas más potentes. La artista puertorriqueña Sofía Gallisá Muriente (San Juan, 1986) profundiza sus investigaciones sobre los mecanismos de construcción de la memoria y los archivos visuales, abordando las complejas relaciones entre historia, representación e identidad. Estas preocupaciones encuentran resonancia en la participación de la artista cubana María Magdalena Campos-Pons (Matanzas, 1959), quien junto a Kamaal Malak (Filadelfia, 1962) desarrolla una propuesta centrada en la memoria, el homenaje y la transmisión cultural. En una línea afín, el pabellón cubano presenta la obra de Juan Roberto Diago Durruthy (La Habana, 1971), cuyas producciones reflexionan sobre las huellas de la historia colonial, el racismo y las desigualdades persistentes en la sociedad contemporánea. A este conjunto de voces se suma Álvaro Barrington (Caracas, 1983), cuya instalación Labor Day Parade '91 (Desfile del Día del Trabajo '91) se destaca por explorar las experiencias de las diásporas caribeñas y africana, articulando cuestiones de identidad, migración, memoria y pertenencia cultural.

Colombia tiene una presencia particularmente activa. A la participación de Gala Porras-Kim (Bogotá, 1984) en el Pabellón de Artes Aplicadas, donde profundiza sus investigaciones sobre patrimonio, conservación y conocimiento institucional, se suma la inclusión de Lugar a Dudas (Cali, 2005) dentro de la exposición central. El reconocido espacio de investigación y experimentación artística fundado en Cali aporta una dimensión colectiva y procesual que dialoga estrechamente con las preocupaciones en torno a la escucha, los vínculos comunitarios y las formas alternativas de producción de conocimiento.

Brasil vuelve a ocupar un lugar central dentro del panorama regional. El pabellón reúne obras de Rosana Paulino (San Pablo, 1967) y Adriana Varejão (Río de Janeiro, 1964), dos artistas fundamentales para pensar las consecuencias de la colonización y la construcción de identidades en América Latina. A ellas se suma Dan Lie (San Pablo, 1988), cuya práctica explora la transformación de la materia orgánica a través del tiempo, incorporando reflexiones sobre corporalidad, migración, transición e identidades disidentes.

En el Pabellón de Uruguay, la instalación de gran escala Antifrágil de Margarita Whyte (Montevideo, 1936) propone una reflexión sobre paisaje, materialidad y territorio. Asimismo, la inclusión de obras de Leonilda González (Minuano, 1923 – Montevideo, 2017) permite recuperar una producción clave para comprender las relaciones entre gráfica, compromiso social y construcción de imaginarios colectivos en el Cono Sur.

La representación chilena encuentra una de sus voces más reconocidas en Alfredo Jaar (Santiago de Chile, 1956), quien presenta Tierras Raras (The End of the World), una instalación lumínica centrada en el extractivismo global y sus consecuencias ambientales y humanas. Paralelamente, el pabellón nacional exhibe Inter-Reality de Norton Maza (Lautaro, 1971), una propuesta que articula cuestiones vinculadas con territorio, memoria y explotación de recursos naturales.

Los países andinos ofrecen algunas de las propuestas más significativas de la edición. El pabellón peruano presenta De otros mundos, exposición protagonizada por Sara Flores (Amazonía peruana, 1950), quien incorpora los saberes y diseños kené de la tradición Shipibo-Konibo en diálogo con debates contemporáneos sobre representación e identidad. Por su parte, Ecuador está representado por el colectivo Tawna, integrado por artistas y realizadores provenientes de comunidades amazónicas ecuatorianas, junto a Oscar Santillán (Milagro, 1980), cuyas obras abordan cuestiones vinculadas con territorio, comunidad y conocimientos ancestrales desde una perspectiva contemporánea.

La presencia regional se amplía mediante los pabellones de Venezuela y Panamá. Mientras el primero reafirma la vigencia de las investigaciones visuales desarrolladas en el país en torno a historia e identidad, Panamá presenta Hiperstición Tropical, una muestra centrada en narrativas especulativas y lecturas críticas de los procesos históricos de la región.

 

México está representado por Actos invisibles para sostener el universo, proyecto del colectivo RojoNegro integrado por María Sosa (Ciudad de México, 1986) y Noé Martínez (Morelia, 1986). La instalación propone una aproximación sensible a las relaciones entre comunidad, ritualidad, memoria y resistencia cultural.

La representación argentina está a cargo de Matías Duville (Buenos Aires, 1974) con Monitor Yin Yang, una instalación monumental curada por Josefina Barcia (Buenos Aires, 1985). El proyecto condensa preocupaciones presentes a lo largo de la trayectoria del artista, particularmente su interés por los paisajes en transformación, los ecosistemas y las huellas de la intervención humana sobre el territorio. La obra adquirió además una relevancia particular al ser incorporada a la Colección Ama Amoedo.

La presencia argentina se extiende a través de Oscuridad visible: La larga sombra de la dictadura, organizada por el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires dentro de los Eventos Oficiales Colaterales de la Bienal. Presentada en Spazio Punch, la exposición reúne obras de distintas generaciones para reflexionar sobre las consecuencias del terrorismo de Estado y la persistencia de sus huellas en la cultura contemporánea.

 

Más allá de las fronteras latinoamericanas, numerosas participaciones establecen diálogos directos con estas mismas preocupaciones. Las obras de Marcia Kure (Nigeria, 1970) y Big Chief Demond Melancon (Nueva Orleans, 1978), entre otros artistas presentes en la exposición internacional, amplían las conversaciones sobre memoria, desplazamiento, pertenencia e identidades afrodescendientes que atraviesan buena parte de la Bienal.

El recorrido general de esta edición deja en evidencia la vigencia de debates que hoy atraviesan gran parte de la producción artística global: las herencias coloniales, las disputas por la memoria, los conocimientos comunitarios, las transformaciones ambientales y las múltiples formas de construir identidad. En ese entramado, América Latina y el Caribe no ocupan un lugar periférico, sino que se consolidan como algunos de los territorios más fértiles para pensar críticamente el presente.

 

Abierta al público hasta el 22 de noviembre de 2026, la 61ª Bienal de Arte de Venecia confirma su capacidad para funcionar como una plataforma de resonancia de los debates contemporáneos más urgentes.

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